Para un cordobés, pasear por nuestra campiña es caminar sobre los ecos de la guerra civil más cruenta de la Antigüedad. Este año se conmemora el 2070 aniversario de la toma de Ategua (19 de febrero del 45 a.C.) por parte de las legiones de Julio César. No fue un asedio más; fue el nudo gordiano que, una vez desatado por el genio militar del Pontífice Máximo, precipitó el final de la resistencia pompeyana en Hispania y consolidó el camino hacia el Imperio.

El contexto: Una provincia en llamas
La llegada de César a la Bética en el 46 a.C. no fue casual. Tras su victoria en África, los hijos de Pompeyo el Grande (Cneo y Sexto) habían logrado aglutinar un ejército formidable en el sur de la Península. La provincia estaba sumida en el caos, en gran parte debido a la nefasta gestión previa de Quinto Casio Longino.
Longino, gobernador de la Ulterior bajo mandato cesariano, se ganó el odio de las élites locales por su rapacidad y soberbia. El descontento fue tal que sufrió un grave atentado en Corduba mientras se dirigía a la basílica de la ciudad. Este clima de inestabilidad fue el caldo de cultivo perfecto para que las ciudades béticas, tradicionalmente clientelas de Pompeyo, se levantaran en armas contra el legado de César, obligando a este último a intervenir personalmente en una campaña relámpago.

De Corduba a Ategua: El movimiento estratégico
Al llegar, César puso sitio a Corduba, la joya del Betis y bastión de Sexto Pompeyo. Sin embargo, las defensas de la ciudad y la presencia del ejército de Cneo Pompeyo hijo en las cercanías hacían del asalto directo una empresa costosa. Fiel a su estilo de «guerra de movimientos», César decidió golpear donde más dolía: el suministro y el prestigio.

César levantó el sitio de la capital y se dirigió a Ategua, una ciudad fortificada situada en una elevación estratégica que servía de granero y punto de control para los pompeyanos. Al asediar Ategua en pleno invierno, César forzó a Cneo Pompeyo hijo a salir de sus posiciones seguras para intentar auxiliar la plaza. Fue un duelo de ingeniería y resistencia bajo el frío y el barro de la campiña cordobesa.
El asedio técnico: La caída del «Firmissimum Praesidium»
Para comprender la magnitud de lo que ocurrió en Ategua, debemos acudir a la crónica del Bellum Hispaniense y a las precisiones topográficas de investigadores como C. Pemán. Ategua no era un objetivo secundario; era el firmissimum praesidium de los pompeyanos, un bastión inexpugnable que servía de granero estratégico para toda la Bética. César, en un movimiento de genio militar, abandonó el asedio directo de Corduba para dirigirse a esta plaza en pleno invierno, bajo condiciones climáticas atroces de frío y lluvia persistente.
La ingeniería del cerco: La «Circumvallatio»
César no buscaba un asalto frontal suicida. Fiel a su doctrina de asedio, inició una circumvallatio: una red de fortificaciones y campamentos que rodeaban completamente la ciudad para asfixiarla. Entre estos puntos destacó el denominado Castra Postumiana, un campamento situado en una eminencia estratégica que permitía vigilar tanto la ciudad como los movimientos de auxilio de Pompeyo.

La respuesta de Cneo Pompeyo fue desesperada. Intentó hostigar a la retaguardia cesariana en las «angustiae» (desfiladeros) del río Guadajoz, pero tras ser repelido, se vio obligado a establecer su campamento entre Ategua y Ucubi (probablemente la actual Espejo), con el río Salsum (el río Salado) separando las posiciones de ambos ejércitos. El asedio se convirtió entonces en un duelo de máquinas de guerra: torres de madera, arietes y proyectiles que hoy todavía afloran en el yacimiento en forma de balas de honda y puntas de flecha.
El horror intramuros y la caída final
La crónica nos narra episodios de una crueldad psicológica extrema. Pompeyo, incapaz de romper el cerco, enviaba mensajes a los sitiados instándoles a resistir, pero la falta de suministros y la presión de las máquinas de César minaron la moral de la ciudad. El Bellum Hispaniense relata que los pompeyanos, en un acto de barbarie, ejecutaron a ciudadanos y familias enteras sospechosas de querer rendir la plaza al César.
Resistencia y tragedia: El papel de Aulo Annio Escápula
Dentro de los muros de Ategua, la tensión era insoportable. Destaca la figura de Aulo Annio Escápula, un influyente caballero cordobés y ferviente pompeyano que lideró la resistencia interna. Según las crónicas (como el Bellum Hispaniense), la crueldad dentro de la ciudad sitiada alcanzó cotas estremecedoras cuando los pompeyanos ejecutaron a los ciudadanos sospechosos de simpatizar con César.
Finalmente, ante la imposibilidad de recibir socorro y la superioridad técnica de las máquinas de asedio cesarianas, la ciudad se rindió el 19 de febrero. Escápula, consciente de que no habría clemencia para él tras su tenaz oposición, protagonizó un final dramático: tras ofrecer un último banquete a sus allegados, ordenó que se prendiera fuego a su pira funeraria y se suicidó, prefiriendo la muerte a ver el triunfo del César.
El fin de la contienda: El destino de Corduba
La caída de Ategua fue el principio del fin. Poco después, en la llanura de Munda, César aniquilaría definitivamente al ejército pompeyano. El epílogo para nuestra ciudad fue amargo: Corduba fue asaltada y arrasada por las tropas cesarianas. Cerca de 22.000 personas perdieron la vida en el asalto, una cifra que refleja la dureza de una guerra civil que no entendía de fronteras familiares. César, aunque severo, buscaba la pacificación definitiva de una provincia que consideraba vital para Roma.

Ategua hoy: Un gigante dormido
El destino de Ategua tras la guerra civil fue un lento declinar hacia el silencio. Aunque se mantuvo como una ciudad de cierta importancia en época imperial —llegando a contar con un anfiteatro construido en el primer tercio del siglo I d.C.—, la ciudad fue perdiendo población hasta ser abandonada progresivamente a partir del siglo II. Durante la época islámica, se la conoció como la alquería de Ataba, pero para el siglo XII los cronistas ya la describían como un lugar desierto.
Como se puede apreciar en este vuelo de dron, el actual Yacimiento Arqueológico de Ategua (ubicado en la barriada de Santa Cruz) nos muestra la imponente acrópolis que domina el paisaje. A pesar de los siglos, todavía se distinguen las estructuras que desafiaron a César.
Hoy, gracias a la arqueología moderna y a las campañas de excavación más recientes (como la de diciembre de 2024), el gigante dormido está despertando.

Los restos actuales, visibles en la impresionante acrópolis cerca de Santa Cruz, nos revelan una ciudad mucho más compleja de lo que imaginábamos:
- Complejo religioso: Se ha identificado una zona de culto de la etapa republicana.
- Anfiteatro: El reciente hallazgo de este edificio de espectáculos subraya la importancia que tuvo la ciudad en la transición hacia el Alto Imperio.
- Urbanismo: Se conservan domus con pavimentos de opus signinum y sofisticados sistemas de cisternas para la recogida de agua, vitales durante los largos meses de asedio.
- La muralla: Los restos de los lienzos que protegían la ciudad.
- Las termas y el foro: Huellas de la romanización que siguió a la conquista.

Para nosotros, los cordobeses, Ategua no es solo un yacimiento; es el recordatorio físico del día en que el destino de Roma se decidió en los cerros de nuestra campiña. Como muestra el video en dron, su silueta sigue dominando el paisaje, guardando bajo la tierra los secretos de aquellos que, hace 2050 años, se atrevieron a desafiar al César. Visitar Ategua es una obligación para todo aquel que quiera entender por qué César cruzó el Rubicón. Aquí, entre los olivos y la tierra rojiza de Córdoba, se decidió que Roma dejaría de ser una ciudad para convertirse en el mundo.
Mis visitas a Ategua
La primera vez que visité Ategua fue a principios del siglo XXI, entre 2001 y 2003, no recuerdo la fecha exacta, pero sí el acontecimiento: me había apuntado a un simposio de Historia Romana que me daba algunos créditos de libre configuración en la Universidad, y que trataba del final de la República y la Guerra Civil en la zona de la Campiña cordobesa. Y como parte de ese simposio se incluía la visita a Ategua. La visita me fascinó y me entristeció a partes iguales. Me fascinó por el estupendo contexto histórico del yacimiento, pero me entristeció por el estado de abandono del mismo.

La segunda vez fue en 2015. De esta visita sí que tengo el detalle exacto: el 28 de febrero de 2015, Día de Andalucía. Mi padre y yo recorrimos en bicicleta de montaña el camino que une Córdoba capital con Ategua, recorriendo la vereda de Granada, que fue exactamente el recorrido que realizó Julio César cuando dejó atras el sitio de Corduba para someter a asedio Ategua. Es un camino viejo, muy viejo, anterior a la misma Granada, y quién sabe si incluso a Córdoba. Un camino que tienes que ascender, primero, desde el río Guadalquivir, y que se hace cruzando el Puente Romano. Posteriormente, una vez que llegas a lo alto de las terrazas del Guadalquivir, sube y baja por la Campiña, entre campos de cereal, olivos, y pasando por viejos cortijos que a buen seguro esconden secretos de épocas pretéritas. Ese día el viento agitaba el cereal, y dibujaba ondas en el mismo. Parecía un mar embravecido.
Llegamos a Ategua a la una menos cuarto, y nos quedamos con las ganas de entrar en Ategua. Un cercado impedía el paso, y nos tuvimos que limitar a ver el yacimiento desde fuera, y contemplar las canteras a lo lejos. La parte buena del asunto es que pudimos ver, en el camino, algunos restos, un pozo y un viejo puente romano, ambos recién restaurados. Y como se nos iba a hacer tarde para la vuelta, llamamos a Ana y a mi madre para que se unieran a nosotros en Santa Cruz, donde almorzamos estupendamente.
La tercera vez fue el día de año nuevo de 2025. Como en la vez anterior, no pudimos pasar de la verja, pero esta vez iba equipado con mi pequeño DJI Mini 3 Pro, que me permitió tomar algunos planos estupendos del lugar.
Esta tercera visita no cambió la impresión que ya tuve en la primera visita a Ategua, más de 20 años antes, esa mezcla de fascinación y tristeza. Y exactamente por las mismas razones: tanto potencial desaprovechado. Tanta historia, tanta riqueza, abandonadas en la Campiña. Y no pude menos que pensar que, más de 2000 años después, algunos lugares están atados a su historia. En este caso, una historia de destrucción y abandono. Pero una historia, pese a todo, apasionante.