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16 abr 06 Departamento de Castigos Irónicos

Sabía que saldría mal. O al menos, que me haría sudar lo que no estaba en los escritos. Desde el mismo momento en que Ana dijo que pretendía subir a su casa toda la ropa de invierno y los apuntes del año pasado que ya no necesitaba, me eché a temblar. ¿Cuántas maletas supondría todo eso? No dudé en ofrecerle mi maleta verde de ruedas, un maletón enorme, de 100x40x40cm, de esos con su asa extensible para poder tirar de una manera mínimamente cómoda de semejante armatoste. Y lo llenó. No sólo lo llenó, sino que le costó dios y ayuda cerrar la maleta, tan atestada como iba de libros, apuntes, ropa de invierno y demás trastos. ¿La parte mala del asunto? Veamos, si hay dos maletas, una gigante y otra de tamaño normal, y tú mides 1’80m y pesas unos 80 kg, mientras que tu novia mide 1’60m y apenas pasa de los 50 kg, ¿qué maleta te toca llevar? Pues eso.

Sudé lo que no está escrito para bajar la maleta al coche; y aún peor para poder meter en el maletero las dos maletas, los dos fruteros de cerámica que llevábamos de regalo para Pontevedra, sendos portátiles, y el cargamento de vajilla de La Cartuja que en tu casa te han encargado. Lo asombroso del asunto es que todo llegó de una pieza a Córdoba, pero daba miedo ver cómo iba de hundida la suspensión del Alfa.

Una vez en Córdoba descargamos la vajilla de La Cartuja, pero se adhirieron a nosotros nuevos objetos: un par de botellas de vino y varios frascos de mermelada casera para regalar por las tierras gallegas. Podría haber sido peor, ya que me negué en redondo a llevar la garrafa de aceite de oliva virgen. Ya eran siete bultos para dos personas, ya que era imposible meter el vino y la mermelada en ninguna de las dos maletas, y estaba claro a quién le iba a tocar ser la mula de carga. Una escalofriante idea empezaba a calar en mi mente: aquello debía ser algún karma o maldición persa.

A la mañana siguiente teníamos que coger el Talgo-200 para Madrid, para posteriormente el Talgo de las Rías Bajas hacia Pontevedra. Llegada a Atocha, transbordo a Chamartín, y un par de horitas libres para dar una vuelta por Madrid, entre tren y tren, dejando las maletas en consigna. En total, contando esas horas en madrid, unas trece horas y media de viaje. No parecía mal plan. Sin embargo, la mañana empezó cruzada. Nada más salir de casa, mientras subía las escaleras en dirección a la calle, el maletón dijo “basta”: me quedé con el asa en la mano. Fue escalofriante ver cómo esa enorme mole bajaba las escaleras dando tumbos y girando sobre sí misma. Me pareció ver cómo aterrizaba en cámara lenta, y cómo las patas de apoyo salían volando hasta el jardín. Juro que me entraron ganas de echarme a llorar. Los daños habían sido considerables: el asa extensible al cuerno, las patas rotas, la tela que hay entre la estructura de sostén y arrastre de la maleta y la maleta propiamente dicha se había rasgado, y en un par de sitios habían saltado las costuras de la maleta. Pero al menos, las ruedas seguían en su sitio. Y el asa auxiliar también. Pero al arrastrar la maleta tirando de ese asa, me di cuenta del problema: sólo podía andar a pasitos muy cortos, como las japonesas o Chiquito de la Calzada, ya que la maleta me iba dando continuamente en los talones. Iba a cruzarme España pareciendo Chiquito con remolque.

Hasta que llegamos a la estación de Atocha todo fue relativamente bien. Afronté la chiquitada como pude, y afronté con bastante dignidad la tortura de subir todos los bultos al escáner de maletas del tren. El primer gran problema vino al querer coger el intercambiador Atocha-Chamartín. Las escaleras mecánicas para bajar al andén no funcionaban. Sí lo hacían las que permitían subir. Y entonces lo ví claro: aquello parecía sacado del Departamento de Castigos Irónicos del infierno. “¿Que quieres viaje? Pues toma viaje. Vas a cagar viaje de aquí a Lima.” No había manera de bajar con tanto trasto. Yo sólo podía tirar del maletón, y Ana no podía cargar con la otra maleta, los dos portátiles y las tres bolsas de los fruteros y la comida. Por suerte, y gracias a que llegaba el intercambiador y las escaleras mecánicas parecían una procesión porque nadie podía pasar con nosotros en medio, una chica se ofreció a ayudar a Ana con sus bultos.

Una vez llegamos a Chamartín, lo del Departamento siguió confirmándose. Esta vez funcionaban las escaleras que bajaban al andén, pero no las que subían. Me eché a reir, por no llorar. Por suerte, ahí estaban los ascensores. Parecía que la suerte nos sonreía un poco. Parecía. Porque cada vez me encontraba peor. La cosa había comenzado el viernes, con un molesto dolor de garganta, tras haberme destapado en sueños la noche del jueves, en la única noche de la semana en la que la noche no había sido achicharrante. Y al llegar a Chamartín, ya tenía las piernas como de gelatina, la garganta de papel de lija, y la cabeza como un bombo. Y empezaba a estar calado de frío.

Nos dirigimos a la consigna a dejar las maletas. Y otra vez, tuvimos que pasar las maletas por el arco. Pero aquello no fue suficiente, oh no. Se ve que la vigilante jurado de la consigna se encontraba algo aburrida, porque se dirigió a nosotros y pronunció las siguientes mágicas palabras: “Por favor, pongan las maletas en esta mesa y ábranlas para que pueda inspeccionar su contenido.” No me lo podía creer. En todas las veces que había utilizado las consignas, jamás en la vida me habían hecho abrir las maletas tras pasarlas por el arco. Era de pesadilla. Eso, y luego tener que haber encajes de bolillo para volver a dejar las cosas en su sitio y cerrar de nuevo las maletas. Y fue entonces cuando, para más cachondeo, la vigilante nos puso al corriente de lo que pasaba: un rato antes se había ido la luz en las estaciones, y algunos mecanismos (como por ejemplo las escaleras mecánicas) aún no funcionaban del todo. Se ve que los arcos tampoco, o las teles portátiles. Ya de paso nos dijo que en Atocha también había ascensores a los andenes, lo que pasa es que estaban “un poco escondidos, resulta difícil encontrarlos si no sabes dónde están.” Imagino que debe de ser parte de alguna extraña gymkhana para que los turistas disfruten aún más de su estancia en Madrid. Seguro que sí.

En esas dos horitas libres por Madrid pudimos visitar una exposión de Christo en la sala de exposiciones del Canal de Isabel II. Y de nuevo, el Departamento empezó a hacer de las suyas. Tras cuarenta minutos largos viendo un documental sobre el empaquetamiento del Reichstag, tuvimos que irnos a coger el tren sin ver un miserable plano del Reichstag empaquetado. Bueno, yo ya lo había visto, pero la pobre Ana no. Eso sí, a Christo lo vimos en todas las posturas, colores, y casi podría decir que sabores. Santa María Egipcíaca.

Sacamos las maletas de la consigna, y al ritmo de “ajare, anore, agromenagüer”, nos dirigimos hacia el andén correspondiente. Al menos esta vez sí funcionaban las escaleras mecánicas. Y de nuevo,otra ironía más del destino. Otra vez (y ya iban tres) tocaba pasar por el arco, cosa que no siempre ocurre en el Talgo de las Rías Bajas. Pero se ve que era mi día de suerte. Y yo me pregunto: ¿por qué diablos no extenderán un certificado en el primer arco por el que pases del día en el que digan que vas limpio y que no eres un maldito terrorista? Habría menos colas en el arco, y todo sería más eficiente, digo yo. A esas alturas, ya no sólo sentía las piernas como un blandi-blub. Ya era como si me hubieran pegado una paliza.

Por suerte, sólo quedaban ocho horas y media de viaje. Pocas cosas peores tienen que haber que pasar el primer día de una gripe metido en un tren, envuelto en un abrigo porque estás helado a causa de la fiebre, estás como si te hubieran dado una paliza, tienes la cabeza que te va a estallar, los ojos te duelen al rotar en dentro de las órbitas, la nariz parece un grifo, y tienes los oidos taponados. Bueno, sí: que todas las abuelitas te pidan que las ayudes a subir y a bajar maletas (que muchas veces parece que sean de comerciantes de planchas de plomo más que de entrañables abuelas) porque estás sentado justo al lado de donde se colocan las maletas. A partir de Ávila me hice el dormido.

Pontevedra, por fin. Tras la inevitable abuelita, por fin parecía que mi martirio había llegado a su fin. Pero no. Por un extraño azar del destino, nadie había podido ir a recogernos a la estación. Tocaba coger un taxi para ir a casa de Ana. Bien, pasa a veces. Pero lo que empieza a ser más raro es que en la estación no haya taxis. Ni uno. Parecía increíble. Así que, tras un rato de espera, tuvimos que ir a coger uno a la cercana estación de autobuses, donde sí los había. El Departamento se lo estaba currando.

Tras un rato de taxi, llegamos a casa de Ana. Parecía que aquella horripilante jornada iba a llegar a su fin. Pero no. Al entrar en el ascensor, uno de los fruteros se llevó un estremecedor golpe al cerrarle la puerta del ascensor encima. Anda que tenía narices la cosa: 1200 kilómetros de viaje desde Sevilla, y rompes el frutero de las narices a 5 metros de tu casa. Pero por suerte, por una vez, el frutero no se había roto. Aunque tuvo su contrapartida cósmica: el maletón no pasaba por el pasillo con los muebles. Hubo que entrarlo en la habitación a hombros. Muy propio, ya que a esas horas ya lo era, para un Domingo de Ramos. Sólo que la Borriquita iba debajo del paso. Adivinad quién era.

Huelga decir que me metí en la cama ipso facto, y que no salí de ella hasta el día siguiente.

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Comentarios de los lectores

  1. |

    menuda odisea, por pringao q yo fui en el fordi y ha flipado…el viernes odisea en la despedida q ya t contaré…q pena q no pudimos vernos por tierras gallegas…eso te pasa x dormir con el culo al aire…mariquita

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  2. |

    Estás loco. No me meto un viaje de 900 kilómetros en un Ford Fiesta, en Semana Santa, así me paguen. En el Alfalfa todavía, pero tendría que ir pidiendo una hipoteca para pagar la gasofla. ^_^ Además, creo que te hubiera hecho falta baca o remolque para mover las maletas. Seguro que en mi casa me hubieran hecho subir con un bidón de aceite, por lo menos. XD

    A ver qué tal esa despedida de soltero en Tuy. El miércoles estuve justo al lado, en Valença do Minho. Un día bastante divertido, con el Renault 21 a.C. por el norte de Portugal.

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  3. |

    Por lo menos has vuelto con ganas de escribir, jeje.
    Salu2

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