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De hecho, el mero acto de abrir la caja determinará el estado del gato, aunque en este caso los tres estados determinados en los que podía estar el gato eran: Vivo, Muerto y Jodidamente Furioso
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07 ago 05 El Señor de Compostela: El Retorno de Yuri (Libro 1)

Esta entrada es la parte 5 de 6 de la serie Camino de Santiago 2005

El quinto día de marcha, la Comunidad abandonó la posada de Bruma a las seis de la mañana. Beningno, el posadero, les había comentado que el camino hasta la siguiente parada, Siweiro, sería fácil y rápido. Unas seis o siete horas de marcha, si salís a las siete de la mañana, para la una o las dos estáis allí. Teniendo en cuenta el ritmo de marcha de los días anteriores, se antojaba poco para los, según el pergamino y el propio Benigno, 33 kilómetros de marcha. Y sin embargo, lo clavaron.

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Las misteriosas brumas tóxicas que daban nombre al pueblo se hicieron presentes en aquella salida del pueblo, por lo que nuestros caminantes tuvieron que apresurar su ritmo, cosa fácil dado que el camino adoptaba un suave perfil descendente, para no ser engullidos por aquella misteriosa niebla que derretía todo tipo de cultivos salvo la hierba de pasto. Pronto conseguirían dejarlas atrás.

No mucho tiempo después, de nuevo nuestros aventureros entraban en zonas de población rural dispersa, donde les llamó poderosamente la atención una casa en particular: concentraba en sus jardines gran cantidad de restos de construcciones de siglos pasados, así como viejos aperos de labor, conformando con todo ello curiosas esculturas, así como motivos decorativos de gran interés. Algún mecenas rural habitaba aquellos lares. Curioso, muy curioso.

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Frisaban las ocho de la mañana cuando la Comunidad alcanzó la aldea de San Pelayo de Buscás, donde se veneraba una antiquísima estatua del citado santo, cuya peculiar decoración, así como la de los capiteles, suscitó la extrañeza de nuestros aventureros.

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Y de sorpresa en sorpresa. Más adelante, en Poulo, hallaban la casa donde el viejo rey don Felipe II había pasado una noche en su camino hacia el puerto de la ciudad de Crunia, donde partiría hacia las lejanas islas de Albión. Pero más llamativa aún resultaba la placa que recordaba tal hecho.

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No mucho tiempo después, el Camino del Rey abandonaba las zonas habitadas y se internaba de nuevo en las florestas. En cierto sentido resultaba de agradecer para los caminantes, pues pese a que la mañana había sido fría, poco a poco el calor se empezaba de nuevo a adueñar de la situación. En una vieja fuentes, junto a unas casas, los héroes del Anillo aprovechaban para repostar agua, que sería de gran ayuda para superar acaso el único repecho del día.
Superado éste, nuestros caminantes tuvieron que detenerse para hacer algunas curas en los pies; la abundancia de camino de nuevo cuño, con su dura superficie, se dejaba notar. Más adelante, una vez el Camino del Rey hubo cruzado bajo el nuevo Camino Negro, el acuciante calor obligaba a nuestros héroes a hacer una nueva parada. El lugar escogido, un agradable pinar, tuvo que ser desechado cuando las pulgas, perseguidas por enormes arañas, empezaron a corretear sobre los aislantes que conformaban una superficie agradable sobre la que reposar. El campamento tuvo que ser rápidamente desplazado a mitad del camino.

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Tras un rato de descanso y en el que se consumieron las vituallas de viaje, los caminantes se pusieron de nuevo en marcha. Tras un recodo del camino, llegaron a la parte más agobiante del camino, tal y como les había advertido Beningo: una pista, perfectamente recta, tan sólo quebrada por la ondulación del terreno, que se extendía junto a una conducción de aceite de roca, y cuya dureza no consistía en las leves subidas y bajadas, sino en que sus seis kilómetros de exasperante rectitud minaban la resistencia mental de los que se enfrentaban a ella, ya que parecía no terminar jamás. Además la ausencia de sombras y el sol que pegaba de plano contribuían a hacer asfixiante la atmósfera de desolación que imbuía al camino.

Y sin embargo, el camino llegó a su fin. La Comunidad entró a Siweiro cruzando un pequeño puente de madera sobre el río Tambre, en el que nuestros héroes pararon a reponer fuerzas, dejarse refrescar por la vegetación que rodeaba al río, y olvidar la desolada pista. Era la una menos cuarto. La etapa había pasado volando.

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A la entrada del pueblo, la Comunidad se encontró con un miembro de la seguridad del pueblo (Protección Civil), que les condujo en su carromato todoterreno hasta el pabellón de deportes del pueblo, donde habrían de pasar la noche. Posteriormente les enseñó el pueblo, en especial un claro del bosque junto al río Tambre, en el que, si así lo deseaban, podrían descansar a la sombra y bañarse en una agradable playa fluvial.

De vuelta al pabellón, los miembros de la Comunidad se ducharon y curaron sus heridas antes de ir a comer a una taberna del pueblo. A la vuelta, les esperaba una sorpresa: no iban a estar solos en el pabellón: un joven del pueblo iba a pasar allí unas cuantas noches. Su sospechoso aspecto les hizo estar sobre aviso, pensando que pudiera ser un Nâzgul disfrazado, e hizo que la Comunidad se planteara hacer la parada en Siweiro lo más breve posible. El emprender el camino esa misma tarde se hacía un poco cuesta arriba, pues el cansancio acumulado era considerable, por lo que la posibilidad de emprender una etapa completamente nocturna iba empezando a cobrar forma. Además, el hecho de que el pabellón iba a estar en uso hasta altas horas de la noche suponía otro grave inconveniente.

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Sin embargo, la puntilla a la situación la proporcionó la llegada al pabellón de un numeroso grupo de viajeros procedentes de la Marca Hispánica. Un grupo de 15 mozalbetes, acompañados de 5 tutores, hicieron su llegada a media tarde. Benigno había hablado de ellos a nuestros amigos, pero se suponía que iban a pasar aquel día en la posada de Bruma. Tras hablar con uno de los tutores, se desveló el misterio: tras haber llegado a Bruma, habían sometido a votación el quedarse allí o continuar, y los nenes habían decidido bajar hasta Siweiro, así que se montaron en su transporte y habían dejado los equipajes en un carromato que mas tarde los transportaría hasta Siweiro.
Los monitores se mostraban, con razón, descontentos: no era lo mismo dormir aquella noche en una buena posada que en aquel pabellón, pero la democracia era la democracia. Muertos de risa por dentro (“¿A quién se le ocurre hacerle caso a los nenes, que lo que quieren es llegar a un pueblo grande para ir de cachondeo?”), los miembros de la Comunidad se compadecieron de los responsables de aquella horda de larvas de yuppie. Y es que así le luce el pelo a la Marca Hispánica: mucha burguesía acomodada haciéndose pasar por superguay y superalternativa, y que dejan a la decisión popular cosas que no se pueden dejar, y luego tienen que tragar carros y carretas. En fin; al menos en ese caso, en el pecado llevaban la penitencia.

La decisión estaba clara: saldrían al día siguiente a las cuatro de la mañana. E irían por el Camino Negro, ya que el viejo Camino Real se encontraba bajo éste, y la alternativa, para evitar circular por esta congestionada vía, sugerida por las autoridades no hacía más que dar vueltas y revueltas sobre el Camino Negro. Además, se acortaba la etapa hasta los 12 kilómetros.

Pero al caer la noche, negros presagios en forma de nubes de tormenta encapotaron el cielo sobre Siweiro. Además, un frío viento que olía fuertemente a humedad empezó a azotar el pabellón. Todo hacía prever que la llegada al Monte del Granito iba a estar acompañada de frío, viento y lluvia.

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