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12 may 12 Etapa ciclista: Montecobre – Trassierra – Bejarano (01/05/2012)

El primero de mayo de este año realicé una etapa sumamente especial con un buen grupo de amigos. Y aunque el recorrido de la etapa fue bastante convencional, la compañía sí fue, por el tiempo transcurrido, bastante inusual: Manolo y Pablo, además de Ángel, Carlos e Inma. Y es que hacía casi nueve años que no salíamos Manolo, Pablo y yo a dar pedales. Y casi dos años que no salía a rodar con Pablo. En resumen, se trataba de una ocasión especial.

En lo climatológico, ese martes primero de mayo se presentaba complicado. Abril se había despedido con una importante cantidad de agua, y en esos últimos días del mes había llovido más que en el resto del año. Esa mañana amaneció bastante fría, lo que hizo que siguiéramos usando, el que más y el que menos, la ropa de invierno, pese a lo avanzado del año. La organización tampoco había sido muy sencilla: íbamos a salir, en principio, Manolo, Pablo, Mané, Ángel, Carlos, Inma y yo. Pero Ángel lo haría desde el cruce de Trassierra, y Carlos e Inma engancharían en Trassierra. Mané, por su parte, se suponía que iba a salir con nosotros, pero esa mañana nos enteramos que se iba a caer de la convocatoria. Casi igual que Inma, que había tenido problemas con la cerradura de su casa, y temía quedarse en la calle.

Pablo apareció por casa a las 8:45h. Venía calado de frío, y tuve que prestarle unos guantes y un bidón de agua. Pero no fue el único problema: cuando nos preparábamos para salir, observamos que su cubierta trasera presentaba un corte que hacía peligrar claramente su integridad. No nos quedó más remedio que cambiarla, reemplazándola por mi Small Block Eight. Pero cuando ya teníamos cambiada la cubierta, nos llevamos una nueva sorpresa: la rueda se deshinchaba rápidamente: la cubierta antigua tenía un pincho clavado que había atravesado la cámara, pero que al no moverse, taponaba la salida de aire. Al cambiar la cubierta, saltó a la luz el problema. A todo esto, Manolo había llegado ya, e íbamos tarde para llegar al punto de encuentro con Ángel, en la gasolinera del cruce de Trassierra, a las 10:00h. Desmontamos y parcheamos la cámara, y finalmente pudimos ponernos en marcha al filo de las 9:45h. Estaba claro que no íbamos a llegar. Por ello, opté por desechar el primer tramo de la subida de Montecobre por la Vereda de Trassierra, y realizar la subida por la carretera de la Albaida, pese al intenso tráfico.

Llegamos a la entrada de la Casa de la Ventana a las 10:20h. Allí nos encontramos con Ángel quien, harto de esperar en solitario, decidió acompañarnos en la subida. Subimos, ya los cuatro, el segundo tramo de Montecobre hasta la Torre de las Siete Esquinas, a un ritmo bastante tranquilo, pero consistente. Allí empezamos a observar que el barro iba a ser un compañero más de etapa a lo largo del día, si bien era algo que no iba a amedrentarnos. Así pues, afrontamos el último tramo de subida hacia el Mirador de las Niñas. Pablo iba en cabeza cuando tuvimos el primer percance del día: en uno de los tramos más estrechos de la subida, cerrado completamente por la vegetación, otro ciclista que bajaba hacia la Torre a tumba abierta, colisionó con Pablo. Por suerte Pablo no sufrió problema alguno, pero el otro ciclista, que chocó con la rueda delantera de la bici de Pablo, salió despedido contra la vegetación. Un choque peligroso, que por suerte no tuvo más consecuencias que un radio roto en la bici del otro ciclista.

Pasado el susto, seguimos subiendo, hasta llegar a la carretera del mirador. Una vez reagrupados, bajamos hasta la gasolinera del Cruce, y entramos en el segundo reto de la jornada: el bosque de Fangorn. El bosque, como era de esperar, se encontraba de barro hasta el corvejón. La nueva Larsen no se portaba mal, pero se notaba que no era el tipo de firme más adecuado para ella. Pablo, por su parte, lo iba pasando algo peor con la Small Block Eigth, más desgastada. Además, como complicación añadida, se quejaba de las inercias de la bici de montaña ya que, más acostumbrado a montar últimamente en su bici urbana, había perdido la costumbre.

La bajada hasta el puentecillo del bosque fue pródiga en incidentes: Manolo y yo sufrimos sendas caídas. La mía provocada por frenar más de la cuenta, que me llevó a deslizar más de la cuenta, tener que echar pierna a tierra, con tan mala suerte que la pasé por la izquierda de un pequeño tronco, mientras que la bici y el resto de mi persona pasaban por la derecha. El latigazo del tronquillo en la pierna casi me arranca la rótula. Manolo, por su parte, se cayó al verme a mí despatarrado en mitad de la bajada. Supongo que tuvo que impresionar un poco.

Culminamos la subida del bosque, y afrontamos la última bajada. Húmeda y peligrosa, pero que Ángel realizó magníficamente, como de costumbre. Yo me lo tomé con algo más de tranquilidad; Pablo no tuvo muchos problemas, aparte de sus inercias, y Manolo volvió a dar con sus huesos en la tierra.

Realizamos la bajada hasta Trassierra por carretera, donde nos esperaban Carlos e Inma. Hicimos allí una parada, donde, aparte de las presentaciones oportunas, aproveché para hincharme a jeringos. Llevaba meses con ganas de comerlos en mitad de una etapa. ^_^

Reanudamos la etapa, camino del Bejarano, recién pasado el mediodía. Ángel nos abandonó, ya que le esperaban en casa de Enrique en El Salado. Decidimos, dado lo avanzado del día, descartar el tramo de los Baños de Popea que habíamos tenido en mente realizar. Inma, que hacía tiempo que no salía en serio con nosotros, sufrió los primeros tramos de la subida hacia el Bejarano, pero se rehízo bastante bien. Alcanzamos el primer venero del Bejarano pasadas las 12:30h, donde aprovechamos para hacernos las únicas fotos del día:

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La siguiente parada de la jornada era el Lagar de la Cruz. Aunque teníamos la posibilidad de ir directamente remontando el Bejarano hasta allí, fuimos por el GR-48, algo más cómodo, y que contaba con la ventaja de que pasa justo por la puerta de la nueva casa de Carlos e Inma. Dicho y hecho. A esas alturas de la jornada el cielo había abierto bastante, y la temperatura era considerablemente más alta, aunque no llegaba a incomodar. A las 13:10h nos despedimos de Inma y Carlos, por lo que el grupo, reducido a tres, continuó su avance por las Siete Fincas.

Iniciamos la bajada por Los Morales al filo de las 13:30h. Una bajada en la que el barro ya había desaparecido, por lo que se encontraba perfecta para realizar el descenso con alegría. Sin más incidentes, salvo el deseo expresado por Pablo de haber contado con una doble en determinados tramos de la bajada, llegamos hasta Los Morales. Enlazamos posteriomente con la Huerta de Hierro, y bajamos por Sansueña. Llegamos a mi casa a las 14:00h, donde dimos por finalizada la etapa. Etapa realizada en una buena compañía (viejos camaradas, Bartocalvos…), que espero volver a repetir. :D

  • Distancia: 32’56 km.
  • Distancia (según el GPS): 32’316 km.
  • Tiempo de etapa: 2h 53m 30s
  • Tiempo desde el inicio de la etapa: 4h 17m 15s
  • Velocidad media: 11’32 km/h
  • Velocidad máxima: 48’91 km/h
  • Pulsaciones medias: 136
  • Pulsaciones máximas: 185
  • Consumo medio de calorías: 960 kcal/h
  • Consumo máximo de calorías: 1430 kcal/h
  • Tiempo en zonas de pulsaciones: 2h 50m 50s
  • Consumo total de calorías: 4032 kcal
  • Índice IBP de dificultad: 99BA

Y aquí está el enlace al recorrido de la etapa: Montecobre – Fangorn – Trassierra – Bejarano – Los Morales

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13 sep 11 Etapa ciclista: Montecobre – Bosque de Fangorn – Reventón (04/09/2011)

Nos tenía que haber mirado un tuerto. No cabía otra explicación. No era la primera vez que lo decía desde que habíamos empezado la etapa, pero esa última vez, al filo de las 19:30h, en el Patriarca, mientras esperaba a que Ángel cambiara la cámara de su bici, fue la única vez que de verdad me lo estaba creyendo. Ese día estábamos gafados. Pero empecemos por el principio.

Ese fin de semana decidimos salir a rodar Mané, Ángel, Marcos, Javi Balaguer -con quien, hasta el momento, aún no había salido a rodar-, Carlos Trillo y yo. Por aquello de poder quedar los más posibles, habíamos decidido quedar en un horario poco habitual: el domingo a las 16:00h. No era el horario que más me conviniera, ni el que más me interesara, dado que tenía que salir esa misma tarde hacia Sevilla, y esperaba poder ver el ascenso del Angliru en la Vuelta a España. Pero era una oportunidad para salir a rodar con un buen grupo de amigos que no iba a dejar pasar.

Pronto -muy pronto- las cosas empezaron a torcerse. Tan pronto como el mismo viernes por la tarde. Nada más llegar a Córdoba me encontré con la rueda delantera de la bici pinchada. Algo bastante complicado, ya que ahí monto una cubierta Maxxis High Roller Super Tacky Downhill de 2.35”, equipada con una cámara autosellante. Pero el caso es que estaba pinchada. Confiando en que fuera algo que se solucionara con el líquido autosellante, inflé la rueda y la hice girar sobre sí misma, a fin de distribuir uniformemente el líquido. Todo parecía indicar que se había sellado bien… hasta la mañana siguiente, en la que me encontré la rueda completamente deshinchada. Estaba claro que me iba a tocar parchearla. Lo que no esperaba era encontrarme con que se había salido todo el líquido autosellante de la cámara, y con que ésta tenía tres pinchazos. Un tanto escamado, parcheé la cubierta, y esa tarde me fui con Mané a casa de Carlos a editar un vídeo con las tomas de un descenso que habían efectuado esa misma mañana.

Ya en casa de Carlos tuvimos la la segunda mala noticia del día: sufría de una tendinitis que le iba a imposibilitar acudir a la etapa. Y es que Carlos, que estrenó bici de descenso hace algunas semanas, un auténtico monstruo blindado de 18 kilos y suspensiones de 180 mm., se había estado poniendo en forma a marchas forzadas, pero por eso mismo había forzado demasiado la máquina. Asumiendo que íbamos a tener una baja, editamos el vídeo, con muy buenos resultados desde el punto de vista estético. Pero al filo de las 22:00h, recibí una llamada de casa: la rueda se había vuelto a desinflar. Una vez allí pude constatar que la rueda, en efecto, había quedado desinflada por el efecto de ¡cuatro pinchazos! Entonces lo tuve claro: el primer pinchazo había provocado la salida del líquido sellante de la cámara, por lo que pequeños pinchazos que habían quedado obturados por el propio líquido habían salido a la luz. Lo peor es que no tenía ninguna cámara de repuesto. Por suerte Mané, a la mañana siguiente, encontró una de válvula fina que sólo tenía un pinchazo, que pude parchear y poner sin problemas en mi bici.

A las 16:00h del domingo me encaminé a casa de Mané, dispuesto a empezar la etapa. Pero cuál sería mi sorpresa al ver a Mané desmontando, junto con Ángel, su rueda trasera: en efecto, un pinchazo. Y al no disponer de ninguna cámara adicional, no le quedó más remedio que parchearla. En ello andábamos cuando llegó Javi, con una pérdida de aceite en la horquilla de su bicicleta. ¿Qué diablos estaba pasando? Me dirigí a casa a por una llave inglesa con la que apretar un poco la horquilla, y tener la suerte de que eso solucionara el problema. A la vuelta, Marcos ya había llegado… con un problema en su casco y la rueda trasera algo floja. Mientras Mané y Javi apretaban la horquilla, Ángel se dispuso a inflar un poco la rueda de la bici de Marcos mientras éste remendaba el casco. Y en esas estaba cuando ¡la válvula de la cámara salió volando! Una válvula rota era algo que sólo había visto una vez anterior. Por suerte Marcos disponía de una cámara de válvula gruesa de repuesto. Pero empezaba a tener claro que esa etapa estaba algo gafada.

Al final, entre unas cosas y otras, empezamos a dar pedales pasadas las 16:30h, con unos 36ºC de calor, y un molesto viento cruzado que nos dificultaba bastante rodar. Tomamos en Canal del Guadalmellato, y nos desviamos por la vereda de Trassierra camino de nuestro Angliru particular: la subida de Montecobre. Pasamos junto a la Casilla del Aire, por las primeras y terroríficas rampas de hasta el 18% por sendero pedregoso del inicio de la subida de Montecobre, abriendo camino Ángel, Marcos y yo. El calor y la hora de la etapa estaba haciendo estragos, y aparte de sudar la gota gorda, empezamos a sufrir mareos y molestias estomacales, que hicieron especial mella en Marcos y Mané. Aun así, llegamos hasta el quitamiedos que da fin a la primera parte de la subida, y nos dispusimos a cruzar la carretera, camino de la Casa de la Ventana. Y fue ahí donde tuvimos la primera sorpresa desagradable de la etapa propiamente dicha: Marcos había pinchado. No nos quedó más remedio que hacer una pequeña pausa para parchear su cámara, antes de reemprender el ascenso.

Una vez solventado el problema, continuamos con el ascenso, de nuevo con Ángel, Marcos y yo mismo en cabeza. Nos volvimos a reagrupar al llegar a la cerca que interrumpe el ascenso a mitad de subida, y a partir de ahí, Ángel y yo marcamos el ritmo de subida hasta llegar a la Torre de las Siete Esquinas, donde realizamos un pequeño descenso.

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Reemprendimos la marcha, atacando de una manera brutal el pedregoso comienzo de la subida hasta el Mirador de las Niñas. Ahí mantuvimos un buen ritmo, hasta que en las rampas finales empezamos a separarnos. Mané y Ángel realizaron la subida a un ritmo excelente, que no pude mantenerles al tener que echar pie a tierra al patinarme en plena subida la rueda trasera, en la que montaba una Larsen TT algo trillada. Al final, Javi, Marcos y yo acabamos subiendo la última pared antes del mirador tirando un poco de la bici. Pero acabamos llegando. Terminamos la subida un poco pasadas las 18:00h, habiendo recorrido 11’5 kms. en algo más de hora y media.

Sin prácticamente detenernos nos dirigimos hacia el cruce de Trassierra, y giramos a la derecha para entrar directamente en el Bosque de Fangorn. A esas alturas de la tarde (y de la Sierra) la temperatura había bajado bastante, y el meternos a rodar por una zona arbolada era lo mejor que nos podía pasar: fresco y sombra. Perfecto para desarrollar un buen ritmo. Sin embargo, al poco de entrar en el bosque y al empezar a subir, sufrimos dos sustos que pudieron tener consecuencias bastante graves: el primero de ellos estuvo protagonizado por Javi, al perder el equilibrio en una piedra, y no poder sacar las zapatillas de los pedales automáticos. Se fue al suelo, doblándose uno de los tobillos en un ángulo que resultaba escalofriante a la vista. Por suerte, sin consecuencias. El segundo, de muy similar factura, lo sufrió Mané en sus carnes. La diferencia en este caso es que estuvo a punto de caer sobre un tocón astillado, que por suerte pudo evitar… agarrándose a una cerca de alambre de espino, con las consecuencias por todos imaginables. Desde luego, la tarde estaba siendo generosa en incidentes.

Poco después afrontamos la primera de las bajadas del bosque de Fangorn, que nos llevó en un descenso trepidante hasta el puente de madera que antecede a una brutal subida por una pared de piedra hasta un pequeño mirador, y que Ángel fue capaz de subir su primer tramo, partiendo desde el mismo puente. El resto de la subida no nos quedó más remedio que hacerla arrastrando las bicis. Y así llegamos a la segunda cota (la tercer en altitud) de la etapa. Un sitio perfecto para marcarse algunas bajadas… divertidas:

…que antecedieron a la primera gran bajada de la jornada:

Finalizamos el descenso a la entrada de la urbanización de la Virgen de la Cabeza, y no tardamos mucho en dirigirnos, a un excelente ritmo, a la siguiente parada de nuestra etapa: el Lagar del Caño del Escarabita. Aprovechamos que el camino discurría por un falso llano para rodar a un ritmo bastante alegre, que tan sólo se vio interrumpido por una nueva caída de Javi, que estaba claro que ese día no se estaba llevando bien con los pedales automáticos. De nuevo, por suerte, la caída no tuvo consecuencias.

Una vez alcanzado el Lagar, giramos a la derecha para ir, en ascenso suave pero continuo, en dirección a la Torre del Beato, que distaba unos 3’5 kms. del lugar en el que nos encontrábamos. Seguimos mantiendo un ritmo muy vivo, con Javi, Ángel y Marcos en cabeza, que a punto estuvo de costarnos un disgusto cuando los tres se empeñaron en hacer un extraño remedo del Camarote de los Hermanos Marx, sólo que cambiaron la ubicación por un estrecho sendero en subida por el que uno nunca hubiera pensado que entraran tres bicis al mismo tiempo. Al menos, sin aplicar el modo traslúcido de juego en el Colin McRae…

En fin, sin mayores incidentes, llegamos hasta la carretera de las Ermitas, junto a la torre del Beato. Eran las 19:00h y llevábamos entre pecho y espalda 18 kms. de etapa. Sin solución de continuidad, entramos en la carretera y nos dirigimos hacia la última parada de nuestra etapa: las Ermitas. Para ello tuvimos que afrontar la tercera (y más alta) cota de la etapa, en donde Mané marcó un ritmo brutal, que a duras penas y con la lengua fuera fui capaz de seguir, descolgando a Javi, Marcos y Ángel, y llegando destacados hasta el comienzo de la bajada de la Cuesta del Reventón, donde nos volvimos a agrupar para emprender el penúltimo descenso del día:

Un descenso emocionante y enormemente divertido, donde Ángel, Marcos y Mané imprimieron un ritmo endiablado de bajada, tal como si el mañana no existiera. Una vez abajo, decidimos realizar la última bajada por las pistas del Patriarca, donde Ángel se marcó unos saltos espeluznantes, y donde yo pude deleitarme realizando unas derrapadas enlazadas de izquierda a derecha brutales. Y fue ahí, justo al terminar la bajada, donde nuestro sino de toda la etapa volvió a hacer aparición: Ángel pinchó su rueda trasera.

Y así llegamos de nuevo al punto de partida. Reflexionaba sobre los tuertos y sus miradas, mientras veía cómo Ángel se afanaba en cambiar de cámara. Pero tal vez -reflexionaba- la mala suerte no fuera tanta en realidad, ya que habíamos realizado cuatro bajadas espeluznantes, botado por todas las piedras del mundo, y salvo tres caídas sin apenas consecuencias, habíamos vuelto a Córdoba sin más rasguño que el que Mané tenía en su mano provocado por el alambre de espino. Puestos a tener mala suerte, la nuestra había sído excelente.

El final del arreglo me sacó de mis reflexiones, y retomamos por última vez la etapa. Salimos a la carretera de las Ermitas, y bajamos hasta el Parador bordeando La Salle, para dirigirnos al Tablero por el circuito deportivo. Fue allí donde me tuve que separar de mis compañeros de etapa, sin poder disfrutar con ellos de las cervezas que tan a pulso nos habíamos ganado, ya que no podía demorar más mi partida hacia Sevilla. Ya en solitario, me dirigí a casa, a donde llegué a las 19:50h, tras más de 28 kms. de etapa. De una magnífica etapa por la Sierra de Córdoba.

El recorrido de la etapa en Google Maps es el siguiente:


Ver 2011/09/04: Montecobre – Bosque de Fangorn – Reventón en un mapa más grande

Los datos de la etapa, por su parte, son los que siguen:

  • Distancia (según el GPS): 29’3 kms.
  • Tiempo desde el inicio de la etapa: 3h 17m 8s

(NOTA: Esta es la segunda vez que tengo que escribir esta entrada. La primera vez, al ir a guardarla una vez finalizada, la perdí al sufrir el navegador una extraña pérdida de sesión con mi sitio, que hizo que la entrada no se guardara adecuadamente, al pedirme de nuevo autenticación. Y para añadir insulto a la injuria, el sistema de guardado de borrador automático había dejado de funcionar tras guardar sólo los tres primeros párrafos. Se ve que algo de gafada sí que estaba la etapa, pese a todo)

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05 jul 11 Etapa ciclista: nocturna de San Jerónimo – Bosque de Fangorn – Bejarano – Los Morales (25/06/2011)

El pasado 25 de junio Mané y yo por fin conseguimos realizar una etapa nocturna. Llevábamos tiempo preparándola, con ganas de salir a rodar, y con el material preparado, pero entre unas cosas y otras no habíamos podido organizar el recorrido. Pero ese fin de semana iba a ser la definitiva. Y aunque en principio íbamos a ser cuatro los que acometeríamos la etapa nocturna, finalmente nos quedamos en dos. Pero ni eso iba a detenernos.

Empezamos la etapa a las 20:30h, con un calor sofocante, y con algo de aire en contra. Bajamos al Cámping, para coger desde allí el camino del canal del Guadalmellato. Nos encontramos a Ángel y Juan. Ángel no había podido venir a rodar con nosotros, y el pobre se veía que se moría de ganas por venir. Pero no sería en esa ocasión. Una vez entrados en el canal, nos dirigimos hacia Medina Azahara, nuestra primera parada. Fueron casi 8 kms. de llaneo por el canal, antes de empezar la primera de las subidas. La subida hasta Medina Azahara es engañosa. Se hace por carretera, que se dirige en línea recta a la sierra, perpendicularmente a las curvas de nivel. Esto produce la sensación de que apenas vas subiendo, cuando en realidad en algo menos de 2 kms. subes desde 130 m. de altitud hasta los 226 de la entrada del yacimiento, con una rampa máxima del 19.6% al alcanzar una curva a izquierdas, antes de la cuesta de San Jerónimo. Con razón íbamos con la lengua fuera, pese a que habíamos llegado a la zona justo en el momento en el que el sol se ocultaba tras la mole del Alto de San Jerónimo.

Nos detuvimos a la entrada del yacimiento unos minutos, lo justo para recuperar algo el resuello, y que Mané pudiera usar su inhalador para el asma. Teníamos una interesante subida por delante, que no queríamos hacer a oscuras. Y sí, lo de interesante es un eufemismo. Hacía muchos años que no realizaba esa subida, pero la recordaba escalofriante: primero hasta la entrada del Monasterio de San Jerónimo de Valparaíso, donde cada rampa brutal era sucedida por otra aún peor. Y desde el monasterio, justo cuando creías que no podía ser más horrible, veías aparecer el camino a tu izquierda, con una pendiente que no cabe más que calificar de absurda.

El primer tramo, hasta la entrada del monasterio, fue apenas un kilómetro de pista que me hizo recordar por qué a veces odio este deporte. No en balde subimos 133 metros, lo que da una bonita pendiente media del 12’5%, con rampas del 21’3%. Pero lo hicimos. Llegamos hasta la entrada del monasterio, que no cabía menos que inmortalizar:

S8000354.JPG

Sin detenernos demasiado, afrontamos el espanto que teníamos por delante: la subida al Alto de San Jerónimo. 1300 metros de pista con una pendiente media del 13%, y una máxima del 29’8%. Al menos la pista se encontraba en excelentes condiciones. Pero eso no quitaba que en las rampas más duras teníamos que inclinarnos hacia delante porque la rueda delantera perdía contacto con el suelo. Mané incluso tuvo que reducir el recorrido de su horquilla hasta los 120 mm., cosa que hacía mucho tiempo que no se veía forzado a hacer. Pero lo hicimos. Realizamos todo el ascenso del tirón, salvo un segundo que aprovechamos en un descanso de la cuesta para observar la torre de la iglesia del monasterio desde arriba. Llamaba bastante la atención, sobre todo teniendo en cuenta que apenas 400 metros antes la habíamos visto desde abajo.

Una vez terminamos el ascenso, abandonamos la pista, tomando un sendero que conducía a mano derecha. Ese sendero conduce directamente al vértice geodésico que indica la posición exacta del Alto, y se encuentra cortado desde hace años por una infame trinchera reforzada con barras de hierro, en un vano intento de impedir el paso. Nos limitamos a bordearla, y nos detuvimos para tomar unas fotos.

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Ya había caído la noche, y era hora de sacar las luces: Mané su lupichin, y yo mi lupichin casera, realizada con un LED de 1000 lumens y una batería de 10.000 mA. :mrgreen: Y aunque el LED que llevábamos era el mismo, en luminosidad tengo que admitir que no había color. la configuración de sus baterías, que proporcionan 7.4 V, y el uso de una buena lente obraban maravillas. La mía, por el contrario, con sus 3.7 V se portaba bien, aunque dispersaba demasiado la luz; pero en esas condiciones necesitabas algo más que “bien“.

Bajamos desde el Alto hasta el cruce de Trassierra, y desde allí nos internamos en el segundo sitio llamativo de la etapa: el bosque de Fangorn. Entramos a las 22:15h, y allí no sólo era noche cerrada, sino que parecía que la luz nunca hubiera alcanzado el lugar… salvo por las luces de club de carretera que llevábamos con nosotros. De hecho, eran demasiado potentes: la luz de Mané empezó a recalentarse, por lo que se vio forzado a bajar el voltaje a los 3.7 V, lo que hacía que nuestras luces estuvieran más parejas. Seguimos con el ascenso, hasta que alcanzamos un pequeño claro en lo más alto del bosque, lugar donde nos detuvimos a cenar a base de bocata.

S8000358.JPG

El lugar era espectacular, y parecía que en cualquier momento un aparecido pudiera hacer acto de presencia…

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…aunque seguro que al vernos con esas pintas salía corriendo despavorido.

Tras saciar nuestra hambre, volvimos a la carga, realizando un descenso por el bosque hasta llegar a la entrada de la urbanización de la Virgen de la Cabeza. En el tramo de llaneo junto a la carretera Mané sufrió un pequeño impacto con un árbol, que lo tuvo un rato fastidiado. Sin muchas más ceremonias tomamos la pista que conduce hasta el lagar del Caño del Escarabita, donde giramos a mano izquierda para dirigirnos hasta la fuente del Elefante. Y desde allí, en la oscuridad más absoluta, iniciamos la subida que, a mano derecha, lleva hasta las fuentes del Bejarano. Pasaban ya de las 23:00h, y era la primera vez que Mané realizaba ese recorrido. Y yo, por mi parte, hacía ya muchos años que no lo hacía. Por suerte llevaba mi buen tomtom, dispuesto a indicarnos el camino si la pifiábamos en la oscuridad.

Por suerte, no fue así, y pudimos seguir los carteles indicadores sin mayor inconveniente. A esa hora la temperatura era enormemente agradable. La verdad, costaba comprender cómo no habíamos realizado una etapa nocturna con anterioridad. Terminamos el ascenso, y emprendimos una ligera bajada hasta llegar al arroyo Bejarano. Estábamos a punto de llegar al lugar crucial de toda la etapa: el primer venero del Bejarano.

El primer venero del Bejarano no es más (ni menos) que el rebosadero del acueducto romano Aqua Augusta, o de Valdepuentes, del siglo I d.C. Llegamos hasta él después de cruzar el cauce del arroyo, girando a mano derecha. Y ahí estaba, en toda su belleza. Belleza que tuve la suerte de poder plasmar en una imagen:

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Tan sólo por obtener esta imagen ya habría valido la pena realizar todo este recorrido. Era una deliciosa guinda para el pastel. Pero por desgracia no podíamos detenernos demasiado. Pasaban ya de las 23:30h, y aún teníamos que volver a Córdoba. A esas alturas llevábamos 18’6 kms. de etapa, y teníamos al menos otros 12 por delante.

La vuelta, al menos, estaba bastante clara: remontaríamos el Bejarano para dirigirnos a las Siete Fincas, y salir por las Dos Columnas. Y desde allí, bajada a Córdoba por Los Morales. Un buen trayecto, pero que suponía que teníamos que realizar 5 kms. de ascenso casi continuo hasta el Lagar de la Cruz, trufado con unas bonitas rampas del 11%. Pero a esas alturas de la etapa, después de haber sido pasados por la piedra en la subida del Alto de San Jerónimo, eso no nos iba a detener.

En realidad se nos hizo bastante fácil hasta que salimos a asfalto. Subimos a un ritmo excelente, incluso demasiado salvaje por un par de paredes que antecedían al tramo de asfalto. Pero ese esfuerzo lo pagamos posteriormente, justo en las rampas finales antes de llegar al Lagar. Aunque es comprensible: llevábamos ya entre pecho y espalda 25 kms. de dura etapa. Pero aun así, lo hicimos. Llegamos al Lagar justo antes de la medianoche, y emprendimos rápidamente el descenso de Los Morales… deteniéndonos tan sólo a activar la cámara:

Fue una bajada tremendamente divertida, en la que Mané -que se la conoce al dedillo- dejó muestras de gran calidad en el descenso. Yo por mi parte, me contenté con no dejar impresa mi cara en un alcornoque o en una piedra. La bajada nos regaló una preciosa estampa de la ciudad de Córdoba, con todas sus luces extendiéndose por las faldas de la Sierra hasta alcanzar el valle. Una vista inolvidable… que no pude tomar con la cámara de fotos, ya que se quedó sin baterías. Pero es algo inolvidable, y que no veía desde hacía años, cuando a Pablo y a mí nos sorprendió la noche realizando ese mismo descenso.

De Los Morales bajamos hasta la Huerta de Hierro por la pista de los eucaliptos, sin mayor novedad. Y desde allí finalizamos la etapa bajando por Sansueña hasta casa, donde llegamos a las 00:30h, justo a la hora en la que había dicho que volveríamos. Era increíble: por acertar, hasta había acertado con la hora de llegada. Y por supuesto, habíamos acertado de lleno con la etapa.

La etapa en Google Maps es la siguiente:


Ver 2011/06/25: Alto de San Jerónimo – Fangorn – Bejarano – Los Morales (Nocturna) en un mapa más grande

Los datos de la etapa son los siguientes:

  • Distancia (según el GPS): 30,8 km.
  • Tiempo de etapa: 2h 51m 9s
  • Tiempo desde el inicio de la etapa: 3h 52m 48s
  • Pulsaciones medias: 139 pulsaciones/m
  • Pulsaciones máximas: 183
  • Consumo medio de calorías: 990 kcal/h
  • Consumo máximo de calorías: 1420 kcal/h
  • Tiempo en zonas de pulsaciones: 2h 31m 50s
  • Consumo total de calorías: 3851 kcal
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16 feb 11 Etapa ciclista: Vereda de la Canchuela – Santa María de Trassierra – Cuesta de la Media Ladera (13/II/2011)

El pasado domingo 13 de febrero Mané y yo volvimos a salir a dar pedales por la Sierra de Córdoba. En esta ocasión variamos un poco el guión: dado que Mané tenía ganas de explorar nuevos caminos por la vertiente más occidental de la sierra, y yo tenía ganas de volver a rodar por aquella zona, decidimos subir por la Vereda de la Canchuela hasta Trassierra y, en la medida de lo posible, enlazar con la zona de El Salado. Dicho y hecho: el plan que tenía en mente era subir por la Canchuela hasta el cortijo de Pedrajas, seguir hasta el embalse de la Jarosa, entrar en la pista de El Salado, para bajar a Trassierra. Desde allí, bajar hasta los baños de Popea, remontar el Bejarano, y enlazar con el Lagar de la Cruz por las Dos Columnas. Y finalmente, bajar a Córdoba por Los Morales. Una auténtica kilometrada, de la que al final solamente haríamos la mitad del plan. Pero no adelantemos acontecimientos.

Salimos a las 9:00h, y bajamos hasta el Camping, para tomar la pista paralela al canal del Guadalmellato. Tuvimos que abandonarla a la altura de los cines de El Tablero, al hallarse la zona en obras. Fuimos por la circunvalación hasta San Rafael de la Albaida, donde tomamos la pista de mantenimiento del canal durante un buen rato. Rato que aprovechamos para hablar de todo un poco, e ir haciendo algo de rodaje para afrontar en las mejores condiciones posibles el reto que teníamos por delante.

Dejamos el canal poco después de pasar junto a Córdoba la Vieja, y justo antes de llegar a la urbanización de la Gorgojuela. Allí arranca la vereda de la Canchuela. Y lo hace bien fuerte, internándose directamente en la sierra, como para marcar un violento contraste con el llano camino que veníamos siguiendo hasta entonces. Las primeras rampas de la Canchuela son sencillamente brutales, y el rato que transcurre desde que sales del valle y entras poco a poco en la dehesa se hace sumamente duro. Al llegar a la primera zona arbolada hicimos una pausa para recuperar algo de fuelle. Una vez se llega a los árboles el camino, si bien en ascenso, se hace algo más relajado. Y así, poco a poco, fuimos subiendo por la vereda hasta alcanzar un poste con una calavera de vaca. No pudimos evitar detenernos para dejar constancia de tan inusual decoración:

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Tras pasar la calavera de vaca, seguimos por la vereda. Al principio, de nuevo en subida, interrumpida poco después por una breve bajada hasta un arroyo… que marca el inicio de los 700 metros más duros de toda la subida, hasta el cortijo de Pedrajas. Una auténtica pared interrumpida por una cerca, que hace que, quieras o no, tengas que echar pie a tierra en al menos una ocasión. Alguna más, en mi caso…

Superado el ascenso, y dejado atrás el cortijo, hicimos una pausa para orientarnos. Había llevado mi libro de “Andar por la Sierra de Córdoba“, una excelente guía de los caminos y senderos existentes en la Sierra Morena cordobesa, y que durante años ha sido mi libro de cabecera para estas expediciones. De acuerdo a esta guía, podíamos tomar el camino de la Jarosa para cruzar el arroyo Guadarromán aguas abajo del embalse de la Jarosa, y encontrarnos con el sendero GR48 en las cercanías del cortijo de La Porrada. Sin embargo, habíamos decidido seguir por La Canchuela durante algo más de tiempo, para girar a la izquierda en el enlace con la vereda del Llano de Mesoneros, y llegar al embalse aguas arriba. Algo más corto, pero más fiel al recorrido de la vereda.

Seguimos adelante, siguiendo una amplia curva a la derecha que realiza el camino. Pronto vimos a nuestra izquierda un sendero que dejaba el camino, para internarse poco después en la arboleda, valle abajo. Supusimos que se trataba del comienzo del camino de la Jarosa, y nos lo apuntamos para mejor ocasión. En realidad, como pude ver después en los mapas, es un camino que lleva más directamente al vado del Guadarromán, un poco más abajo del embalse de la Jarosa. Nosotros seguimos, en un suave ascenso, por el camino, para iniciar poco después un rápido descenso hasta que alcanzamos dos grandes portelas. Empezaba a estar algo preocupado, ya que a esas alturas teníamos que haber visto a nuestra izquierda la bifurcación que realiza la vereda de la Canchuela. Sin embargo, ahí no había nada, salvo pequeños senderos y vegetación.

Al pasar la portela nos encontramos con un grupo de ciclistas, y les preguntamos cómo llegar al embalse. Nos dijeron que continuáramos recto, hasta ver al cabo de un rato una puerta a la izquierda con un cartel anunciando una montería. Por allí, subiendo un poco, podríamos encontrar un camino que nos llevaría hasta el embalse. Seguimos, pues, sus indicaciones, y continuamos avanzando en un suace ascenso. Sospechaba que nos estábamos adentrando en la vereda del Llano de Mesoneros. Un rato después llegamos a una zona más llana, y paramos junto a una portela que se abría a la izquierda. Sospechaba que por ahí podríamos llegar hasta el embalse de la Jarosa. Preguntamos a unos caminantes, y si bien nos dijeron que en efecto por ahí saldríamos al embalse, nos recomendaron seguir un poco más adelante, para llegar al sitio que el grupo de ciclistas nos habían indicado. Tras comernos unas barritas de cereales, decidimos hacer caso de las indicaciones, aunque daba la impresión de que estábamos dando un enorme rodeo… como así era en realidad.

Continuamos el camino, en suave ascenso, hasta que llegamos a la cancela indicada que, además, no tenía pérdida, ya que se encontraba indicada de manera múltiple: por un lado, con las indicaciones de la Ruta Azul, de Paseos por la Sierra de Córdoba, hasta Puerto Artafi, y por otro, con indicaciones de Trassierra de la red de caminos de la Junta de Andalucía. Estaba bastante claro. Pasamos la cancela, y afrontamos una dura, aunque breve, subida, para llegar a una bifurcación. Seguimos el camino en descenso a mano derecha, desechando para otra ocasión la subida a mano izquierda. Emprendimos un rápido descenso hasta desembocar en un camino, justo al lado de la fuente de la Marquesa.

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La fuente de la Marquesa se trata, en realidad, de una de las tomas del acueducto Aqua Augusta, que abastecía de agua a la Corduba romana, primero, a la Qurtuba musulmana, después, y por último a la Córdoba cristiana. Una larga historia, vaya que sí. No estábamos seguros, pero por el ruido del tráfico calculábamos que debíamos de andar cerca del cruce de Trassierra, como así era.

Desde la fuente emprendimos un rápido y movido descenso entre vegetación muy cerrada hasta alcanzar el embalse de la Jarosa, en un pequeño valle que haría las delicias de los campistas. Nosotros, desde luego, estábamos disfrutando sobremanera de la etapa. Una auténtica delicia, con grandes contrastes entre subidas, bajadas, trayectos por valles, duras subidas y emocionantes descensos, con todo el rango de vegetación con el que obsequia la Sierra. Sencillamente precioso.

Bordeamos el embalse de la Jarosa y, poco después, desechamos un camino que surgía a nuestra derecha, por seguir los postes azules de la ruta de Puerto Artafi y las marcas blancas y amarillas de sendero de pequeño recorrido. Aún no lo sabíamos, pero estábamos descartando un camino directo hasta Trassierra. En su lugar estábamos retomando la vereda de la Canchuela, lo que nos llevaría a dar un rodeo de varios kilómetros. En ese momento nos volvimos a encontrar con el grupo ciclista con el que habíamos conversado en la portela. Sospechoso. O ellos o nosotros estaban andando en círculos. Creo que no necesito aclarar quién.

Así pues, seguimos avanzando por la vereda, primero en subida, y luego en llano, hasta llegar a un cruce. Se trataba del cruce del GR-48 con la vereda de la Canchuela. Podíamos seguir a la derecha hacia Trassierra, por el GR-48, o seguir avanzando hasta Puerto Artafi, por un lado, y por el Camino Viejo de Almodóvar, por otro. Huelgo decir que giramos a la derecha. Llevábamos unos 23 kilómetros, y según la indicación, aún nos faltaban 4’5 kms. hasta Trassierra.

Cruce de caminos en la vereda de La Canchuela (Imagen cortesía de Ricardo SM)

Cruce de caminos en la vereda de La Canchuela (Imagen cortesía de Ricardo SM)

De nuevo en ascenso, nos adentramos en un frondoso bosque mediterráneo, para llegar poco después hasta una de las entradas del cortijo de Lo Vaca, marcada por una vistosa puerta. Seguimos sin problemas las marcas rojas y blancas del sendero GR-48, y con alternancia de subidas y bajadas, fuimos adentrándonos en lo que parecía ser El Salado. Poco después tuvimos confirmación de este extremo, cuando llegamos a la pista asfaltada de El Salado, justo en la zona en la que describe un giro de 90º. Ya no tuvimos más que seguir la pista hasta llegar a Santa María de Trassierra. Llevábamos 27 kilómetros largos de etapa. Más que si hubiéramos seguido el camino propuesto por la guía.

En Trassierra paramos a tomar algo de comer en un pequeño supermercado que se encuentra a la entrada del pueblo. Allí nos encontramos con unos amigos de Mané, que también se encontraban dando pedales por la Sierra. Nos ofrecieron unirnos a ellos, como así hicimos. No tenían muy claro por dónde bajar a Córdoba, pero a esas alturas poco importaba: iba a ser divertido. Al final, en plena marcha, decidieron volver por la Fuente del Elefante y el cortijo del Caño del Escarabita. Estaba encantado: hacía años que no pasaba por allí. Aunque, de esta manera, abandonábamos el plan de etapa que teníamos previsto. No es que importara demasiado, ya que llevábamos una interesante paliza en lo alto.

Pasamos por la fuente del Elefante en un rodar bastante agradable, y sin mayor novedad llegamos hasta el cortijo del Caño, donde giramos a mano derecha para enfilar, por el Camino del Caño, hasta las casas del Rosal de las Escuelas. Y desde allí, una nueva sorpresa: íbamos a atravesar el bosque de Fangorn hasta el cruce de Trassierra. Eso sí que era nuevo para mí. Había oído hablar a Mané de ese trayecto, pero no lo conocía. Y tengo que reconocer que tiene el nombre bien puesto: una subida (desde ese lado) por bosque tupido, por un sendero muy cerrado, con abundantes curvas y contracurvas, con breves pero duras subidas, algunas de ellas apuntaladas por postes de madera, para evitar su derrumbe. Y a todo esto le seguían vertiginosos descensos por bosque cerrado en tramos trialeros a más no poder. Magnífico.

Así, llegamos a la gasolinera del cruce de Trassierra pasada la una de la tarde. Y amenazando lluvia. El grupo al que acompañábamos había decidido bajar por la cuesta de Media Ladera, que desemboca en el cortijo La Gitana. Unas semanas antes le había propuesto a Mané subir por ahí, pero lo habíamos descartado ya que tenía noticias de que las lluvias de los dos últimos años habían arrasado el camino. Esto no disuadió a los amigos de Mané, que se equiparon con sus grebas de descenso. Viendo lo que se veía encima, me preparé para lo peor.

Me quedé corto. La cuesta de la Media Ladera es un camino árabe que se abre paso por el estrecho valle que se encuentra encajonado entre la carretera de la Albaida y la de San Jerónimo. El comienzo de la bajada era una sucesión de piedra triturada y arrastrada por el agua. Enormemente divertido con una bicicleta de doble suspensión, pero un poco más complicado para una simple. Aun así, le eché valor y realicé el descenso. Hasta el punto en el que el arroyo ha arrasado el camino. Era sencillamente impracticable, con tramos en los que el agua había arrastrado toda la cubierta de tierra, hasta horadar un par de metros de profundidad. No nos quedó más remedio que echar pie a tierra, y bajar por una cárcava encerrada entre matorrales y árboles medio arrancados del terreno. Una vez pasado una enorme roca, el arroyo se desvía a la derecha, por lo que pudimos seguir por el camino. Un camino que aflojaba los empastes, y no hablo de manera metafórica. Uno de nuestros compañeros observó, al llegar al final del descenso, que los anclajes de la suspensión delantera de su bici se habían desprendido de su sitio. Yo, por mi parte, conseguí llegar sin novedad hasta el final del camino. Fue ahí donde mis compañeros se sorprendieron al darse cuenta de que había hecho la bajada con rastrales, en lugar de con pedales automáticos. “¿Y cómo haces para sacar los pies si te vas al suelo?”, me preguntaron. “Sacarlos rápidamente”, fue mi respuestas. Creo que no mejoró la impresión que tenían de mí. :mrgreen:

Desde ahí, la etapa estaba prácticamente terminada. Seguimos camino abajo hasta el canal, pasando junto al puente árabe de los Nogales y el matadero. Desde el canal llegamos hasta la carretera de la Albaida, y volvimos a Santa Rosa por la circunvalación. Y desde ahí, a casa. Llegamos a las 14:10h. Una bonita etapa, sin lugar a dudas. Esa tarde, cuando comprobé el recorrido en la cartografía y en Google Earth, ví que, como sospechaba, habíamos estado dando más vueltas que un trompo:


Ver Vereda de la Canchuela – Trassierra – Vereda de la Media Ladera (13/02/2011) en un mapa más grande

Los datos de la etapa son los siguientes:

  • Distancia (según mi velocímetro): 42,351 km.
  • Tiempo de etapa: 3h 19m 55s
  • Tiempo desde el inicio de la etapa: 5h 10m 54s
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