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10 mar 13 Etapa ciclista: Dehesa de Abajo – Pinares de Aznalcázar. Homenaje a Javier Rivera (23/02/2013)

El sábado 23 de febrero participé en la marcha que organizó el Club Deportivo Tussam en homenaje a Javier Rivera, uno de los pioneros del ciclismo de montaña en Sevilla, fallecido en 2012. Fue una bonita etapa por la zona de la Dehesa de Abajo, en el preparque de Doñana, y por los pinares de Aznalcázar.

Le etapa partió de la Venta del Cruce de La Puebla del Río. Allí habíamos quedado Miguel, Sergio y yo, para participar, junto con Ricardo y el resto de integrantes del club, en la etapa. Miguel, sin embargo, sufrió un pecance en la maneta de su freno trasero, debilitada de una caída anterior, que hizo que al meter la bici en el coche ésta se partiera. Por ello, pese a asistir al comienzo de la etapa, no pudo participar en ella, ya que no conseguimos realizar ningún apaño que solucionara la papeleta. Así pues, y tras unas palabras en recuerdo del homenajeado, la treintena de personas que componíamos el grupo partimos al filo de las 10:00h. Tomamos la carretera que transcurre entre los campos de arroz y la Dehesa de Abajo. Pasamos la Casa de la Puebla y la laguna, para, justo después, girar a mano derecha y meternos en vereda.

Este inicio de etapa fue en realidad una alteración del plan previsto: las recientes lluvias habían hecho impracticable un tramo previsto del recorrido, por la Cañada de los Pájaros y el Monte Gurugú. Así pues, pasamos junto al Caserío de la Dehesa, e iniciamos un trayecto de suaves subeybaja, por zona algo pedregosa, pero con arbolado. Al poco, gracias a la paliza de la semana anterior, estaba abriendo camino con el grupo de cabeza, de donde ya no saldría en el resto del recorrido.

Tras llegar a las cercanías del arroyo Majalberraque y de la SE-667, giramos por pista a la izquierda, para, a continuación, tomar un sendero estrecho entre pinos; en ascenso, primero, y luego en descenso, con algunos toboganes bastante divertidos. Cruzamos un par de pistas, para, de nuevo, volver a afrontar en sendero entre pinos en ascenso, que nos llevó de nuevo a una pista, donde hicimos una breve parada para agruparnos.

Desde allí, tomamos un nuevo sendero, que comunicaba con una zona a la que llaman el jardín botánico, merced a las abundantes señalizaciones de flora existentes, y que sin lugar a dudas vale la pena visitar. A esas alturas nos habíamos internado ya bastante en los pinares de Aznalcázar, y las recientes lluvias, que nos habían fastidiado el comienzo de la etapa, fueron una gran ventaja en esta parte, ya que habían aposentando las arenas características de la zona, lo que permitía rodar de una manera bastante alegre. Estaba siendo una magnífica etapa.

Tras pasar el Botánico, volvimos a salir a pista. Afrontamos unas rampillas en ascenso, cuya principal dificultad fue que se encontraban completamente enfangadas. Pero tras conseguir salvarlas, volvimos a entrar en una zona de arbolado, previo a nuestro primer cruce con la carretera de Aznalcázar. Nos acercábamos a la Vereda de los Playeros y el camino al Rocío.

Hicimos, a mediodía, una pequeña parada de avituallamiento. Nos encontrábamos cerca de la torre de vigilancia y del cámping. Cruzamos la vereda de los Playeros, y dejamos atrás el Cámping de la Dehesa Nueva. Tras superarlo, giramos a mano derecha, para tomar una senda indicada para ciclistas, que transcurre junto al camino de mantenimiento del gasoducto, que tan nefastos recuerdos por sus trampas de arena traía a mi memoria. Posteriormente giramos a derecha, y volvimos a cruzar el gasoducto, para enlazar por un nuevo sendero entre pinos con la vereda de los Playeros, que se encontraba en un estado excelente.

Tomamos durante unos metros la vereda, para a continuación, girar a mano derecha por la pista que pasa junto al Cortijo de Quema. Ahí nos pusimos a velocidad de crucero, alcanzando picos de 33 km/h por pista arenosa, lo que no está nada mal. Pero la etapa estaba tocando a su fin. Dejamos la pista, tomando un cruce a mano izquierda, para evitar salir a la carretera. En cambio, tomamos una nueva pista, primero, y un nuevo sendero entre pinos, después, que nos habrían de llevar hasta el vado del arroyo Majalberraque, donde se encuentra un puente derruido hace algunos años. Por suerte el Majalberraque no se encontraba muy crecido, lo que propició que le echáramos ganas e intentáramos vadearlo:

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…aunque sin mucho éxito, por la pared de barro del otro lado, en la mayoría de los casos. Pese a todo, echamos unas buenas risas.

Por último, y tras pasar el arroyo, tomamos la pista que conduce a la vieja casa del guarda de los pinares, en estado de abandono hoy día. Tras realizar el penúltimo ascenso del día, salimos de la dehesa por una gran cancela, que nos llevó hasta la carretera. Pero en vez de salir a ésta, tomamos un senderillo, que tras una postrera subida, y por los onmipresentes pinares, nos permitió salir a las cercanías de la venta del Cruce sin tener que tocar prácticamente el asfalto. Dimos por finalizada la etapa a las 13:25h. Un excelente homenaje a uno de los pioneros del ciclismo de montaña en Sevilla.

Los datos de la etapa son los siguientes:

  • Distancia: S/D
  • Distancia (según el GPS): 35’829 km.
  • Tiempo de etapa: 2h 25m 45s
  • Tiempo desde el inicio de la etapa: 3h 33m 11s
  • Velocidad media: 14’75 km/h
  • Velocidad máxima: 38’55 km/h
  • Pulsaciones medias: S/D
  • Pulsaciones máximas: S/D
  • Consumo medio de calorías: S/D
  • Consumo máximo de calorías: S/D
  • Tiempo en zonas de pulsaciones: S/D
  • Consumo total de calorías: 2958 kcal
  • Índice IBP de dificultad: 60B MTB

Y aquí está el enlace al recorrido de la etapa: Dehesa de Abajo – Pinares de Aznalcázar. Homenaje a Javier Rivera

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07 nov 11 Etapa ciclista: Mairena del Aljarafe – Cañada de la Barca – Pinares de Aznalcázar (23/10/2011)

Como comentaba en la entrada anterior, no iba a dejar pasar mucho tiempo antes de ir a rodar por la Cañada de la Barca. Para ser exactos, 8 días después estábamos rodando por la Cañada, pero no adelantemos acontecimientos.

El domingo 23 volvimos a salir a rodar los compañeros del trabajo. En este caso, salimos a rodar Miguel, Rafa y yo. Ana decidió no venir ya que el día amenazaba lluvia. Aun así, nosotros decidimos arriesgarnos y salir. Incluso se nos unió Ángel, conocido de Miguel y que es cliente de nuestra empresa, y que es buen conocedor de la zona de la Cañada de la Barca.

Empezamos la etapa recién pasadas las 9:00h. Salimos, como de costumbre, por el camino de la Venta del Río Pudio. Giramos a la izquierda por la Cañada Real de las Islas, justo tras pasar por el puente romano. Camino de Almensilla nos encontramos con Ángel, que no había salido de Mairena con nosotros. Tras los saludos de rigor, seguimos rodando, camino de Coria. En esta ocasión, tras pasar junto al cementerio, no seguimos por la Cañada, como en ocasiones anteriores, sino que giramos directamente a la derecha por un camino que surgía justo tras la zona de escombros y basura que afea la Cañada en esa zona. De esa manera, llegamos a la Vereda de Aznalcázar sin tener que dar el rodeo que dimos en ocasiones anteriores. Sin muchas más novedades llegamos hasta el cruce con la Cañada de la Barca al filo de las 10:00h.

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Esta vez sí que nos adentramos en terreno desconocido, al menos para mí. Ángel, por el contrario, conocía bien la zona, y nos adelantó lo que ya nos íbamos a encontrar: trampas de arena, trampas de arena everywhere, algunas de ellas terroríficas. Aun así, merecía la pena rodar por la zona. A nuestra izquierda se alzaban los pinares de la Puebla del Río, y a la derecha campos de cultivo, en un impresionante contraste. Poco a poco notamos cómo el tiempo empezaba a cambiar, y el cielo iba cubriéndose poco a poco. Nubes de tormenta empezaban a asomar en el horizonte, tanto reales como metafóricas. Y es que no mucho tiempo después en una zona completamente plana y recta, con pista buena y sin ninguna complejidad, me pegué el talegazo más grande que me he pegado en muchos años con la bici: tengo que admitir que iba algo distraido, mirando el paisaje y tal, y apenas apoyado en el manillar. Y en esas, al pasar por una pequeña hondonada de la pista, la rueda delantera se me hundió en el terreno. Se giró el manillar, y al no poder reaccionar, caí a plomo en la pista, aterrizando con el hombro derecho, y golpeándome la muñeca izquierda, el codo derecho, y la rodilla izquierda. Fue un golpe seco, duro, y tremendamente doloroso. Para colmo de males, caí en el único tramo de pista dura que habíamos tenido en kilómetros. Y encima, el pie derecho se me quedó aprisionado en el rastral, con lo que no podía levantarme. Una caída tonta que tuvo bastantes consecuencias.

Una vez me pude levantar, constaté que tenía un fuerte golpe en el hombro derecho y en la muñeca izquierda. Temía más por esta última, ya que una caída bastante similar (pero aún más tonta) hace algunos años me provocó una fractura en la muñeca derecha (escafoides) que me tuvo fastidiado unos cuantos meses. Tras constatar que no tenía nada roto (o al menos, lo suficientemente roto como para no pode continuar), nos volvimos a poner en marcha. Kilómetro y medio después, justo cuando notamos que nos adentrábamos de verdad en los pinares, realizamos una pequeña pausa de avituallamiento, que aproveché para hacer un nuevo informe de daños: lo que más me molestaba era la muñeca, pero noté que tenía sangrando el codo derecho. Fantástico. Por lo menos podía mover el hombro, lo que era algo. O al menos, eso pensaba yo.

Una vez finalizamos la pausa, nos adentramos más en los pinares. Con la arena, por supuesto, como nuestra inseparable compañero (bueno, inseparable, salvo en el tramo donde me había pegado el talegazo). En estas estábamos, avanzando por los pinares, cuando empecé a notar un extraño sonido en la rueda trasera. Al observarla, y ver cómo oscilaba, lo tuve bastante claro. En el talegazo había roto también algún radio. Dos kilómetros después llegamos a un cruce con el camino que bordea los pinares, en las cercanías del arroyo Majaberraque, y que comunica con el cordel de Triana a Villamanrique. Allí hicimos una pequeña pausa, en la que pude constatar que había roto dos radios. Quizás era momento de tomar la pista y volver a casa, sobre todo teniendo en cuenta que el cielo cada vez más amenazaba lluvia. Pero tampoco era plan fastidiar a mis compañeros, así que decidí seguir adelante.

Nuestro siguiente objetivo era cruzar el arroyo Majaberraque, y avanzar por los pinares hasta la Casa de Colmenar. Lo que sobre el plano era algo bastante fácil (se trataba, simplemente, de seguir el itinerario que habíamos descargado de Wikiloc), sobre el terreno se convirtió en algo sumamente complicado: el arroyo tiene un cauce bastante profundo, con paredes prácticamente verticales, imposibles de trepar arrastrando bicis. Por ello nos vimos obligados a salirnos del camino, bordeando el arroyo, hasta encontrar un vado practicable. Aun así, cruzar el arroyo no fue cosa de coser y cantar.

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Tras pasar el arroyo, salimos a una de las pistas de los pinares. Tomamos a nuestra izquierda una cancela, para seguir un sendero que se adentraba más aún en los pinares, camino de la Casa de Colmenar. El camino era en este caso arena pura, apenas apelmazada por agujas de pino, que hacían tremendamente complicado rodar. Y encima, el cielo cada vez se ponía más negro, y el aire nos traía el olor de la tierra mojada. Estaba claro que la cosa iba a acabar en remojón, a menos que tuviéramos mucha suerte.

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Kilómetro y medio después de la cancela, salimos a un pequeño claro en el bosque, en el que destacaban cuatro enormes eucaliptos limoneros, de corteza completamente blanca. Estábamos en la zona de la Casa del Colmenar. Y digo la zona porque de la casa no queda vestigio alguno a la vista.

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Giramos a la izquierda junto a los eucaliptos, y tomamos uno de los caminos que se adentraban, en dirección oeste, de nuevo en los pinares. En este tramo el rodar era algo más asequible, ya que la omnipresente arena nos dió un pequeño descanso. Seguimos el recorrido en el GPS, tomando los cruces siempre en dirección oeste, hasta que salimos de los pinares, y llegamos a una pista que lindaba con una zona bastante deforestada, formada apenas por matorral bajo. Ahí giramos a mano derecha, en dirección a la Casa de las Trescientas.

Aprovechando que el firme era bastante más regular, Miguel aprovechó para realizar un ataque subiendo bastante el ritmo. Como me veía con fuerzas, y la muñeca y el hombro no me molestaban excesivamente, decidí pegarme a su rueda, y aguantar todo lo posible. Y así, a lo tonto, a lo tonto, nos despegamos de Rafa y de Ángel. Pasamos junto a la Casa, en la que se encontraba un grupo de cazadores, y así, volvimos a entrar en los pinares, hasta llegar al cruce con el cordel de Triana a Villamanrique. Habíamos hecho un sprint de 3 kms. a una media de 20 km/h por zonas de arena. Lo que no estaba nada mal.

Hicimos un descanso de unos minutos, mientras llegaban Rafa y Ángel. Era mediodía, y estábamos en el extremo más alejado de la etapa. Llevábamos entre pecho y espalda 30 kms. de etapa. Por suerte íbamos a hacer la vuelta por un camino algo más corto. Tomamos el cordel de vuelta, y pronto abandonamos la zona boscosa. Salimos a una zona completamente pelada, que suele ser una trampa de arena brutal, pero habían caído algunas gotas, y el terreno estaba algo apelmazado, lo que nos permitió rodar de manera más cómoda. Llegamos al cruce con el camino que bordea los pinares, y nos dispusimos a afrontar la pequeña subida del Cordel por zona arenosa. Ángel hizo notar cómo nos había respetado la lluvia hasta ese momento, y expresó la esperanza de que no nos lloviera. Apenas 30 segundos después, la lluvia empezó a descargar.

Afrontamos la subida por la pista de arena, esperando que en breve escampara. Esperanza futil. Cada vez llovía más fuerte, por lo que pronto no quedó más remedio que detenernos, para sacar los impermeables. Al menos, Ángel y yo lo hicimos, ya que éramos los que teníamos los impermeables guardados. Rafa lo llevaba puesto desde la salida, y Miguel le había echado valor, cosa que hubo de lamentar.

Ya protegidos, seguimos subiendo y salimos de los pinares. El resto del camino era bastante conocido: pasar junto a la finca de cuatrovitas, la finca La Juliana y el aeródromo. Apretamos el ritmo para no mojarnos demasiado, e intentar rodar por delante de la tormenta. Poco a poco lo fuimos consiguiendo, y pasamos de una lluvia intensa a una lluvia cada vez más fina. No dejó de sorprendernos la enorme cantidad de gente que se encontraba haciendo perol y recorriendo el cordel en todoterreno y a caballo, hasta que recordamos que ese día eran las fiestas patronales de Mairena. Fiestas, dicho sea de paso, algo pasadas por agua.

La vuelta no tuvo ninguna novedad, salvo que nos separamos de Ángel una vez que pasamos junto a la Hacienda Monasterejo, antes del cruce con la carretera de Almensilla. A esas alturas ya prácticamente no llovía, pero no nos detuvimos a quitarnos los impermeables, lo que provocó, junto con la salida del sol, que poco a poco empezara a cocerme en mi propia salsa. Y a todo eso, los dolores en hombro y muñeca iban cada vez a más.

Cuando pasamos por la carretera de Almensilla vimos que en la zona había caído un gran chaparrón, ya que la carretera estaba chorreando. Más adelante la tierra del camino estaba empapada; es más, al cruzar el puente romano sobre el río Pudio, las conducciones de desagüe de la zona estaban vertiendo agua a un nivel desmesurado. Habíamos tenido una suerte enorme, ya que todo indicaba que había caído un chaparrón brutal que nos había respetado bastante. El final de la etapa fue bastante convencional. Cruzamos la parte vieja de Mairena, y dimos por finalizada la etapa junto a la cervecería Macarena a las 13:15h, tras hacer un recorrido de 51’4 kms.

Por mi parte, la etapa tuvo un epílogo. Tres horas después estaba montado en un tren camino de Madrid, con fuertes dolores en muñeca y hombro, hasta arriba de analgésicos. Una vez me hube enfriado, la verdadera dimensión de la caída salió a la luz. Sin tiempo para ir al médico tuve que salir en viaje de negocios. Pasé una noche espantosa en el hotel, y al día siguiente no me quedó más remedio que ir a una clínica traumatológica. Por suerte no tenía nada más que una contusión en la muñeca izquierda, pero en el hombro derecho tenía un derrame en la cápsula articular, que me obligó a tener el brazo derecho una semana en cabestrillo. Ha pasado una semana desde que me quité el cabestrillo, pero aún tengo molestias en el hombro derecho, que no me han permitido coger la bici desde entonces. :(

El recorrido de la etapa en Google Maps es el siguiente:


Ver 2011/10/23: Mairena del Aljarafe – Cañada de la Barca – Pinares de Aznalcázar en un mapa más grande

Los datos de la etapa son los que siguen:

  • Distancia (según el velocímetro): 51’503 km.
  • Distancia (según el GPS): 51’4 km.
  • Tiempo de etapa: 3h 10m 09s
  • Tiempo desde el inicio de la etapa: 4h 06m 46s
  • Velocidad media: 16’3 km/h
  • Velocidad máxima: 38’7 km/h
  • Pulsaciones medias: 137 pulsaciones/m
  • Pulsaciones máximas: 182
  • Consumo medio de calorías: 970 kcal/h
  • Consumo máximo de calorías: 1410 kcal/h
  • Tiempo en zonas de pulsaciones: 2h 52m 28s
  • Consumo total de calorías: 3970 kcal
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29 ago 11 Etapa ciclista: Mairena del Aljarafe – Ermita de San Diego – Vado de Quema – Pinares de Aznalcázar (27/08/2011)

El sábado 27 mi amigo Pedro y yo volvimos a rodar por la zona de Mairena. COn la sola excepción de una pequeña etapa de entrenamiento por el aeródromo de La Juliana, hacía ya meses que no rodaba por la zona de Mairena, y tenía preparado algo especial para esa etapa: una incursión por la zona de los pinares de la Puebla del Río y, si había ganas, llegar hasta el vado de Quema. Dado que la etapa prometía ser algo larga, y que discurriría por zonas con abundante arena -con bancos que podrían tragarse a un hombre adulto- habíamos tomado dos medidas: salir a las 8:00h, y cambiar la cubierta trasera por una Small Block Eight de 2.1”. Y aunque tengo afición a llevar la Larsen TT de 1.9”, tengo que admitir que en las zonas donde abunda la arena la corta como escalpelo, clavándose en el banco hasta el fondo.

Así pues, monté la bici en el Alfa y me encaminé hacia Mairena del Aljarafe. Comenzamos la etapa un poco antes de las 8:15h., con una climatología ciertamente agradable: viento suave a favor, frescor en el ambiente y ni una sola nube en el cielo. No muchas horas después, íbamos a lamentar todo eso. Salimos de Mairena por el camino de la venta del Río Pudio, hasta alcanzar el puente romano. Allí giramos a la izquierda, por la Cañada Real de las Islas, camino de Coria del Río. Pasamos junto a Almensilla y el poblado de La Alegría, antes de girar a mano derecha, en las cercanías de Coria y la Puebla del Río.

Tomamos el camino de la ermita de Don Diego. Este camino nos llamó bastante la atención porque discurría entre campos de olivar que -contra cualquier costumbre conocida- estaban vallados por alambre de espino. La situación era un tanto sorprendente, ya que me recordaba bastante a los caminos rurales de la Galicia profunda: un pequeño sendero, encajonado en sendos terraplenes formados por las fincas contiguas, y cerrado por un vallado. La única diferencia era que en Galicia los vallados acostumbran a ser de piedra, no de alambre de púas. En fin. Seguimos avanzando en dirección oeste hasta que el camino se vio completamente cerrado por la vegetación. No nos quedó más remedio que colarnos entre la alambrada -que hábilmente había sido preparada por alguien para permitir el paso- y adentrarnos en un olivar hasta salvar la parte de camino comida por la vegetación, justo en el punto en el que nuestro camino desembocaba en uno más grande.

Tomamos este camino, claramente más cómodo de recorrer, siguiendo continuamente hacia el oeste. El camino que habíamos pasado a seguir se encontraba señalado por abundantes flechas amarillas -como el Camino de Santiago, rojas y blancas, lo que no dejaba lugar a dudas de que se trataba de un camino sumamente transitado, especialmente por rocieros. La presencia de la propia ermita de San Diego así lo atestiguaba.

Seguimos avanzando hacia el oeste. A las 9:30h, cuando ya llevábamos casi hora y media de recorrido, llegamos a un cruce de caminos, con una indicación hacia la Cañada de la Barca, en la zona de los Pinares de la Puebla del Río. Nos detuvimos unos instantes: la zona tenía un aspecto interesante, pero no era ese el día que exploraríamos la zona, sin ninguna guía ni prácticamente indicación a seguir: si esos pinares eran como los de Aznalcázar, constituirían un dédalo de senderos en los que sería fácil perderse. Aun así, la zona era atractiva a la cámara, y no pude menos que inmortalizar nuestro paso por la zona, con la esperanza de volver en otra ocasión para explorarla más detenidamente.

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Continuamos, siempre hacia el oeste. Hasta el momento los bancos de arena apenas habían sido una molestia ocasional, pero poco a poco su presencia iba haciéndose más y más molesta. Aunque eso no era nada comparado con el espanto que sabía que aún teníamos por delante. Apenas 10 minutos después llegamos a la Ermita de San Diego, donde hicimos una parada algo más larga, en la que aprovechamos para comer algo de fruta, para recuperar fuerzas.

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La zona era agradable: una pequeña mancha de pinos entre campos de olivos y frutales. Sin duda, una agradable escala para los rocieros en su marcha hacia Doñana.

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No nos detuvimos mucho más antes de continuar con la etapa: el fresco de la mañana, que tan fácilmente nos había hecho salir a rodar con alegría, poco a poco estaba dejando paso a un calor que prometía apretar a lo largo del día, que seguía siendo claro y sin una nube en el horizonte. Aún teníamos el viento a favor, y claro, eso ayudaba a confiarse.

Seguimos avanzando, y pasamos junto a la finca de la Juliana y el aeródromo del mismo nombre. Poco después llegamos hasta el cordel de Triana a Villamanrique, el principal camino seguido por los rocieros, y bastante más conocido por nosotros. Eran las 10:00h en punto, y nos encontrábamos bien de fuerzas. Decidimos seguir hasta los pinares de Aznalcázar y, si había ganas, seguir avanzando hasta el Vado de Quema. Y el caso es que hubo fuerzas.

Atravesamos los pinares siguiendo el trazado del cordel, famoso por sus trampas de arena. El camino realiza un suave descenso, primero, para luego transcurrir prácticamente plano hasta llegar a la carretera A-3114. Y esto, que podría parecer fácil, con la arena se transforma en una lucha constante. Lucha contra la arena que te impide avanzar, contra las ruedas que se clavan en la arena, y contra el deslizar de izquierda a derecha cada vez que intentas dar una pedalada. Por suerte hacía unos días que había llovido, por lo que la arena se encontraba algo compactada en algunas zonas, y con una ligera costra que permitía rodar algo más facilmente. Aun así, seguía siendo sumamente duro. Al menos las Small Block Eight se estaban portando razonablemente bien, y me permitían rodar sin que el avanzar constituyera una tortura. Aunque tengo que admitir que echaba de menos la cubierta High Roller de 2.35” que tengo guardada en la cochera de Córdoba.

Una vez que pasamos la carretera, y sabiendo que el vado de Quema estaba a tiro de piedra, ¿por qué detenernos ahí? Dejamos a nuestra derecha la torre de vigilancia de incendios, y recorrimos los escasos 5 kilómetros que nos separaban del vado, por una pista asfaltada que respondía al nombre de Cordel del Camino de los Playeros, y que no deja de ser parte del Cordel de Triana a Villamanrique. Y así, con viento a favor y en suave descenso, llegamos a uno de los puntos rocieros por excelencia: el Vado de Quema.

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(Nota: no es que el contacto con las famosas aguas del río Guadiamar en el vado del Quema dieran a unos protorocieros ciclistas como nosotros -o al menos a Pedro- el poder místico de la bilocación: el milagro sólo lo es desde el punto de vista tecnológico. Gracias, autostitch)

Eran las 11:00h, y habíamos alcanzado el punto más lejano de nuestro recorrido. O al menos lo sería, si dejábamos de remolonear en torno al vado, el área de descanso, y la pequeña ermita con una imagen de la Virgen del Rocío que se alzaba en la zona, protegida por una gruesa malla de acero para evitar desperfectos, quién sabe si causados por el propio fervor popular. :mrgreen:

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El caso es que ahí estábamos, y ahí estaba el vado. El calor se empezaba a notar, y ya puestos… ¿por qué no cruzar el vado? Porque una cosa era llegar al límite propuesto, y otra sobrepasarlo. Y llegados al sitio… bueno, sería triste volver para decir que no habías pasado el vado. Total, el caso es que como no había nadie para vernos hacer el ridículo, nada nos detuvo cuando descendimos hasta el vado, primero, y cuando metimos rueda en el agua, después. Y así, chorreando agua por encima de los tobillos, cruzamos el vado del Quema. Ya habíamos pasado el bautismo rociero. Sólo que ahora teníamos que darnos la vuelta y volver a Mairena. La vuelta, eso sí, la hicimos por un apañado puente que se alza apenas una decenas de metros aguas arriba del Guadiamar.

Y fue aquí donde empezamos a lamentar las excelentes condiciones de la mañana cuando salimos de Mairena: el viento a favor, el frescor y el excelente día nos habían hecho llegar lejos, muy lejos. Para encontrarnos que ahora el viento era de cara, el día claro lo seguía siendo, pero con el sol mucho más alto, y el frescor no era más que un agradable recuerdo. Tocaba apretarse los machos. Habíamos recorrido algo más de 30 kilómetros, y nos quedaba otro tanto de vuelta.

Desandamos el cordel del Camino de los Playeros hasta los pinares de Aznalcázar sin gran novedad, salvo que el hambre empezaba a hacer mella en mí. Al menos esta vez iba sobrado de agua. Optamos por atravesar el pinar por un camino algo más al norte, cercano al cortijo de Alarcón, con la esperanza de que este camino estuviera menos invadido por la arena. Futil esperanza, ya que no sólo no tenía menos arena, sino que nos encontramos incluso más. Al menos tuvo una ventaja: el trazado era considerablemente más plano en su parte final que el cordel de Triana a Villamanrique, por lo que nos ahorramos realizar ls subida por la arena. Sin embargo, tardamos tres cuartos de hora en recorrer los escasos 4500 metros que separaban la carretera de la entrada de los pinares.

Una vez salimos de los pinares el camino se hizo bastante más cómodo. Pero Pedro, que había hecho un considerable esfuerzo para mover sus cubiertas de 2.35” por las dunas que acabábamos de pasar, recibió la desagradable visita del tío del mazo, acompañado de unos molestos pinchazos en los cuadriceps. No nos quedaba más remedio que bajar el ritmo en la vuelta, a fin de evitar un chungo como el que yo mismo había sufrido en una etapa similar un año antes. Así pues, nos lo tomamos con calma.

Volvimos hasta el aeródromo de la Juliana, y seguimos en dirección al puente romano del río Pudio. Cruzamos la carretera de Almensilla al filo de las 13:00h, y pasamos por el cortijo de Torre Quemada tras 10 minutos de rodar tranquilo, antes de empezar el descenso hasta Entrecaminos. A esas alturas los brazos, especialmente el derecho, empezaban a arderme. Si no me equivocaba, estaba a punto de recuperar casi todo mi corte ciclista. E incluso la mancha de moreno de la mano provocada por los agujeros de los guantes en donde el velcro tiene su cierre.

A las 13:20h empezamos el último ascenso de la jornada, el del camino de la Venta del río Pudio. Apenas 2 kilómetros hasta Mairena, y 3’5 hasta el final de nuestra etapa. Finalizamos el ascenso con calma, y descendimos por carretera hasta casa de Pedro, con una parada incluida en un lavadero para adecentar las bicis. Dimos por finalizada la etapa a las 13:41h, después de 56’9 kms., y casi 5 horas y media de etapa. Una etapa sin grandes subidas, cierto, pero con tramos sumamente duros por la arena. Una etapa con tramos ciertamente interesantes, y con grandes perspectivas para realizar recorridos alternativos. Habíamos sufrido, sí, pero había merecido la pena.

El recorrido de la etapa en Google Maps es el siguiente:


Ver 2011/08/27: Mairena del Aljarafe – Vado de Quema – Pinares de Aznalcázar en un mapa más grande

Los datos de la etapa son los siguientes:

  • Distancia (según el GPS): 56’9 kms.
  • Tiempo empleado: 5h 28m 22s
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10 abr 11 Etapa ciclista: Mairena del Aljarafe – Pinares de Aznalcázar (03/04/2011)

El domingo 3 de abril volví a salir con mis compañeros de Sevilla con la bici. Hacía ya algunas semanas que sólo salía en Córdoba, y me apetecía volver a rodar con ellos. Además esta etapa tenía como novedad la incorporación de Jesús al pelotón. Después de más de una década sin dar pedales, se había convencido de volver a coger la bici. Una decisión muy sabia. :mrgreen:

Dado que teníamos una nueva incorporación que necesitaba rodaje, nos decidimos a realizar una etapa relajada: Mairena del Aljarafe – Aeródromo de La Juliana. Una etapa de unos 28 kms. entre ida y vuelta, bastante plana, pero agradable para ir haciendo piernas. Además, tampoco le vendría mal a Manolo, que tras unos meses sin salir con nosotros, se había decidido a volver a salir. Dicho y hecho.

Salimos Miguel, Manolo, Jesús y yo de la cervecería Macarena de Mairena a las 9:10h en dirección Mairena pueblo, en una mañana fresca y gris, que no tenía nada que ver con el tiempo que habíamos tenido el resto de la semana. A decir verdad, era agradable rodar con ese tiempo, pero la chaquetilla no me sobraba, y el no parecía que fuera a mejorar -más bien lo contrario- a lo largo del día. Sin mucha novedad llegamos al pueblo, y emprendimos la bajada hasta el puente romano sobre el río Pudio.

Desde el puente seguimos en dirección al aeródromo, sin gran novedad. Manolo y Jesús iban bastante bien, con un ritmo bastante ligero. Tan ligero, que los 14 kms. hasta el aeródromo, que recorrimos en una hora escasa, se les hicieron cortos. Una vez alcanzado ese punto, sugerí dar la vuelta. No quería forzar demasiado la máquina para ellos, ya que pese a que el perfil de la etapa era bastante plano, la vuelta la íbamos a hacer en ligero ascenso. Pero decidieron continuar. Miguel y yo apostamos por seguir hasta los pinares de Aznalcázar, siguiendo el recorrido del cordel de Triana a Villamanrique, por donde los rocieros peregrinan anualmente. La zona de los pinares es bastante divertida, con un cambio de paisaje tremendo con respecto al olivar que no nos había abandonado desde Mairena, pero con unas trampas de arena bastante fastidiosas. Manolo y Jesús estaban decididos a seguir adelante. Sin más preámbulos, reemprendimos la marcha.

Pasamos la finca La Juliana y alcanzamos los primeros pinares. La mañana seguía fría, y el descenso por los pinares no contribuía a calentar el ambiente. Además, el camino estaba cuajado de grandes charcos de agua, que nos obligaban a bordearlos saliéndonos hacia la maleza, o bien a echarle valor y atravesar el agua pestilente. Al menos, no estábamos teniendo demasiadas trampas de arena… hasta que salimos a un claro, bien conocido por Miguel y yo, que era la primera de las trampas de arena de verdad. Miguel la pudo salvar razonablemente bien con sus cubiertas de 2.35”. A mí, con las de 2.10” me costó algo más. Jesús las pasó razonablemente bien y Manolo, con cubiertas 1.90”, se quedó clavado. Paramos un momento para consultar el GPS y el velocímetro. Llevábamos más de 18 kms., lo que hacía que la vuelta se fuera hasta los 36, mínimo. Era momento de dar la vuelta. Por no volver por el mismo camino, aprovechamos el dédalo de senderos que cruzan los pinares, para dirigirnos hacia el norte, hasta el cortijo de Alarcón, para posteriormente girar al este, y enlazar de nuevo con el cordel. Reanudamos la marcha entre los pinares. Como era de esperar, las trampas de arena no habían hecho sino empezar.

Nos tocó sufrirlas un rato. El que peor lo pasó, merced a que llevaba las cubiertas más finas, fue Manolo. Por suerte, apenas tuvimos que sufrir 3’5 kms. de dunas, antes de volver a salir al cordel. Para colmo, una lluvia fina hizo acto de presencia. Tocaba volver rápidamente a Mairena. La vuelta no tuvo grandes novedades, salvo una caída de manolo en una trampa de arena, al vadear un arroyuelo junto a la Hacienda Monasterejo, que lo dejó marcado el resto de la etapa. Jesús, por su parte, empezó a sufrir tirones en los cuadríceps. Pese a que había aguantado bastante bien, la etapa estaba empezando a pasarle factura. Llegamos de nuevo al puente romano sobre el Río Pudio. Manolo, que había decidido no parar, ya que una de las rodillas le molestaba a raíz de la caída, se equivocó de camino, y subió por la izquierda, por el trazado del Cordel. Para no perderle, dejé a Miguel y Jesús, y fui a buscarle. Le alcancé, pero dado que no se encontraba en condiciones de dar la vuelta, subimos a Mairena por este camino, para posteriormente ir a la cervecería Macarena, punto de finalización de etapa, a donde llegamos a las 12:10h. Contrariamente a lo que esperaba, Miguel y Jesús no se encontraban allí. Conseguí contactar con ellos, y nos estaban esperando en Mairena pueblo, que dejaron tras la llamada para venir al punto de encuentro.

Mientras tanto, Manolo y yo aprovechamos para lavar las bicis en la gasolinera de la zona, ya que teníamos las bicis emborrizadas en arena. Cuando estábamos terminando de limpiarlas, llegaron Jesús y Miguel, cabalgando justo por delante de la tormenta, que empezó a descargar justo cuando terminamos de lavar las bicis. Así que, sin más novedad, dimos por finalizada la etapa.

El mapa de la etapa en Google Maps es el siguiente:


Ver 2011/04/03: Mairena – Pinares de Aznalcázar en un mapa más grande

Los datos de la etapa son los siguientes:

  • Distancia (según el velocímetro): 40’837 km.
  • Distancia (según el GPS): 39’7 km
  • Tiempo de etapa: 2h 33m 48s
  • Tiempo desde el inicio de la etapa: 2h 41m 20s
  • Pulsaciones medias: 120 pulsaciones/m
  • Pulsaciones máximas: 174
  • Consumo medio de calorías: 800 kcal/h
  • Consumo máximo de calorías: 1330 kcal/h
  • Tiempo en zonas de pulsaciones: 1h 30m 35s
  • Consumo total de calorías: 2240 kcal
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