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13 sep 11 Etapa ciclista: Montecobre – Bosque de Fangorn – Reventón (04/09/2011)

Nos tenía que haber mirado un tuerto. No cabía otra explicación. No era la primera vez que lo decía desde que habíamos empezado la etapa, pero esa última vez, al filo de las 19:30h, en el Patriarca, mientras esperaba a que Ángel cambiara la cámara de su bici, fue la única vez que de verdad me lo estaba creyendo. Ese día estábamos gafados. Pero empecemos por el principio.

Ese fin de semana decidimos salir a rodar Mané, Ángel, Marcos, Javi Balaguer -con quien, hasta el momento, aún no había salido a rodar-, Carlos Trillo y yo. Por aquello de poder quedar los más posibles, habíamos decidido quedar en un horario poco habitual: el domingo a las 16:00h. No era el horario que más me conviniera, ni el que más me interesara, dado que tenía que salir esa misma tarde hacia Sevilla, y esperaba poder ver el ascenso del Angliru en la Vuelta a España. Pero era una oportunidad para salir a rodar con un buen grupo de amigos que no iba a dejar pasar.

Pronto -muy pronto- las cosas empezaron a torcerse. Tan pronto como el mismo viernes por la tarde. Nada más llegar a Córdoba me encontré con la rueda delantera de la bici pinchada. Algo bastante complicado, ya que ahí monto una cubierta Maxxis High Roller Super Tacky Downhill de 2.35”, equipada con una cámara autosellante. Pero el caso es que estaba pinchada. Confiando en que fuera algo que se solucionara con el líquido autosellante, inflé la rueda y la hice girar sobre sí misma, a fin de distribuir uniformemente el líquido. Todo parecía indicar que se había sellado bien… hasta la mañana siguiente, en la que me encontré la rueda completamente deshinchada. Estaba claro que me iba a tocar parchearla. Lo que no esperaba era encontrarme con que se había salido todo el líquido autosellante de la cámara, y con que ésta tenía tres pinchazos. Un tanto escamado, parcheé la cubierta, y esa tarde me fui con Mané a casa de Carlos a editar un vídeo con las tomas de un descenso que habían efectuado esa misma mañana.

Ya en casa de Carlos tuvimos la la segunda mala noticia del día: sufría de una tendinitis que le iba a imposibilitar acudir a la etapa. Y es que Carlos, que estrenó bici de descenso hace algunas semanas, un auténtico monstruo blindado de 18 kilos y suspensiones de 180 mm., se había estado poniendo en forma a marchas forzadas, pero por eso mismo había forzado demasiado la máquina. Asumiendo que íbamos a tener una baja, editamos el vídeo, con muy buenos resultados desde el punto de vista estético. Pero al filo de las 22:00h, recibí una llamada de casa: la rueda se había vuelto a desinflar. Una vez allí pude constatar que la rueda, en efecto, había quedado desinflada por el efecto de ¡cuatro pinchazos! Entonces lo tuve claro: el primer pinchazo había provocado la salida del líquido sellante de la cámara, por lo que pequeños pinchazos que habían quedado obturados por el propio líquido habían salido a la luz. Lo peor es que no tenía ninguna cámara de repuesto. Por suerte Mané, a la mañana siguiente, encontró una de válvula fina que sólo tenía un pinchazo, que pude parchear y poner sin problemas en mi bici.

A las 16:00h del domingo me encaminé a casa de Mané, dispuesto a empezar la etapa. Pero cuál sería mi sorpresa al ver a Mané desmontando, junto con Ángel, su rueda trasera: en efecto, un pinchazo. Y al no disponer de ninguna cámara adicional, no le quedó más remedio que parchearla. En ello andábamos cuando llegó Javi, con una pérdida de aceite en la horquilla de su bicicleta. ¿Qué diablos estaba pasando? Me dirigí a casa a por una llave inglesa con la que apretar un poco la horquilla, y tener la suerte de que eso solucionara el problema. A la vuelta, Marcos ya había llegado… con un problema en su casco y la rueda trasera algo floja. Mientras Mané y Javi apretaban la horquilla, Ángel se dispuso a inflar un poco la rueda de la bici de Marcos mientras éste remendaba el casco. Y en esas estaba cuando ¡la válvula de la cámara salió volando! Una válvula rota era algo que sólo había visto una vez anterior. Por suerte Marcos disponía de una cámara de válvula gruesa de repuesto. Pero empezaba a tener claro que esa etapa estaba algo gafada.

Al final, entre unas cosas y otras, empezamos a dar pedales pasadas las 16:30h, con unos 36ºC de calor, y un molesto viento cruzado que nos dificultaba bastante rodar. Tomamos en Canal del Guadalmellato, y nos desviamos por la vereda de Trassierra camino de nuestro Angliru particular: la subida de Montecobre. Pasamos junto a la Casilla del Aire, por las primeras y terroríficas rampas de hasta el 18% por sendero pedregoso del inicio de la subida de Montecobre, abriendo camino Ángel, Marcos y yo. El calor y la hora de la etapa estaba haciendo estragos, y aparte de sudar la gota gorda, empezamos a sufrir mareos y molestias estomacales, que hicieron especial mella en Marcos y Mané. Aun así, llegamos hasta el quitamiedos que da fin a la primera parte de la subida, y nos dispusimos a cruzar la carretera, camino de la Casa de la Ventana. Y fue ahí donde tuvimos la primera sorpresa desagradable de la etapa propiamente dicha: Marcos había pinchado. No nos quedó más remedio que hacer una pequeña pausa para parchear su cámara, antes de reemprender el ascenso.

Una vez solventado el problema, continuamos con el ascenso, de nuevo con Ángel, Marcos y yo mismo en cabeza. Nos volvimos a reagrupar al llegar a la cerca que interrumpe el ascenso a mitad de subida, y a partir de ahí, Ángel y yo marcamos el ritmo de subida hasta llegar a la Torre de las Siete Esquinas, donde realizamos un pequeño descenso.

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Reemprendimos la marcha, atacando de una manera brutal el pedregoso comienzo de la subida hasta el Mirador de las Niñas. Ahí mantuvimos un buen ritmo, hasta que en las rampas finales empezamos a separarnos. Mané y Ángel realizaron la subida a un ritmo excelente, que no pude mantenerles al tener que echar pie a tierra al patinarme en plena subida la rueda trasera, en la que montaba una Larsen TT algo trillada. Al final, Javi, Marcos y yo acabamos subiendo la última pared antes del mirador tirando un poco de la bici. Pero acabamos llegando. Terminamos la subida un poco pasadas las 18:00h, habiendo recorrido 11’5 kms. en algo más de hora y media.

Sin prácticamente detenernos nos dirigimos hacia el cruce de Trassierra, y giramos a la derecha para entrar directamente en el Bosque de Fangorn. A esas alturas de la tarde (y de la Sierra) la temperatura había bajado bastante, y el meternos a rodar por una zona arbolada era lo mejor que nos podía pasar: fresco y sombra. Perfecto para desarrollar un buen ritmo. Sin embargo, al poco de entrar en el bosque y al empezar a subir, sufrimos dos sustos que pudieron tener consecuencias bastante graves: el primero de ellos estuvo protagonizado por Javi, al perder el equilibrio en una piedra, y no poder sacar las zapatillas de los pedales automáticos. Se fue al suelo, doblándose uno de los tobillos en un ángulo que resultaba escalofriante a la vista. Por suerte, sin consecuencias. El segundo, de muy similar factura, lo sufrió Mané en sus carnes. La diferencia en este caso es que estuvo a punto de caer sobre un tocón astillado, que por suerte pudo evitar… agarrándose a una cerca de alambre de espino, con las consecuencias por todos imaginables. Desde luego, la tarde estaba siendo generosa en incidentes.

Poco después afrontamos la primera de las bajadas del bosque de Fangorn, que nos llevó en un descenso trepidante hasta el puente de madera que antecede a una brutal subida por una pared de piedra hasta un pequeño mirador, y que Ángel fue capaz de subir su primer tramo, partiendo desde el mismo puente. El resto de la subida no nos quedó más remedio que hacerla arrastrando las bicis. Y así llegamos a la segunda cota (la tercer en altitud) de la etapa. Un sitio perfecto para marcarse algunas bajadas… divertidas:

…que antecedieron a la primera gran bajada de la jornada:

Finalizamos el descenso a la entrada de la urbanización de la Virgen de la Cabeza, y no tardamos mucho en dirigirnos, a un excelente ritmo, a la siguiente parada de nuestra etapa: el Lagar del Caño del Escarabita. Aprovechamos que el camino discurría por un falso llano para rodar a un ritmo bastante alegre, que tan sólo se vio interrumpido por una nueva caída de Javi, que estaba claro que ese día no se estaba llevando bien con los pedales automáticos. De nuevo, por suerte, la caída no tuvo consecuencias.

Una vez alcanzado el Lagar, giramos a la derecha para ir, en ascenso suave pero continuo, en dirección a la Torre del Beato, que distaba unos 3’5 kms. del lugar en el que nos encontrábamos. Seguimos mantiendo un ritmo muy vivo, con Javi, Ángel y Marcos en cabeza, que a punto estuvo de costarnos un disgusto cuando los tres se empeñaron en hacer un extraño remedo del Camarote de los Hermanos Marx, sólo que cambiaron la ubicación por un estrecho sendero en subida por el que uno nunca hubiera pensado que entraran tres bicis al mismo tiempo. Al menos, sin aplicar el modo traslúcido de juego en el Colin McRae…

En fin, sin mayores incidentes, llegamos hasta la carretera de las Ermitas, junto a la torre del Beato. Eran las 19:00h y llevábamos entre pecho y espalda 18 kms. de etapa. Sin solución de continuidad, entramos en la carretera y nos dirigimos hacia la última parada de nuestra etapa: las Ermitas. Para ello tuvimos que afrontar la tercera (y más alta) cota de la etapa, en donde Mané marcó un ritmo brutal, que a duras penas y con la lengua fuera fui capaz de seguir, descolgando a Javi, Marcos y Ángel, y llegando destacados hasta el comienzo de la bajada de la Cuesta del Reventón, donde nos volvimos a agrupar para emprender el penúltimo descenso del día:

Un descenso emocionante y enormemente divertido, donde Ángel, Marcos y Mané imprimieron un ritmo endiablado de bajada, tal como si el mañana no existiera. Una vez abajo, decidimos realizar la última bajada por las pistas del Patriarca, donde Ángel se marcó unos saltos espeluznantes, y donde yo pude deleitarme realizando unas derrapadas enlazadas de izquierda a derecha brutales. Y fue ahí, justo al terminar la bajada, donde nuestro sino de toda la etapa volvió a hacer aparición: Ángel pinchó su rueda trasera.

Y así llegamos de nuevo al punto de partida. Reflexionaba sobre los tuertos y sus miradas, mientras veía cómo Ángel se afanaba en cambiar de cámara. Pero tal vez -reflexionaba- la mala suerte no fuera tanta en realidad, ya que habíamos realizado cuatro bajadas espeluznantes, botado por todas las piedras del mundo, y salvo tres caídas sin apenas consecuencias, habíamos vuelto a Córdoba sin más rasguño que el que Mané tenía en su mano provocado por el alambre de espino. Puestos a tener mala suerte, la nuestra había sído excelente.

El final del arreglo me sacó de mis reflexiones, y retomamos por última vez la etapa. Salimos a la carretera de las Ermitas, y bajamos hasta el Parador bordeando La Salle, para dirigirnos al Tablero por el circuito deportivo. Fue allí donde me tuve que separar de mis compañeros de etapa, sin poder disfrutar con ellos de las cervezas que tan a pulso nos habíamos ganado, ya que no podía demorar más mi partida hacia Sevilla. Ya en solitario, me dirigí a casa, a donde llegué a las 19:50h, tras más de 28 kms. de etapa. De una magnífica etapa por la Sierra de Córdoba.

El recorrido de la etapa en Google Maps es el siguiente:


Ver 2011/09/04: Montecobre – Bosque de Fangorn – Reventón en un mapa más grande

Los datos de la etapa, por su parte, son los que siguen:

  • Distancia (según el GPS): 29’3 kms.
  • Tiempo desde el inicio de la etapa: 3h 17m 8s

(NOTA: Esta es la segunda vez que tengo que escribir esta entrada. La primera vez, al ir a guardarla una vez finalizada, la perdí al sufrir el navegador una extraña pérdida de sesión con mi sitio, que hizo que la entrada no se guardara adecuadamente, al pedirme de nuevo autenticación. Y para añadir insulto a la injuria, el sistema de guardado de borrador automático había dejado de funcionar tras guardar sólo los tres primeros párrafos. Se ve que algo de gafada sí que estaba la etapa, pese a todo)

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10 abr 11 Etapa ciclista: Monte Cobre – Castañar de Valdejetas – Puerto Artafi – Fuente del Elefante – Cuesta del Reventón (27/03/2011)

El pasado 27 de marzo Javi Aljama, Enrique, Mané y yo hicimos una gran etapa por la Sierra de Córdoba. Una etapa que, por segunda vez consecutiva, iba a disputar sin haber dormido prácticamente nada la noche anterior. Y es que había tenido una intervención nocturna en el trabajo por videoconferencia que se alargó hasta las cinco de la mañana, que apenas me permitió dormir una hora y tres cuartos antes del comienzo del Gran Premio de Australia de Fórmula 1, que se alargó hasta las nueve y media de la mañana. Apenas había cruzado Vettel la línea de meta, cuando salía yo por la puerta con las gafas enfundadas y el casco puesto. Y es que se me paraba a pensarlo, caía redondo de sueño.

Empezamos la etapa un poco antes de las 9:45h, y nos dirigimos al canal del Guadalmellato, para enlazar con la vereda de Trassierra. Íbamos a subir por Monte Cobre hasta el cruce de Trassierra. Empezamos la subida suaves; había calculado hora y media de subida hasta el cruce, pero tengo que admitir que era la segunda vez que subía Monte Cobre desde la vereda: salvo en una de las Maratones MTB Sierra Morena, siempre había subido hasta el camino de la Casa de la Ventana por la carretera de la Albaida.

Al llegar a la altura del Cortijo de la Gitana Javi y yo, que íbamos en cabeza de palique, nos desviamos por una dura subida, que pronto tuvimos que desandar, ya que nos habíamos saltado el desvío que da comienzo al primer tramo de Monte Cobre. Empezamos la subida por un camino, seguido de un durísimo sendero que nos acabó llevando, a las 10:40h, junto al guardarraíl que corta el paso de la subida, y que hay que salvar para continuar ascendiendo hasta la Casa de la Ventana, primero, a la Torre de las Siete Esquinas, después, y por último, al Mirador de las Niñas.

Poco después empezamos la subida hacia la Casa de la Ventana, acompañados por un grupo de ciclistas que habían subido por la carretera de la Albaida. Salvamos la cerca que corta el paso cerca de la Casa, y continuamos ascendiendo. Pronto Enrique, lastrado por sus cubiertas de descenso, se fue quedando atrás, mientras Mané y Javi se iban un poco en cabeza. Superamos el olivar que antecede a la Torre, y nos reagrupamos en ésta. Pudimos descansar un poco, mientras contemplábamos una magnífica vista del Valle del Guadalquivir.

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Antes de continuar, tuvimos un breve momento de duda sobre si seguir ascendiendo por el camino conocido, o seguirlo haciendo por un sendero que surgía hacia el oeste de la torre. Tentados estuvimos de tomarlo, pero el recuerdo de los acontecimientos de la semana anterior nos hicieron desistir, aunque dudamos bastante. Seguimos el ascenso hacia el Mirador de las Niñas, donde de nuevo volvimos a separarnos. Tuve algunos problemas de cambio con la Ghost, y perdí comba con Mané y Javi, que consiguieron subir del tirón hasta el Mirador.

Desde allí continuamos hasta la primera parada del día, la gasolinera del Cruce de Trassierra. Eran las 11:30h de la mañana. Habíamos tardado algo menos de dos horas en subir. Allí Enrique decidió no continuar con la etapa: tenía que estar pronto de vuelta en casa, y la etapa, de la que apenas habíamos hecho un tercio, prometía ser larga. Así que, reducido el grupo a tres integrantes, tomamos la decisión de ir hasta el punto más lejano propuesto: el castañas de Valdejetas. Eso suponía que íbamos a subir tres puertos de montaña, y que ya habíamos superado el primero de ellos.

Al filo del mediodía reemprendimos la marcha. Tomamos la carretera de Trassierra, para abandonarla poco después, siguiendo las indicaciones de Puerto Artafi. Tomanos la vereda del Llano de Mesoneros, que nos hizo pasar junto a la fuente de la Marquesa, para llevarnos en un divertido descenso hasta el embalse de la Jarosa. Era ya terreno conocido para nosotros. Seguimos avanzando, siguiendo las indicaciones de Puerto Artafi, hasta que llegamos al cruce del GR-48 que, semanas atrás, Mané y yo habíamos seguido para ir a Santa María de Trassierra. En este caso, continuamos de frente.

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Otro grupo de ciclistas, con bicis rígidas, nos preguntaron a dónde iba el camino. Les respondimos que se trataba del GR-48, y que nosotros íbamos siguiendo las indicaciones del Sendero Azul hasta el castañar. Era fácil: sólo tenían que ir siguiendo las marcas rojas y blancas, hasta encontrar a mano derecha el desvío para el castañar. Decidieron recorrerlo, por lo que nos dieron las gracias y siguieron avanzando.

El GR-48 seguía en dirección noroeste, pasando por un magnífico tramo de dehesa, mezclada con bosque mediterráneo. Desde el embalse habíamos ido en un suave ascenso, marcado por ocasionales subidas y bajadas, que hacían el rodar bastante divertido. Dos kilómetros y medio después, llegamos a una intersección del GR-48 con otro camino. Consultamos el GPS, y vimos que teníamos que abandonar el GR-48, y seguir a mano derecha para emprender la subida al castañar de Valdejetas. Sin embargo, no había rastro de indicación del Sendero Azul. Espero que el trío de las rígidas no hubieran seguido avanzando, esperando encontrarse el cartel azul, porque si no podrían haber acabado en Portugal.

Faltaban diez minutos para la una de la tarde cuando empezamos el ascenso a Puerto Artafi por el castañar de Valdejetas. El entorno era un preciosidad, pese a que el castañar no se encontraba en su mejor época del año. Pasamos junto al Cortijo de Valdejetas que, como bien dijo Mané, más parecía un cortijo de campiña que uno de sierra, y salimos de la finca no mucho tiempo después. Hicimos la segunda parada de la jornada junto a la cancela de entrada a Valdejetas. Era la una y diez de la tarde. Habíamos cruzado el castañar en 20 minutos, a un ritmo bastante tranquilo, y disfrutando del paisaje.

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Nubes de tormenta avanzaban sobre nosotros, por lo que tuvimos que decidir cómo finalizar la etapa. Determinamos llegar hasta la carretera de Trassierra, y volver a Trassierra por ella para, posteriormente, bajar a Córdoba por la Cuesta del Reventón. Dicho y hecho. Empezamos un breve descenso, seguido de una dura subida hasta Puerto Artafi, donde tuve que entregar la cuchara. Repuesto del esfuerzo, bajamos hasta la carretera, y volvimos rápidamente a Trassierra y tomamos, sin detenernos, el camino hacia la Fuente del Elefante. A partir de este punto, Mané empezó a experimentar molestias en una de sus rodillas. Estaba claro que íbamos a tener que terminar la etapa por la vía rápida.

Pasamos por la Fuente del Elefante pasadas las dos menos cuarto de la tarde. Seguimos hasta el Cortijo del Caño del Escarabita, y tomamos el camino que lleva hasta la Torre del Beato. Recordaba haber pasado por allí en la II Maratón MTB Sierra Morena, pero me encontraba bastante despistado, especialmente cuando salimos a la carretera. En un momento creí reconocer el entorno como -precisamente- el de la Torre del Beato, pero ni a Javi ni a Mané parecía sonarles. Como luego pude comprobar en Google Earth, lo había reconocido bien.

Desde la Torre tomamos la carretera en dirección a Las Ermitas. Íbamos a afrontar el tercer y último puerto de la jornada. Y el primero por carretera. Aunque a esas alturas del día no era demasiada ventaja. Aun así, disfrutamos del veloz descenso por carretera hasta el comienzo de la cuesta del Reventón. Terminamos la etapa con un trepidante descenso por la Cuesta del Reventón, en el que, para variar, abusé de los frenos de disco. :mrgreen:

Dimos por finalizada la etapa al pie de la cuesta del Reventón, cerca de la casa de Javi. Eran las dos y media de la tarde, y en ese momento el GPS, que estaba a punto de quedarse sin batería tras casi cinco horas de etapa, indicaba que habíamos recorrido 40’3 kms. Mané y yo, tras despedirnos de Javi, descendimos hasta el Brillante, y nos encaminamos a casa, a donde llegamos al filo de las tres de la tarde. Habíamos recorrido, en total, 45’56 kms. de etapa larga, divertida, y con un paisaje sumamente hermoso. Y por una vez, no volvíamos cubierto de barro o arañazos.

El recorrido de la etapa en Google Maps es el siguiente:


Ver 2011/03/27 – Monte Cobre – Puerto Artafi – Cuesta del Reventón en un mapa más grande

En cuanto a los datos de la etapa, por error no puse en marcha el pulsómetro a la salida (me dí cuenta a la altura del Cortijo de la Gitana), y se interrumpió en la Fuente del Elefante, por lo que los datos cardíacos son sólo parciales, correspondientes a ese segmento de la etapa. Los correspondientes al kilometraje sí son correctos:

  • Distancia (según el velocímetro): 45’56 km.
  • Distancia (según el GPS): 40’3 km. (hasta la Cuesta del Reventón)
  • Tiempo desde el inicio de la etapa: 4h 46m 40s (hasta la Cuesta del Reventón)
  • Pulsaciones medias: 139 pulsaciones/m
  • Pulsaciones máximas: 183
  • Consumo medio de calorías: 990 kcal/h
  • Consumo máximo de calorías: 1420 kcal/h
  • Tiempo en zonas de pulsaciones: 2h 7m 32s
  • Consumo total de calorías: 3363 kcal
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30 jun 10 Subida a la Torre del Beato (21-09-2002)

Crónica de la etapa

(Esta crónica es algo especial. Hay que tener en cuenta que había efectuado una convocatoria vía correo electrónico para realizar una subida en grupo a la Torre del Beato, proponiendo dos puntos de encuentro: a las 9:00h en la Boutipan, y a las 10:00h en el cruce de Trassierra, si bien nadie respondió a mi propuesta)

Sábado, 21 de septiembre de 2.002.

7:30h de la mañana. Algo esta a punto de acontecer. De nuevo, un chalet adosado, en Córdoba. Y, de nuevo, la misma habitación con la cortina de láminas rojas. Y, obviamente, el mismo joven durmiendo en el mismo sofá. 7:31h. El radio-despertador empieza a sonar. Pero breves instantes después, calla. Ha sido arrancado de la pared y yace en el suelo.

Lo habéis adivinado. Eso (diox mío) también soy yo.

8:46h. De nuevo, despierto. Ruego para que el parte meteorológico, consultado anoche mismo en la página web del Instituto Nacional de Meteorología haya acertado, y esté lloviendo. Miro por la ventana. Pues no, hay unas esponjosas nubes blancas en el cielo. Qué encanto.

En fin. Preparo el desayuno para la familia, desayuno un vaso de leche y unas tostadas con miel, subo a mi cuarto, recojo la cama, y busco mis pertrechos ciclistas. Triángulo de herramientas, bolsa con cámaras de repuesto, casco, guantes, gafas. Añado la documentación, llaves de casa, el teléfono móvil, una cámara de fotos y una radio a pilas. Busco el culotte y el maillot, pero no están. El culotte lo encuentro en la cesta de la ropa sucia, y el maillot esta secándose en el tendedero. Cojo ambos, y me visto con ellos y con una camiseta interior, para sudar. Coloco las cosas en la bici, y cojo dos bidones de agua. Salgo de casa. Son las 9:05h.

Llego a la Boutipan. Efectivamente, nadie ha secundado mi propuesta, cosa lógica. Aun así, espero hasta las 9:15h y, al ver que no llega nadie, emprendo la marcha. A medida que avanzo hacia la carretera de la Albaida, observo como el clima empeora. Empieza a entrar viento de frente, y lo que antes eran nubes esponjosas, se han transformado en grises y amenazadoras formas que trepan por encima de la Sierra. Pero ya estamos en marcha, y es tarde para volverse atrás.

Al poco de empezar a subir por la carretera de la Albaida, alcanzo a un ciclista que va en una bicicleta de carreras. Una buena bici. Le paso, pero decido no cebarme en el suave ascenso. Ya tendré tiempo para pasarlo mal más arriba. El de la bicicleta de carreras se me ha puesto a rueda.

En la curva a mano derecha que hay justo al llegar al castillo de la Albaida, la carretera empieza a picar hacia arriba. Por otro lado, hay mucha humedad en el aire. La cosa promete ponerse mal. Al poco de pasar el castillo de la Albaida, el de la bicicleta de carreras se ha descolgado. Ya no volverá a coger mi rueda. Y empieza lo más duro. Al poco de pasar el castillo, encuentras las rampas más duras de todo el ascenso. No es demasiado largo, en torno al kilómetro y medio, pero se hace eterno. Pasado ese tramo, y hasta un poco antes de llegar al cruce de Trassierra, la subida no tiene historia. Es simplemente encontrar un ritmo cómodo, y dar pedales. Tras haber pasado lo peor, casi te parece que vayas llaneando. Sin embargo, las vistas son espectaculares. Lástima que tuviera el sol de frente con respecto a la ciudad, si no hubiese parado a echar alguna que otra foto. En este tramo intermedio, vi a tres chavales en bici de montaña, ascendiendo bastante por delante de mí. Me propuse alcanzarlos. Cuando creía que no lo iba a conseguir, los encontré parados descansando junto a un contenedor de basuras. Les pasé y seguí.

Justo antes de llegar al cruce de Trassierra, vuelve a haber un tramo más duro, aunque la verdad es que lo pasas ya casi sin darte cuenta, pues el ansia de coronar el cruce parece que te dé alas. Y llegué. 9:52h. Según el cuentakilómetros, 40 minutos cabales. No estaba nada mal. Me senté en un parterre de la gasolinera del cruce, y puse el cronómetro en marcha. 1 minuto y 35 segundos después llegaba el de la bicicleta de carreras. Y empezó a lloviznar. Hice una foto, saqué el móvil y la radio y me dispuse a esperar. Sabía que no iba a subir nadie, pero aun así, me había comprometido a ello. Llegan muchos ciclistas, por la carretera de las Ermitas, por la misma por la que he subido yo, por la del Monasterio de San Jerónimo, por la de Santa María de Trassierra… Es agradable ver tanta bici junta. Y empieza a llover más fuerte, al filo de las 10:00h. Mientras me estoy guareciendo en la gasolinera, llegan los tres de las bicis de montaña. También se guarecen.

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En torno a las 10:05h, afloja un poco la lluvia. En vista de que se confirma que nadie va a subir, y temiéndome que más tarde pueda llover más fuerte, decido emprender la búsqueda de la Torre del Beato. Sé que está por la carrera de las Ermitas, por un camino que sale a la altura del repetidor de radio, a la izquierda. Al llegar a la altura del desvío para el Mirador de las Niñas, alcanzo a tres ciclistas en bicicleta de carreras. Les pregunto si saben llegar a la Torre, pero no pueden ayudarme. Estamos unos momentos de charla, mientras sacan sus chubasqueros, pues ha vuelto a apretar la lluvia, y después me despido de ellos.

Al poco llego al repetidor, y la lluvia se ha convertido en una fina llovizna. He tenido que quitarme las gafas, porque entre las gotas y el vaho que desprende mi cuerpo, hacen que no pueda ver nada. Veo el camino, justo antes del repetidor, y lo tomo. Suave descenso, entre olivares, por un lado, y bosque mediterráneo, por otro. Recuerdo por el mapa topográfico, que hay varios cruces. Primero tengo que tomar el camino de la izquierda, y luego el de la derecha. Así lo hago. Al poco me rodea el bosque. Está precioso. A Pablo le hubiera encantado. Sin embargo, a los 50 metros después del segundo cruce, me encuentro en medio de una montón de bloques de hormigón. Y caigo en la cuenta. Me he metido en medio de una granja apícola. Diox santo. Procurando hacer el menor ruido posible, salgo de allí, y vuelvo al cruce. Y me doy cuenta de lo que ha pasado. Me he metido por el central, en vez del de la derecha. Corregido el rumbo, sigo avanzando. Sin embargo, estoy algo desconcertado. Se supone que la Torre del Beato domina la zona circundante desde una buena altura, y allí no hay nada que se le parezca. Pronto iba a encontrar la respuesta. Sabía que, según lo señalado en el mapa, tenía que llegar a la Torre tras recorrer
en torno a un kilómetro de camino. Y, cuando recorrí esa distancia, me encontré con una edificación pero, al verlo saltaba a la vista, eso no era la Torre del Beato. Más bien parecía un pequeño cortijo abandonado. Y entonces caí en la cuenta del error. Había llegado exactamente a donde quería llegar, pero me había equivocado al situar el sitio sobre el mapa. Lo que yo creía que era la Torre del Beato, obviamente no lo era. ¿Dónde estaba, pues, la torre?

El camino, ya prácticamente un sendero, giraba a la derecha tras pasar la casa, y decidí seguirlo, pues era bastante agradable a la vista, y no muy complicado de seguir. Y, cual no sería mi sorpresa cuando, al recorrer aproximadamente otro kilómetro, la vi alzarse a mi derecha, sobre un pequeño risco cubierto de árboles y monte bajo. Y, de sorpresa en sorpresa, cuando buscaba un sendero para acceder a ella, me tropecé con una carretera. ¿Qué carretera? Debo admitir que estaba completamente desorientado. Y a mi estupor contribuyó sobremanera el darme cuenta que desde allí podía ver un repetidor de radio. En ese momento, pasaron por la carretera los tres chavales de la bicicleta de montaña anteriores, en dirección contraria a mi dirección de avance desde el camino. Empecé a comprender lo que estaba pasando. Esa era la carretera de las Ermitas. Pero, ¿cómo había llegado hasta ella? ¿Es más, a qué altura estaba?

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Aplacé la búsqueda de respuestas para otro momento, y emprendí el ascenso a la Torre. Al no encontrar ningún camino practicable en bici, me la cargué al hombro, y trepé entre el monte bajo. Al poco llegué a un pequeño muro de piedra que formaba un pequeño llano ante la torre, pero que estaba rodeado de densa vegetación. Y la atravesé como un salvaje, arrancando ramas a mi paso. Entonces vi el camino. Recordaba un pequeño desvío, más atrás, antes de ver por primera vez la torre. Obviamente era ese. Tengo la rara habilidad de escoger los caminos más tortuosos.

Terminé de subir al llano. Había sudado más en esa pequeña subida con la bici al hombro que casi el resto de la etapa. Allí estaba. Esbelta, con aún algunas almenas. Con una esquina cubierta de hiedra, y con un pino a medio caer, apoyado en otra de ellas. Tal y como me la habían descrito. Excepto por un detalle. Una puerta de hierro con una cerradura. Magnífico. Adiós a mis intenciones de subir hasta ella. No era el único al que le había pasado lo mismo. Al estar constituida la puerta por una plancha metálica, había gran cantidad de insultos hacia los promotores de aquella lamentable idea. Eché alguna que otra foto, y, tras descansar un rato, decidí abandonar aquel lugar.

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Tomé el camino que pasaba junto a la torre, pero en vez de volver sobre mis pasos, me dirigí en dirección contraria, es decir, hacia el repetidor. Y vi una nueva señal de la que me habían hablado, pero que no había visto en el camino quo yo tomé: el camino estaba bordeado por cipreses. Al poco, llegué a la carretera de las ermitas. Justo pasado el repetidor. A 50 metros del camino que yo había tomado. No pude menos que echarme a reír.

Cuando volvía al cruce de Trassierra, me entraron ganas del ver el Mirador de las Niñas. Me dirigí hacia él. Había una gran vista de la ciudad. Eché tres fotos, y reemprendí mi camino.

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Una vez en el cruce, decidí cronometrarme en la bajada. Desde el cruce, hasta la rotonda que hay a la entrada de Parque Figueroa. Puse el cronómetro a cero, y empecé el descenso. Raro era el momento en que bajaba de 35 km/h, y la punta la alcancé, obviamente, en el tramo que hay antes (teniendo en cuenta que el sentido de la marcha es descendente) del castillo de la Albaida. Ahí me puse acoplado, al estilo Perico en los Pirineos en el año 84 (es decir, con el sillín apoyado en el pecho). Según mi velocímetro, alcancé una punta de 92’6 km/h, cosa que creo que está equivocada. Si acaso, 75 u 80 km/h. Luego, en la recta que lleva hasta la susodicha rotonda, la velocidad fue algo inferior, en torno a los 30-35 km/h. Tiempo de descenso: 12 minutos 33 segundos. Distancia: 9 kilómetros. Velocidad media: 43’02 km/h. No está mal.

El llegar a casa fue un puro trámite. Sin embargo, el tiempo final de descenso acumulado (es decir, desde el cruce hasta mi casa) fue de 21 minutos 5 segundos.

A los 15 minutos de llegar a casa empezó a llover en Córdoba.

Datos de la etapa

  • Tiempo total de la etapa: 1 hora, 35 minutos, 8 segundos.
  • Distancia total: 32’3 kilómetros.

Mapa topográfico con el recorrido marcado

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