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25 sep 12 Etapa ciclista: Vilarchán – Almofrey – Marcón (09/08/2012)

La segunda -y última- de mis etapas veraniegas en Galicia se trataba de una vieja espina que tenía clavada desde hacía tiempo en mis aventuras ciclistas pontevedresas: recorrer el GR-94 hasta el puente de Almofrey. Dos veces lo había intentado, y dos veces había fracasado. Pero a la tercera iba a ir -a Diox puse por testigo- la vencida. Y así fue.

Salí, a las 17:00h, con una climatología excelente, siguiendo las marcas del GR-48 desde Vilarchán. El trayecto no tuvo ninguna complicación entre Contixe y Mirón, y tampoco una vez que alcancé la carretera de Mirón a Borela. Poco después, siguiendo de nuevo las marcas, me desvié por una pista a mano izquierda, que pronto empezó un acusado descenso. Unos 550 metros después de haber abandonado la carretera ignoré las marcas blancas y rojas que indicaban el abrupto descenso que lleva directamente hasta el puente de Almofrey. Fue allí donde tuve que desistir en mi primer intento de realizar el recorrido, debido a la abundante maleza que bloqueaba el paso. Sabía que continuando por la pista principal acabaría llegando, si bien dando un pequeño rodeo que tendría que llevarme a una pequeña estación de bombeo de un arroyo cercano. Así lo hice, no sin sufrir un pequeño despiste en una bifurcación. Una vez en la estación, crucé el arroyo y tomé un pequeño sendero empedrado que sabía que habría de llevarme hasta el puente de Almofrey:

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Como en efecto, así fue. Antes de llegar pude ver el trazado original del GR-94, que bajaba por mi izquierda, y bastante limpio de maleza en esa zona. Aun así, no lamentaba en absoluto haber tomado el rodeo por la pista. Y así pues, llegué al puente:

IMAG0144.jpg

No pude menos que quedarme un rato disfrutando de la belleza de la zona, y tomando algunas fotografías, más o menos artísticas y documentales. Más bien menos que más, pero esa ya es otra historia.

IMAG0154.jpg

Reanudé la etapa, y crucé el puente. Ahora empezaba la parte más desconocida. Seguí a mano derecha las marchas blancas y rojas, evitando entrar en el pueblo de Almofrey. Subí, atravesando un campo de tiro improvisado hasta la carretera PO-233 (Pontevedra – Carballedo), que tomé en rápido descenso hasta O Quinteiro. Desde allí tomé otra carretera, esta vez en ascenso, que conduce hasta Marcón, y el conocido cruce de la carretera que sube hasta La Reigosa. Sin embargo, en vez de subir por esa transitada carretera, tenía una alternativa en la manga: subir por el sendero PR (marcas blancas y amarillas) que igualmente asciende a La Reigosa pasando por la aldea de Peralba. Una excelente alternativa por tranquilas sendas y carreteras rurales sin tráfico alguno.

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…al menos hasta que llegas a Peralba, donde te aguarda la espantosa subida del Otero de Peralba, que lleva prácticamente hasta la misma Reigosa. Primero subiendo unas rampas del 21% por asfalto, para dejar paso posteriormente a otro tanto, pero por pista de tierra. Al menos el tramo final transcurre por un plácido camino empedrado, típico del agro gallego.

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La vuelta a Vilarchán no tuvo mucho más inconveniente ni nada digno de mención, salvo el poder contemplar un precioso cruceiro de los que abundan por la zona.

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Di por finalizada la etapa pasadas las 18:45h.

Los datos de la etapa son los siguientes:

  • Distancia: N/D
  • Distancia (según el GPS): 20’572 km.
  • Tiempo de etapa: 1h 32m 10s
  • Tiempo desde el inicio de la etapa: 1h 47m 03s
  • Velocidad media: 13’48 km/h
  • Velocidad máxima: 47’97 km/h
  • Pulsaciones medias: 135 pulsaciones/min
  • Pulsaciones máximas: 175 pulsaciones/min
  • Consumo medio de calorías: 950 kcal/h
  • Consumo máximo de calorías: 1340 kcal/h
  • Tiempo en zonas de pulsaciones: 1h 19m 24s
  • Consumo total de calorías: 1771 kcal
  • Índice IBP de dificultad: 54AA

Y aquí está el enlace al recorrido de la etapa: Vilarchán – Almofrey – Marcón

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19 dic 11 Puente de Almofrey, Pontevedra, en B/N

Llevo un rato jugueteando con una imagen de este verano correspondiente al puente de Almofrey, en Pontevedra. Mi gusto por este puente viene de antiguo, lo que me lleva a repasar de cuando en cuando las -escasas- imágenes que tengo de él, y a intentar hacer cosas nuevas con ellas. Y el resultado en el día de hoy no ha sido malo:

Puente de Almofrey, Pontevedra

Puente de Almofrey, Pontevedra

He eliminado a las personas que aparecían en la foto, para dejar tan sólo el paisaje. Luego he jugado un poco con la iluminación, y por último he desaturado la imagen. La pena es que la imagen estaba algo sobreexpuesta, y la cámara -se trataba de la cámara del móvil- tampoco ayudaba mucho a la definición.

En cualquier caso, espero que os guste el resultado. :)

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28 jul 11 Puente de Almofrey, Pontevedra

Se ve que no aprendo. El año pasado, aproximadamente por estas fechas, traté de recorrer parte del GR-94 entre Vilarchan y Almofrey. Y como el que haya leído el enlace anterior podrá comprobar, en aquel momento me quedé con las ganas. El caso es que comentando esto con la hermana de Ana y su marido -Mari y Fernando-, nos decidimos a coger el coche e ir para allá hace algunas tardes. Y allá que fuimos. Y por fin pude tomar la foto que llevaba más de un año con ganas de añadir a mi colección:

Puente de Almofrey, Pontevedra

Puente de Almofrey, Pontevedra

Ea, ya estaba. Una nueva muesca en la culata de mi fusil. O de mi cámara. O de mi móvil. Tanto da. La cosa, en condiciones normales, habría quedado ahí. Pero no. Hablando del fiasco del año anterior, a Fernando se le despertaron las ganas de retomar el ciclismo, abandonado hace ya unos cuantos años. Y como yo no necesito gran cosa para apuntarme a un bombardeo, en un abrir y cerrar de ojos decidimos volver a intentar la dichosa etapa ciclista por el GR-94.

Teníamos un pequeño problema, y era el de la falta de bicis: mis máquinas se encuentran en Córdoba y Sevilla, y Fernando tan sólo disponía de su vieja bicicleta de carreras. Así que tuvimos que echarle imaginación al asunto, y desempolvar dos bicicletas de montaña: la de Mari, que llevaba años criando polvo en un trastero, y la de su sobrina, en condiciones similares, con la diferencia en este caso de que nunca había sido estrenada. Recuérdese este hecho porque a la postre es bastante importante.

Así que, dicho y hecho, nos hicimos con las bicis: bicis de montaña de mujer, de cuadro pequeño, factura bastante deficiente, y sin el más mínimo mantenimiento en años. Por la noche, a la vuelta de Almofrey, tratamos de ponerlas a punto: inflado de ruedas, engrasado de cadena y cambios, ajuste -misión imposible, claro- de altura de sillín y manillar, y centrado de frenos. No teníamos siquiera las mejores herramientas, pero sí que teníamos cerveza. Digo… ganas de salir a rodar.

Y salimos. A la tarde siguiente, a la vuelta del acuario, y tras haber dejado a las féminas en la playa. Los problemas empezaron pronto. No teníamos cascos adecuados. Yo tuve que usar el de Fernando, que me quedaba pequeño, y Fernando el de Mari, que también. Portabidones, ni pensarlo. Sólo la botella de agua del Camino de Santiago. Y dónde llevar llaves y el mismo bidón… Bueno, puestos a hacer el ridículo, cogí la pequeña mochila rosa de Helena, la hija de Mari y Fernando, para llevar las cosas. Total, no soy del pueblo y bien puedo permitirme hacer -más- el ridículo.

Al empezar a rodar la cosa no mejoró en absoluto. El cuadro de las bicis nos quedaba ridículamente pequeño, y pese a subir el subir sillín y el manillar el asunto no había mejorado. Así que sólo podíamos pedalear abriendo bastante las rodillas al exterior. Situación pelín incómoda para subir por cuestas empedradas. Pero así es la vida.

El primer problema mecánico llegó a poco menos de dos kilómetros del punto de salida. Noté cómo el pedal izquierdo de la bici de Nerea -que era la que yo llevaba- empezaba a salirse de la biela. Y es que la bici, comprada pero nunca estrenada, no había sido apretada concienzudamente en todos sus componentes, empezando por los pedales… y terminando por el sillin, que pronto empezó a oscilar peligrosamente sobre la tija. Por suerte unos vecinos nos prestaron una llave grifa, y pude apretar ambos elementos.

Seguimos rodando. Poco después de la parada pasamos por el tramo empedrado, donde poco faltó para que las bicis se descuajaringaran de las vibraciones. Bueno, en realidad no faltó poco: lo hicieron. Justo al terminar el tramo, el otro pedal empezó a aflojarse -también podía haberlo previsto, apretarlo por si acaso en la parada anterior-, algo que no era excesivamente grave. El problema gordo lo tuvo Fernando: su sillín empezó igualmente a bailar… y partió la cadena. Game Over.

Volvimos andando a casa. Nuestra excursión se había saldado con unos 5 kilómetros de recorrido, del que sólo la mitad hicimos en bici. El resto lo hicimos junto a la bici. Se ve que esta etapa está gafada o algo. Aunque siendo sinceros, lo raro hubiera sido que en esta ocasión no hubiera pasado algo de esto, o aún peor. Al menos, la recompensa del fin de etapa nos la tomamos igual: un par de birras, para empezar, y un Moriles S.V. de Alvear que había traído desde Córdoba para una ocasión semejante.

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