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24 jun 12 Camino Marítimo: Etapa 2: Padrón – Santiago de Compostela

Esta entrada es la parte 3 de 7 de la serie Camino de Santiago 2011

Iniciamos la segunda y última etapa del Camino Marítimo a las 7:00h. La mañana, a diferencia del día anterior, amaneció fresca y con apenas unas algonodosas nubes blancas, lo que hacía presagiar que el día iba a ser sumamente bueno para caminar. Y no nos venía mal, ya que Ana y yo teníamos una vieja deuda con esta etapa: coincide con el recorrido del Camino Portugués, y en 2006 nos saltamos este tramo de 23 kilómetros, ya que Ana se encontraba tremendamente fatigada, y no en balde llevábamos ya en el cuerpo casi 130 kilómetros de recorrido, por lo que hicimos la etapa en tren regional. Esta vez no íbamos a pasar por eso.

Como decía, dejamos el hostal a las 7:00h, y nos encaminamos al punto de comienzo de nuestra etapa, la Iglesia de Santiago. Junto a ella, en el bar Don Pepe 2, tomamos el desayuno, acompañado de un rato de palique por parte del dueño del bar, que nos deseó un buen viaje y no nos dejó partir sin tomarse ante unas fotografías con nosotros.

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Así pues, empezamos a seguir las consabidas flechas amarillas, y pronto dejamos atrás Padrón, camino de Santiago. Como no podía ser menos, no pudimos evitar detenernos en Iria Flavia y presentar nuestros respetos a D. Camilo José Cela, visitando su tumba, bajo la sombra de un insólito olivo.

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El recorrido de la etapa fue bastante convencional: recorrer caminos rurales que bordean la N-550, que coincide con el trazado del Camino, y con la que, como no podía ser menos, establecimos pronto una relación de amor-odio, ya que nos indicaba claramente el rumbo a establecer, pero por su peligrosidad nos obligaba a dar vuertas y revueltas en torno a ella por caminitos, en un recorrido muy poco natural. Pero en fin, es algo a lo que, desde hace años, estamos acostumbrados.

Ya desde primera hora de la mañana noté que iba a tener problemas al andar. A diferencia de años anteriores, este año había dejado atrás mis botas Chiruca de montaña, e iba con un calzado más ligero, unas zapatillas de senderismo. Acostumbrado a llevar mis gruesas botas, suelo ponerme en estas etapas doble calcetín, para evitar ampollas, y hacer más cómodas las botas. En la primera jornada, al llevar una suela más blanda, había optado por ponerme un solo calcetín, sin demasiado buen resultado, ya que me molestaron bastante las plantas de los pies. Así que en el segundo día preferí volver al esquema del doble calcetín. Sin embargo, tampoco de esta manera iba cómodo, ya que el pie izquierdo me apretaba, sobre todo en los dedos. Y en un grave error, decidí aguantar, a ver si la cosa mejoraba.

Como decía, fuimos avanzando, pasando por las poblaciones de Pazos, Romarís, Rueiro, Anteportas, Tarrio y Vilar, sin gran novedad, salvo que el flujo de peregrinos a Santiago se había incrementado bastante, a diferencia de nuestra tranquila etapa -como no podía ser menos- a ese respecto del día anterior. Realizamos una breve parada en A Escravitude, donde no pudimos dejar de admirar el magnífico santuario Barroco, de los siglos XVIII y XIX.

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A la salida de A Escravitude nos internamos en una zona boscosa, si bien no tardamos en volver a descender hasta nuestra querida N-550, a la altura de A Picaraña. Anduvimos un rato por el arcén de la carretera, hasta abandonarla por un tramo antiguo de la misma carretera, que nos llevó a pasar junto al albergue de peregrinos de Teo. Proseguimos nuestro avance, si bien no tardamos mucho en deternos, en un pequeño parquecito en la aldea de Francos, en donde destacaba el sorprendente Cruceiro de Francos, considerado como uno de los más antiguos de Galicia.

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Aproveché esa parada -eran ya las 10:30h- para atender a mi dolorido pie izquierdo. Llevábamos ya dos horas y media de camino, y había ido sufriendo mayores molestias a cada paso. Fue quitarme el doble calcetín, y notar una gran mejoría, pero para esas alturas el daño ya estaba hecho. El dedo anular de dicho pie tenía la uña completamente enrojecida. En los meses sucesivos se me iría poniendo negra y acabaría cayéndoseme. Pero en ese momento constituyó un gran alivio. Así que el resto de la etapa lo hice con dos calcetines en el pie derecho, y uno en el izquierdo.

Reanudamos la marcha afianzando la tendencia que habíamos observado hacía poco: que se acababa el llanear, y empezábamos a subir monte, camino de Santiago. Y es que debe de ser alguna especie de maldición persa para los peregrinos, pero es que no hay prácticamente manera alguna de acercarse a la ciudad del Apóstol que no implique escalar cerros con la mochila -o las alforjas en el caso de la bici- a la espalda.

A medida que nos acercábamos a Santiago el paisaje se iba transformado, dejando paso cada vez más a un entorno rural cada vez más concentrado, a diferencia de los ratos de respiro de vegetación que teníamos antes, caracterizados por la dispersión de los núcleos rurales. Sin embargo, pese a todo, de cuando en cuando teníamos pequeños regalos en forma de robledal o breves tramos de corredoira, que hacían nuestras delicias. Pero por desgracia, eran las menos de las veces.

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Era mediodía cuando alcanzamos Milladoiro, a apenas 8 kilómetros de nuestro destino. A esas alturas del día el calor empezaba a apretar, por lo que agradecimos llegar a esta población, que marcaba el comienzo de un tramo de descenso hasta Santiago. Realizamos un descenso por pista asfaltada -primero- y por sendas que harían las delicias de cualquier ciclista de montaña, pero que constituían un gran fastidio si, como era nuestro caso, realizabas el Camino a pie. Así pues, llegamos a la parroquia de Conxo, perteneciente ya al Concello de Santiago. Apenas 3 kilómetros ya nos separaban de nuestro destino, pero iban a ser todos ellos en subida, y con un calor que seguía apretando.

Entramos, pues, en Santiago bordeando un centro hospitalario. Avanzamos prácticamente en línea recta, hasta llegar al casco histórico de la ciudad, donde el gentío era, como de costumbre, abrumador. Así pues, llegamos a la plaza del Obradoiro al filo de las dos de la tarde, tras seis horas y media largas de etapa, y casi seis horas de caminar ininterrumpido. Pero teníamos sensaciones encontradas. Estábamos en Santiago, sí, pero por vez primera en nuestros Caminos no era el final de nuestro viaje, sino apenas una etapa intermedia.

Encontramos albergue en el Seminario Mayor de Santiago, justo al lado de la Catedral, aunque por un momento temimos encontrarlo cerrado, ya que habían cambiado la puerta de entrada con respecto a ocasiones anteriores. Deshicimos las mochilas, y tras un rápido duchado, nos dirigimos a comer a Casa Manolo, en la plaza de Cervantes, donde almorzamos -como de costumbre- magníficamente bien.

De vuelta al Seminario, descansamos un rato y lavamos la ropa del día. Por la tarde salimos a dar una vuelta por Santiago, obviando esta vez el trámite de obtener la Compostela, ya que no teníamos derecho a ella, ya que habíamos realizado un Camino inferior a los 100 kilómetros andando. Esa noche cenamos en un restaurante turco cercano a la Alameda, y nos preparamos para emprender al día siguiente la segunda fase de nuestro viaje: el Camino a Finisterre.

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