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30 jun 10 Córdoba-Loma de los Escalones (24-10-2002)

Crónica de la etapa

Córdoba, 24 de Octubre de 2.002

Esta mañana Manolo y yo nos hemos ido con la bici. La verdad, a toro pasado, la etapa no se ha parecido en absolutamente nada a lo que anoche pensaba que iba a ser. Pero empecemos por el principio.

Ayer por la tarde estuve preparando la bici para la etapa ciclista que iba a hacer con Manolo, Pablo, y unos compañeros de cooperativa de Manolo. Íbamos a subir a Santa María de Trassierra por caminos de tierra, teniendo como lugar de salida el bar “Pepe el Gordo”, que se encuentra junto a la gasolinera de Chinales, a las nueve de la mañana. Así que ajusté algunos elementos a la bici, tales como el cambio trasero, que se hallaba algo descentrado, la cadena que, tras una barbarie, de nuevo, íntimamente ligada con un barrizal, se hallaba algo desengrasada y chirriante, y un ajuste del freno trasero, que se encontraba demasiado tenso.

Sin embargo, esa misma noche, se empezaron a torcer las cosas: Pablo se caía de la convocatoria porque tenía que dar clases, en fiesta, en el CET. La noche transcurrió rápida. Me dormí en torno a las dos de la mañana, tras haber escuchado “El Tirachinas”, que esa noche se emitía desde el aula magna de Rabanales, y me desperté a las siete y media de la mañana. Y digo que  transcurrió rápida porque fue una de esas noches en las que cierras los ojos, y los vuelves a abrir, pensando que apenas ha pasado un instante, y en realidad ya es la mañana siguiente.

Bajé a desayunar, serví la leche y me preperé unas tostadas con miel (el alimento de los campeones). Tras eso, subí a preparar el meterial y la ropa. En vista de que hacía fresco, cogí mi culotte, una camiseta de Sema (van geniales para absorber el sudor), el maillot, una sudadera y mis guantes de invierno. En cuanto al material, lo de siempre, el triángulo de herramientas, la bomba, la bolsa con el impermeable, el móvil, los guantes cortos (como medida de precaución ante el calor) y una cámara de repuesto, la documentación, el casco, la cámara de fotos y las gafas. Cogí un bidón con agua, acomodé las cosas en la bici, y sobre las nueve menos diez minutos, me dirigí hacia la gasolinera de Chinales. Llegué un poco antes de las nueve, y cuando me disponía a comprobar la presión de los neumáticos, apareció Manolo. Subí un poco la presión, y nos dirigimos al bar de Pepe el Gordo.

Eran las 9:30h cuando decidimos marcharnos. Segundo contratiempo de la etapa, y aún no habíamos empezado: los de la cooperativa no hicieron acto de presencia. Hartos de esperar, emprendimos la ruta por nuestra cuenta. Pero claro, tuvimos que cambiar el recorrido, pues eran ellos los que sabían el camino a seguir. Al final nos decidimos por ir al monasterio de Nuestra Señora de Linares, y desde ahí, coger la calzada romana que sube hacia Cerro Muriano. Así pues, emprendimos el camino, no sin antes darle mis guantes de reserva a Manolo, pues venía sin ellos y hacía algo de fresco.

Justo en la parte alta de la joroba de Asland, recordé que no había puesto el cuentakilómetros a cero, y así lo hice. Para subir hacia el monasterio de la Virgen de Linares, tomamos el tramo abandonado que se utilizó durante la mejora de la carretera del Muriano, y que pasa junto al arroyo Pedroche. Con cuidado de no pisar unos cristales rotos, pasamos la barrera que impide el paso de vehículos a ese ramal, pero al volver a montar, me di cuenta de que mi rueda delantera iba perdiendo aire a pasos agigantados. Menuda manera de empezar la etapa. Apenas sí llevábamos 4 minutos de marcha. Así que hubo que parar y parchear el neumático. Mientras yo parcheaba el neumático, Manolo encontró el causante del pinchazo: un pequeñísimo pinchito que, pese a todo, había atravesado la cubierta y taladrado la cámara. Qué encanto. Reparé el pinchazo con unos parches autoadhesivos que había comprado el día anterior, y volvimos a montar e hinchar la rueda. Y sin haber tenido tiempo para volver a montar la rueda en la bici, oímos el silbido. La rueda perdía aire por la válvula. Qué encantador.

Al menos puedo decir que he batido un récord: 2 pinchazos sin moverme del sitio, superando mi propia marca, de dos pinchazos en 200 metros, establecida en el pantano del Guadalmellato. Esta vez no hubo más remedio que cambiar la cámara. La vieja (aunque de vieja tenía poco, pues precisamente la había puesto nueva la mañana del día anterior), ante la imposibilidad de llevármela de una manera digna, la tiré en un vertedero de escombros ilegal que había por allí.

Así que reemprendimos la marcha, justo en el momento en el que nos sobrepasaban dos ciclistas en bicicleta de montaña, uno de ellos muy bien preparado, con maillot y culotte de invierno. Tranquilamente subimos los cuatro, juntos pero no revueltos, hasta el punto en el que el tramo de carretera desaparece bajo el trazado de la carretera del Muriano. Manolo y yo saltamos la valla y seguimos por la carretera, y ellos dos siguieron por una pista que bordea la carretera. A unos 500 metros, justo antes de llegar a la gasolinera “Las Canteras”, tomamos el desvío que lleva hasta el monasterio de la Virgen de la Sierra. Tras 2’9 kilómetros de carretera, al principio de la cual ésta estaba bordeada de banderolas de “Arenal 2000″, llegamos al monasterio. Allí Manolo me echó una foto. Como no sabíamos desde dónde se tomaba exactamente el camino que nos llevaba a la calzada romana, le preguntamos a una señora mayor que se encontraba allí. Ésta, amablemente, nos indicó la ruta a seguir, no sin advertirnos que la calzada se hallaba muy deteriorada debido a las obras de Asland en la Loma de los Escalones, por la que ésta discurre. Después de que la señora despotricara un poco de la Asland, y de los socialistas y comunistas, nos despedimos de ella, dispuestos a tomar el camino.

virgen_linares.JPG

Volvimos sobre nuestros pasos, justo hasta la última curva que hay antes de llegar al monasterio. Justo ahí la carretera pasa sobre el arroyo Linares, y es el punto de donde sale el camino a tomar. Tras recorrerlo un poco, y pasar cerca de un viejo puente romano sobre el arroyo, volvimos a ver a los dos ciclistas que abandonamos al final del tramo abandonado de carretera. En vista de que parecía que tenían la intención de hacer el mismo recorrido que nosotros, los seguimos. Craso error, pues llegamos, un rato después, hasta una cancela que cerraba el paso. Ahí les preguntamos si ése era el camino que había que tomar para coger la calzada romana, dándonos una respuesta negativa. Un rato antes habíamos pasado por una bifurcación, uno de cuyos ramales, el de la izquierda, volvía a cruzar el arroyo Linares. Nosotros, siguiéndolos a ellos, tomamos el de la derecha. Nos dijeron cuál era el camino que debíamos tomar, y así lo hicimos. Como cosa curiosa, pudimos ver en unos viejos soportes de postes de la luz, con las flechas amarillas que indican que ese camino forma parte de un ramal del Camino de Santiago. Para ser exactos, el ramal Mozárabe, que, partiendo desde Granada, cruza por Córdoba, y en Mérida se una a la Vía de la Plata.

Tras unos 300 metros por un camino, nos dimos cuenta de que nos habíamos vuelto a pasar una bifurcación que, teniendo que haber tomado a la derecha, tomamos a la izquierda, justo antes de volver a cruzar el arroyo. Este vez nos echamos las bicis al hombro, y lo cruzamos a pie, vadeándolo. Tal y como nos habían indicado, el camino empezaba a picar un poco hacia arriba, subiendo y bajando un poco, pero con el objetivo al frente, perfectamente visible: el camino trepaba, en fuerte ascenso, por la ladera de un monte. Pero el paisaje era espectacular.

La subida fue muy dura. La pendiente era muy acusada, y la superficie se hallaba bastante suelta. Poco a poco iba describiendo una curva a la dercha, y, cuando te creías que iba a acabar el ascenso, podías ver como éste, lejos de acabar, se volvía a describir una curva a la derecha, para reaparecer de nuevo, más arriba, en ascenso a la izquierda, oculto en parte por la ladera del monte. Bueno, pues a tomárselo con calma. Durante todo ese tramo, no quedaba absolutamente nada de la calzada romana. Con todo, las flechas amarillas nos seguían marcando el camino. Tras terminar el ascenso, el camino transcurría por un falso llano con mucha piedra suelta, con breves subidas y bajadas. Al cabo de un rato, ya en la zona de la loma de los escalones, el camino se volvía tremendamente hermoso, tanto por el paisaje, como por la labor de la mano del hombre. Ahí nos encontramos con la calzada romana. Sin embargo, no es una calzada al uso, con bloques de piedra ni nada por el estilo. La calzada se encuentra tallada en la roca viva. Por lo tanto, el camino va subiendo a base de pequeños escalones, algunos de los cuales eran practicables en bici, y otros claramente no.

loma_escalones-manolo_calzada_romana.JPG

Cuando finalizamos la subida de la Loma de los Escalones, en una zona un tanto difícil de recorrer en bici, pero que conseguí, pese a pegar un tremendo golpe con los dientes del plato a una roca, tristemente hallamos de nuevo la mano del hombre. Y digo tristemente porque, en esta ocasión, su labor había destrozado tanto un entorno natural espectacular, como una parte de nuestra historia, como es (era) una magnífica calzada romana de unos 2000 años de antigüedad.

Para el que no lo sepa, hace unos años la empresa Asland, bajo el chantaje del cierre de la planta de Córdoba, consiguió que el gobierno municipal se bajara los pantalones y permitiera la extracción de caliza de la Loma de los Escalones, que estaba declarado como paraje protegido.

El resultado estaba bien a la vista: la calzada arrasada, el monte completamente horadado, y el paisaje destrozado. Y, para colmo, eso tampoco va a impedir el cierre de la fábrica, pues la Asland está en negociaciones de venta de ésta a una cementera portuguesa, y ya sabemos en esta ciudad lo que eso suele significar. El balance de todo esto no puede ser más penoso: la pérdida de una de nuestras riquezas, y todo para nada, nada más que para prolongar la agonía de una empresa por unos años más. Sumamente triste.

Aprovechamos para hacer un alto, durante el cual Manolo devoró una manzana. Durante ese tiempo muerto, varios grupos de ciclistas de montaña bajaron por la pista, utilizada por camiones de gran tonelaje para transportar la caliza hasta la Asland por la carretera del Muriano, que se halla donde antes transcurría la calzada romana.

Reanudamos la marcha. Esta vez era mucho más fácil circular, pero había perdido todo el encanto anterior. Tras un rato, en suave ascenso, llegamos a un punto desde el que podíamos ver la curva del Frenazo, lugar donde termina la calzada, cubierta por la actual N-432, y la nueva variante del Muriano. Justo en ese lugar, a la derecha, se puede ver la estación abandonada de La Balanzona. La vía de tren atraviesa la montaña por un túnel que está justo por debajo de la zona en la que nos encontrábamos.

loma_escalones-manolo_curva_frenazo.JPG

Ya puestos, decidimos bajar a la estación. Para ello tomamos un camino que surgía a la derecha del lugar en que nos encontrábamos. Llegamos a una valla en la que había un paso. A partir del paso, el camino se transformaba en sendero. Al principio era practicable en bici, pero al poco se hacía imposible recorrerlo en ésta, debido a su estrechez, la feraz vegetación que nos rodeaba, y el fuerte descenso que describía en su bajada hasta la estación, así que debimos desmontar, y bajar a pie. Estuvimos un rato en la estación, curioseando.

Cuando decidimos partir, buscamos algún camino, medianamente practicable, que llevara de nuevo a la carretera, por detrás de la estación. Al no encontrarlo, contra lo que hubiera sido lógico pensar, nos dispusimos a recorrer de vuelta el sendero por el que habíamos bajado. Sin embargo, me pareció ver un sendero en mejores condiciones a nuestra derecha. Nos asomamos a ver y,  efectivamente, ahí estaba. Lo tomamos, y al poco nos vimos dentro de los terrenos de una casa de campo, entre un gallinero y una vieja alberca, reconvertida en piscina, que se encontraba abandonada. Sin embargo, sí que vimos a una furgoneta que ascendía por un camino. Bueno, pues ahí estaba nuestro billete de vuelta a la civilización. Subimos por el camino, que en un pequeño tramo inicial se encontraba cubierto con una lona de color blanco, y al poco llegamos a una bifurcación en la que se había parado la furgoneta. Preguntamos al conductor el mejor camino para llegar a la carretera, y nos indicó que podíamos salir por la izquierda, teniendo cuidado de dejar cerrada la cancela. Subimos por el camino, y llegamos a la cancela, que se encontraba coronada por dos leones metálicos pintados de verde. Al salir, llegamos de nuevo al camino que veníamos siguiendo desde la Loma de los Escalones, apenas 100 metros por delante del lugar por el que nos habíamos desviado para bajar a la estación. Tras reirnos un poco, continuamos hasta la carretera del Muriano.

Habíamos decidido emprender el descenso por la carretera, y así lo hicimos. Además, como ya estaba abierta la variante, el tráfico era prácticamente inexistente. Al poco llegamos al lugar desde donde sale la variante, que aún está en obras. Cuando pasamos nosotros, estaban añadiéndole una nueva capa de asfalto a la carretera, por lo cual uno de los carriles se hallaba cortado, y se daba paso alterno por el que quedaba libre. Una vez ascendido el breve repecho que hay en el enlace de la variante, reemprendimos el descenso. Fue en este tramo donde alcanzamos la velocidad punta de la etapa, 53’6 km/h. No pudimos conseguir una velocidad mayor debido al viento que entraba de frente. Sin embargo, sí que mantuvimos una media elevada. Raro era el momento (excepto cuando nos cortaron la carretera para dejar paso a una apisonadora) en que bajábamos de 40-45 km/h.

Al llegar a la gasolinera de Las Canteras, nos desviamos para, por medio de senderos de mala muerte, y entre los perolistas que allí se encontraban, llegar hasta Puente de Hierro. Costó un poco de trabajo llegar, pues los senderos se entrecruzaban los unos con los otros, y no era fácil seguir el rumbo, aunque la ayuda inestimable de la visión de Puente de Hierro, casi siempre a la vista, nos sacó del apuro. Lo cruzamos, y nos encaminamos hacia el barrio del Naranjo. Al llegar al barrio del Naranjo, lo atravesamos, cruzamos la carretera, y nos dirigimos a mi casa por un sendero que bordea el monte que se alza entre el barrio del Naranjo y mi barrio, llegando, tras unos breves minutos, a mi casa.

Tras despedirnos, y que Manolo declinara mi invitación para tomar algo, éste siguió el camino hacia su casa, y yo entré en la mía. Era la una en punto de la tarde.

Datos de la etapa

  • Tiempo total de la etapa: 1 hora, 53 minutos, 15 segundos.
  • Tiempo real de etapa: 3 horas, 30 minutos (hora de salida, 9:30h, hora de llegada, 13:00h).
  • Distancia recorrida: 26’3 km. (Desde la joroba de Asland, hasta casa de Javi)

Mapa topográfico con el recorrido marcado

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