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27 sep 12 Etapa ciclista: Cardeña – Fuencaliente – Azuel (15/09/2012)

El sábado 15 de septiembre volví a hacer con mis amigos de Córdoba una de las etapas aerotransportadas que tanto son de mi gusto. En este caso, se trataba de volver a la zona de Cardeña, en la que ya he rodado en otras ocasiones. Pero esta vez había planeado una variación interesante: una etapa ralillera que nos habría de llevar, por la zona oeste del Parque Natural, hasta el pueblo de Fuencaliente, ya en la provincia de Ciudad Real. Cuatro fuimos los elegidos para la gloria: Jose, Javi Aljama, Mané y yo.

Para ello, nos desplazamos a Cardeña en dos coches, haciendo uso de mi portabicis, que tan buenos servicios me ha dado en los viajes a Galicia. Pero como a uno ya empiezan a fallarle las neuronas, me olvidé en Sevilla de coger los anclajes y cinchas de seguridad del portabicis, por lo que, a las 7:30h, hora a la que habíamos quedado para cargar los coches y subir a Cardeña, nos encontrábamos atando las bicis con cuerdas al dichoso portabicis, y rezando por que los nudos que estábamos haciendo aguantaran los 80 kilómetros de carretera que teníamos hasta Cardeña. Y hay que decir que aguantaron. Pero no había sido ese mi único olvido.

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Había olvidado también mi casco ciclista, y el de repuesto que tenía en Córdoba había desaparecido. No me quedó más remedio que tirar de mi viejo medio huevo de cuando tenía 14 años, y empezaba en esto de dar pedales.

Llegamos a Cardeña a las 9:15h, con muy poco retraso sobre el horario previsto, pero un pinchazo en la bici de Javi, aún antes de empezar la etapa. Entre eso y que Javi no había desayunado, decidimos tirar la casa por la ventana, tomar un buen desayuno en la plaza del pueblo, y empezar a dar pedales con algo sólido en el estómago. Por ello, entre unas cosas y otras, acabamos empezando la etapa a las 9:50h, con casi una hora de retraso sobre el horario previsto. Salimos de Cardeña por la Vereda de Cardeña a Conquista, prácticamente en paralelo a la carretera de Villanueva. La zona tenía un paisaje de dehesa típico de la zona, aunque el camino estaba plagado de pequeñas trampas de arena. Nada especialmente complicado, comparado con las existentes en la zona de Aznalcázar, pero a las que mis compañeros no estaban acostumbrados. Estábamos haciendo una etapa plenamente ralillera y lo estaba disfrutando como un enano. Pronto dejamos la vereda de Conquista para tomar el Cordel de Villanueva, que se aproximó aún más a la carretera. Pronto llegamos a un cruce de caminos, con una indicación hacia Azuel. En un momento interpreté mal el GPS, y seguimos por el Cordel de Villanueva, pero pronto salimos del error, y tomamos la pista correcta, la indicada en dirección a Azuel.

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El paisaje continuó con la misma dinámica: dehesa entre muros de piedra, pero con contínuas subidas y bajadas. Un trazado rompepiernas que empezaba a afectar a mis compañeros, pero en el que me sentía en plena forma. Fuimos pasando por diversas fincas, hasta llegar a un cruce llamativo, el de la finca Matapuercas. A partir de este punto iniciamos una bajada breve pero trepidante hasta la carretera de Conquista. Momentos antes de la bajada tuvimos que hacer una pequeña parada técnica: la horquilla de mi bici perdía aceite por la parte superior. podía ser un problema de retenes o de ajuste del cierre telescópico. Apretamos el ajuste con una llave allen, con lo que dejó de tirar tanto aceite, pero aun así, siguió teniendo fugas el resto de la etapa. Ya iban dos problemas mecánicos en apenas 14 kilómetros de etapa.

Una vez llegamos a la carretera giramos a la izquierda, en dirección Conquista. Teníamos que avanzar cosa de 1400 metros para después tomar un desvío a mano derecha, en dirección a Fuencaliente. Sin embargo, avanzando por la carretera, no vimos desvío alguno, salvo una gran cancela metálica de una finca. Avanzamos algo más por la carretera, pero estaba claro que nos habíamos pasado el desvío. Volvimos sobre nuestros pasos, y confirmamos que esa cancela era la entrada del camino que teníamos que tomar. Además, al encontrarse abierta, supusimos que el paso era libre. Libre pero peligroso, ya que pudimos ver manadas de toros bravos a ambos lados del camino que se iniciaba tras la cancela.

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Atravesamos la cancela y preguntamos en una casa cercana a la entrada. Allí amablemente nos indicaron que no había problema de paso, y que tan sólo teníamos que tener cuidad de dejar cerradas las verjas que nos encontráramos al pasar, para evitar que el ganado se dispersara. Así, tranquilizados, continuamos por nuestro camino, que luego averiguamos que se llamaba el camino de la Loma de Villanueva, y que estaba señalizado como sendero PR, con sus marcas blancas y amarillas.

Seguimos avanzando por la pista, que en un momento determinado se transformó en una exigente subida, no tanto por el perfil, sino por la cantidad de cantos rodados que dificultaban el mantener el equilibrio. Pero así, a lo tonto, a lo tonto, acabamos entrando en Ciudad Real, contemplando al fondo los impresionantes picos que nos separaban de Fuencaliente.

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Tras un rato de rodaje, la pista acabó desembocando en una carretera que conducía directamente a Fuencaliente, ascendiendo por un estrecho valle entre dos grupos montañosos impresionantes. Iba a ser la primera subida realmente exigente que íbamos a tener en el día, y por suerte íbamos a poder hacerla por asfalto. Para mi sorpresa nos encontramos con bastante tránsito en la zona, tanto de paseantes como de vehículos, y es que parece ser que en la zona hay algún tipo de establecimiento rural o similar, pero eso es algo que quedaría para otra ocasión.

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Ascendimos, pues, el kilómetro y medio de carretera que nos llevó hasta la cota máxima de la jornada, a 807 m. de altitud, por una carretera con rampas del 10%. Fue en este punto cuando Mané fue visitado por el tío del mazo, empezando a sentirse realmente mal. Un mal sitio para ello, ya que estábamos en el punto más alejado de la etapa. Hicimos un rápido descenso de otro kilómetro y medio hasta Fuencaliente, donde realizamos una parada, en el mirador del pueblo, para comer algo y reponer fuerzas, antes de retomar la marcha. La zona nos enamoró, tanto por su belleza natural como por las enormes posibilidades que ofrece para el ciclismo de montaña. Apenas pasaba el mediodía cuando llegamos al pueblo.

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Reanudamos la marcha pasadas las 12:30h, saliendo de una manera bastante abrupta del puedo, dejándonos caer por unas escaleras hasta el hogar del pensionista, y luego descendiendo por el trazado de la vieja carretera hasta la N-420. Apenas 1300 metros después la abandonamos, por un camino que surgía a nuestra derecha. Iba a empezar el tramo duro del día. Contínuas subidas y bajadas por fincas alejadas de cualquier rastro de vida humana, en el momento de más calor de toda la jornada. Ascendimos por el Camino de las Mestas, pero al llegar a las cercanías del derruido cortijo de los Doblares, equivoqué la lectura del GPS, y nos dirigimos en dirección sur, en vez de en dirección norte. Por suerte nos percatamos pronto del error, y un lugareño nos indicó que el camino que seguíamos (y nos habíamos planteado seguir) moría dos kilómetros más adelante, sin posibilidad sencilla de salir a una zona ciclable. Volvimos sobre nuestros pasos, y tomamos la senda adecuada.

Continuamos en dirección norte hasta las cercanías del cortijo de la Herrumbrosa, y allí giramos hacia el sur, por el Camino de los Rodeos. Irónicamente nos encontrábamos muy cerca del camino de Villanueva, que apenas unas horas antes habíamos seguido hacia Fuencaliente. Pero esta vez tocaba ir en dirección sur. Descendimos un valle, que nos llevó hasta el nacimiento del arroyo de los Términos, frontera natural entre Ciudad Real y Córdoba. Y pese a que toda la zona se encontraba particularmente seca por las prácticamente nulas lluvias caídas desde el invierno, esta zona conservaba algunos pastos verdes y algo de vegetación de ribera. Eso nos dio una idea de lo que podría ser la zona de ser visitada en invierno o en una primavera lluviosa: sin duda, algo excepcional.

Pero como decía, habíamos tenido que descender al valle. Y como todo descenso que se precie, nos tocaba ascender por el lado contrario. Una subida que a esas alturas se nos empezaba a atragantar, sobre todo por lo que nos encontramos a media subida: una manada de toros, con sus vacas y sus terneras, plantadas en mitad del camino. Y que ni se apartaban ni dejaban de mirarnos. No nos quedó más remedio que armarnos de valor y circular junto a ellas con la mayor tranquilidad del mundo. Porque pocas cosas hay más peligrosas en el campo que una vaca recién parida que crea que amenazas a su ternera. Afortunadamente, cruzamos sin mayor percance.

Poco después del encuentro con las vacas llegamos al cortijo de Pedro de la Huerta, que se hallaba bastante rehabilitado (a diferencia de otros encontrados en la zona), y en el que encontramos una edificación que no pudo menos que llamarme la atención:

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No tengo una explicación para lo que pudo servir esa estructura, pero si alguien lo sabe, le agradecería mucho que me lo aclarara. Parecía una especie de almacén, pero con una puerta de entrada sumamente baja. Tal vez fuera un corral para animales, o alguna especie de fresquera. Allí nos volvimos a agrupar, pues había seguido tirando demasiado fuerte, y había dejado atrás a mis compañeros. A esa hora recibí una llamada de Ana. Se encontraba ya en Cardeña, a donde se suponía que nosotros tendríamos que estar a punto de llegar. Sin embargo, estábamos al menos a una hora de camino de allí. Al ver las equivocaciones y el retraso que íbamos acumulando, había intentado comunicar con ella para hacer que saliera de Córdoba más tarde, pero no tuve suerte, al haber poca cobertura, y ya haber salido de Córdoba cuando por fin conseguí llamar. A la pobre no le quedaba otra que esperar un rato.

Desde el cortijo de Pedro de la Huerta apenas había 1500 metros de distancia hasta la carretera de Conquista. Llegamos justo a la zona en donde habíamos desembocado a la ida. Pero esta vez giramos en dirección este, hacia Azuel. Nuestra idea original era llegar hasta Azuel y allí tomar el cordel de Cardeña a Fuencaliente, y volver por él hasta Cardeña. Sin embargo, pasaban ya de las dos de la tarde, y apenas teníamos agua. Avanzamos a todo ritmo hacia Azuel, y nos detuvimos en el desvío, para decidir qué hacer. A ninguno nos quedaba agua, y teníamos que hacer la que era la segunda subida más dura del día, y llevábamos acumulados 52 kms. de etapa en las piernas. Las alternativas eran, por tanto, hacer la subida del Cordel sin agua y volver directamente a Cardeña, o bajar hasta Azuel, reabastecernos de agua, y volver por carretera. Por una vez actuamos con sentido común y escogimos esta última opción.

Por desgracia, no encontramos fuente alguna en Azuel donde poder saciar nuestra sed, aunque por fortuna encontramos un bar abierto, donde dimos buena cuenta de las reservas de Acuarius de las que disponían, y donde amablemente nos llenaron los camelback. Sin embargo, cometimos el error de refrescarnos la cabeza con el agua de la fuente ornamental de la plaza donde estaba el bar. Era agua de circuito cerrado y parecía llevar allí meses, con un sospechoso olor a poza estancada. Por suerte, fui el que menos se refrescó con ella, con lo que la cosa se saldó con un mero picor en el cuero cabelludo y un escozor en los ojos.

Salimos de Azuel a las 14:45h, por la N-420. A sugerencia de Mané y los demás, me adelanté todo lo que pude para llegar lo antes posible a Cardeña, y coger mesa en el restaurante donde íbamos a comer, no fuera a ser que cerraran la cocina. Así pues, me puse a tirar con todo en los siete kilómetros que nos separaban de Cardeña. Los tres primeros kilómetros, de subida contínua, se me hicieron bastante duros, pero pude mantener una media de 13 km/h, lo que a esas alturas de la fiesta no estaba nada mal. A partir de ahí, tuve un par de kilómetros de falso llano hasta el desvío de Cardeña, donde puse toda la carne en el asador, alcanzando los 35 km/h, para finalmente entrar en Cardeña por su parte norte, por donde habíamos salido a mñas de cuatro horas antes. Llegué a la plaza del pueblo, donde Ana nos esperaba tomando una cerveza, a las 15:07h. Javi llegó 3 minutos después, y cinco más tarde lo hizo Jose. Mané, que pese a todo había aguantado la visita del tío del mazo como un auténtico héroe, llegó 10 minutos después.

Mientras tanto, Ana y yo habíamos conseguido mesa para comer. Nos pegamos un excelente homenaje a base de salmorejo, flamenquines, lomo de corzo al jerez y presa ibérica, aparte de disfrutar de unos excelentes postres caseros y uns magníficos cafés. Eso, y tres jarras de agua y dos de vargas. Y es que el calor del día nos había dejado achicharrados, como pudimos contemplar esa misma tarde.

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Pero pese a todo, fue una impresionante etapa que abrió una nueva planificación para el club: hacer al menos una vez al mes una etapa aerotransportada. ¿Cuál será la próxima? Probablemente Zuheros.

Los datos de la etapa son los siguientes:

  • Distancia: 62’02 km
  • Distancia (según el GPS): 60’5 km.
  • Tiempo de etapa: 3h 36m 40s
  • Tiempo desde el inicio de la etapa: 5h 13m 20s
  • Velocidad media: 17’17 km/h
  • Velocidad máxima: 53’70 km/h
  • Pulsaciones medias: 140 pulsaciones/min
  • Pulsaciones máximas: 182 pulsaciones/min
  • Consumo medio de calorías: 1000 kcal/h
  • Consumo máximo de calorías: 1400 kcal/h
  • Tiempo en zonas de pulsaciones: 3h 44m 31s
  • Consumo total de calorías: 5226 kcal
  • Índice IBP de dificultad: 101BB

Y aquí está el enlace al recorrido de la etapa: Cardeña – Fuencaliente – Azuel

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24 jun 09 Planificación de etapa a Cardeña (07/09/2002)

Nota: Esta va a ser la primera entrada recuperada en el ámbito de “Are you from the past?“. Por lo demás, no ha sufrido ningún cambio con respecto a cuendo fue publicada, salvo la corrección de los enlaces correspondientes a las imágenes mostradas que, por lo demás, son las mismas.

(Esta etapa aún no se ha realizado. Sin embargo, está ya por entero planificada. La crónica que aparece a continuación es la del viaje previo que hice en coche por el trazado a seguir. Por ello considero que merece ser incluido en la sección, ya que es sumamente detallado.)
Córdoba, 7 de Septiembre de 2.002.

Poneos en situación: sábado, 7 de septiembre, un poco antes de las diez de la mañana. Un chalet adosado en una zona residencial de Córdoba. Blanco, tejas rojas, con jardín pequeñito delante.

Fijaos en la fachada. A la izquierda, en la planta superior, se ve una ventana con una cortina de láminas de color rojo. Introducios a través de ella. En un sofá-cama, hay un joven durmiendo. Un radio-despertador lleva ya un largo rato vertiendo el vitriólico contenido de las ondas en la habitación. Fernando Delgado, para ser exactos, aunque no venga a cuento.

Y, de repente, el joven abre los ojos. Se queda mirando el techo de la habitación durante unos momentos y, acto seguido, se levanta. Apaga la radio, se quita el pantalón corto de dormir, se muda de ropa interior, se introduce en unos vaqueros y una camiseta gris claro, uno de los últimos vestigios de un foro de empleo, y se calza unas zapatillas de deporte.

Entra en el cuarto de baño, se refresca la cara y, a continuación, vuelve a su habitación. De ella recoge las hojas del servicio geográfico del ejercito correspondientes a Montoro, Bujalance y Cardeña, unas gafas de sol, la cámara de fotos, documentación, móvil, llaves y un bolígrafo. Busca por un breve espacio de tiempo un cuaderno de notas y, al no encontrar ninguno, agarra una vieja agenda con sección para notas. Y, con un gesto de determinación pintado en el rostro, abandona la casa y se introduce en su coche.

Lo habéis adivinado. Ese soy yo.

Acaban de pasar las diez de la mañana, y estoy montado en mi coche camino de Adamuz. Cuando me he despertado, he sentido el irresistible, poderoso y definitivo impulso de comprobar el estado de la carretera Villafranca-Adamuz.

Sé que, dicho así, es una locura. Tal vez la explicación que voy a dar en las siguientes líneas no haga que cambiéis de opinión, pero al menos dejadme intentarlo. Llevo algún tiempo planificando una salida ciclista: Córdoba-Cardeña. Y uno de los posibles recorridos pasa por dicha carretera; carretera que no conozco nada más que sobre una carta, y en un perfil trazado con un programa informático. Y me gusta conocer con exactitud aquello que voy a recorrer en bici, para luego no llevarme sustos. Ése es el motivo. Creo que la cosa no mejora.

Son las diez y diez, y estoy en estos momentos en la glorieta de Carlos III. La cinta de Mikel Erentxun acaba de terminar de rebobinarse en el radiocasete del coche. Es una cinta de 60′. Me ayudará a medir el tiempo que voy a pasar en la carretera. Subo la joroba de Asland y tomo la ronda este. Abandono ésta en la salida hacia la antigua nacional IV, y viajo por ella en sentido Alcolea. Hay muy poco tráfico. Una mañana tranquila.

Al cabo de un rato llego hasta el desvío hacia el pantano de San Rafael de Navallana. Debo cogerlo, para, posteriormente, tomar la antigua carretera de Villafranca. La carretera del parque acuático. Y atomáticamente empiezo a tomar nota mental del trazado.

En puridad, aún no es necesario. Conozco esta carretera de las veces que he ido a El Carpio en bici, y de las veces que he ido al parque acuático. Pero aun así, tengo que hacerlo. Ésta es una carretera que va por las estribaciones de Sierra Morena. Este hecho marca de manera trascendental su trazado y sus características. Es un auténtico sube y baja, una “etapa pestosa”, como dicen los ciclistas profesionales. Por otro lado, el asfalto no está en demasiadas buenas condiciones. Asfalto viejo, fino, de ese que, cuando vas en bici, con gotas de sudor como puños cayendo por tu frente, te deslumbra cuando miras hacia delante, porque refleja el sol como si fuera un espejo. Y hace que maldigas el momento en que alguien te regaló tu primera bici.

Pero esta vez voy en coche.

Hay muy poco trafico, y eso me gusta. ¿Quién iba a querer tomar esta carretera, teniendo la autovía que te lleva a Villafranca en menos tiempo y con menos sustos? Lo que sí que hay son muchos ciclistas. Y eso me gusta. Hay un tramo intermedio en que la carretera mejora. Más amplia, dos carriles, asfalto contemporáneo. Ese tramo lo arreglaron hace ya algunos años. Pero al poco, de vuelta a lo mismo. Apenas me he cruzado con dos coches, un Volkswagen Golf blanco, y un Mercedes oscuro, al que un grupo de ciclistas hizo detenerse cuando iba a adelantarlos, porque yo venía de frente. Aquí los que mandan son los ciclistas.

Un poco antes de llegar al parque acuático se acaba el sube y baja, y la carretera se vuelve llana y recta. Incluso el asfalto mejora. Y un poco antes de llegar a Villafranca, la carretera torna a un suave y progresivo descenso. He llegado a Villafranca. Según la carta del ejercito, debo rodear el pueblo para tomar la carretera que conduce a Adamuz. Pero, antes de ello, me detengo en la gasolinera que hay a la salida del pueblo. Llevo algo menos de un cuarto de deposito de gasolina, y no quiero llevarme sustos. Le echo diez euros, lo que hace que la aguja indicadora llegue hasta el nivel de medio deposito. Hay una pareja alemana (lo sé por la matricula de la furgoneta) lavando su vehículo en la gasolinera. La teutona, rubia, delgada, joven y con aspecto cansado, me sonríe. Le devuelvo la sonrisa y me vuelvo a introducir en el coche. Y sigo el indicador que señala hacia Adamuz.

Al poco salgo de Villafranca. La carretera se ve en bastantes buenas condiciones. Asfalto nuevo, líneas aún bien marcadas. Y una carretera recta, muy recta, que apenas va describiendo una suave curva hacia la izquierda.Y, poco a poco, la carretera va haciéndose más y más empinada. Iquietantemente empinada. Varios carteles indicando obras y presupuestos de la Junta de Andalucía distraen mi atención de la carretera. El paisaje circundante se ve bonito, pinares, y vegetación mediterránea. Hay varios ciclistas ascendiendo penosamente por la carretera. Me cruzo con una cabeza de camión tractora. Da la sensación de que vaya a perder el contacto de las ruedas traseras con el asfalto, y caer de morro contra la carretera. La pendiente sigue picando hacia arriba, poniendo en aprietos a la mecánica de mi Ford Fiesta. Y, de repente, me encuentro con una señal que me advierte que en los próximos kilómetros estaré sometido a unas pendientes del 10%.

Sin embargo, hay algo que no encuentro. Pablo me había comentado que la subida hacia Adamuz por la carretera de la sierra era muy grato a la vista. Pero ahí no había sierra ni había nada. La carretera transcurría de manera casi permanente entre los terraplenes de los montes que fueron desmontados para hacer el nuevo trazado de la carretera. Era indudable que Pablo había pasado por ahí antes de que se operara semejante cambio. Aunque hay algo que me motiva a seguir esta carretera, y no es sino la existencia de un búnker de la Guerra Civil. Al parecer, puede divisarse a la derecha del primer puente, en el tramo de bajada.

A los cinco kilómetros de salir de Villafranca, llegué a la cima de la carretera. Desde ahí me esperaba un descenso hasta Adamuz, y una nueva señal me advertía de la existencia de un descenso con pendientes del 10%. Pero, a mitad del descenso, las obras de la carretera, que aún no se encuentra terminada, obligaban a desviarse por lo que supongo se trataba del antiguo trazado de la carretera. Y digo supongo porque la mayor parte del tiempo se trataba de un pedregal arrasado por los camiones de gran tonelaje. En breves momentos parecía que se volvía a un primigenio asfalto, pero no puedo confirmarlo. Sin embargo, en ese trazado alternativo el paisaje era bastante agradable. Ahí me crucé con otro coche, un Peugeot 206. Al poco, y tras pasar bajo el puente en construcción de la nueva carretera, fui devuelto al nuevo trazado, que ya no abandoné, de nuevo en fuerte bajada, hasta Adamuz, justo en cuya entrada había un acusado ascenso. Me detuve un momento en una calle de entrada al pueblo. Ya había cumplido. Había llegado a donde me proponía. Ya podía volver. Pero caí en el error de preguntarme “Bueno, ya he llegado hasta aquí. Pero en fin, ya da lo mismo seguir hasta el camino de atajo que hay cerca de Montoro, ¿no?” Efectivamente, ya puestos, y habiendo llegado hasta Adamuz, me daba igual seguir un poco más. Así que consulté la carta de Montoro, en la que sale parcialmente el casco urbano de Adamuz y la entrada de la carretera proveniente de Villafranca.

Veo que la carretera que tengo que tomar es la que va hacia Villanueva de Córdoba. Sigo la indicación correspondiente, y al poco, tras pasar junto al cementerio del pueblo, desemboco en una calle que bordea un paseo. Le pregunto a un anciano que se encontraba paseando, y que me indica que debo ir hacia la izquierda, y al encontrar la correspondiente indicación, girar a la derecha. Dicho y hecho, tomo una calle que sale en pendiente ascendiente del pueblo. De nuevo, la carretera es bastante mala, muy parcheada y estrecha. Pero en ella el tráfico es nulo. Al kilómetro de salir del pueblo, tengo que tomar un desvío que lleva hacia Montoro, que es mi objetivo.

Aunque parezca imposible, la carretera estaba aún en más precarias condiciones. Más estrecha y con el firme de peor calidad. El desvío era a mano derecha sobre un puente, y emprendía un suave ascenso por la sierra. Al poco dejaba de ser suave, y el asfalto seguía empeorando. Un poco después, emprendíamos el descenso, y de nuevo la subida. De nuevo trazado “pestoso”. Pero, eso sí, ni un alma en los contornos. Y un paisaje precioso. Cultivo de olivares en la sierra. Un trazado muy sinuoso y en continuo descenso me llevó a un pequeño puente sobre un arroyo, que no tenía indicación de su nombre. De nuevo, una subida, cada vez mas pronunciada. Una de las señales que indicaban precaución para los que pudieran venir en sentido contrario, rezaba que había sido impresa en el año 1.976. El estado de esa señal y de sus compañeras lo confirmaba sin posibilidad alguna de error. Crucé otros dos arroyos y al poco subí una pronunciada pendiente, justo en cuya cima había un desvío a mano derecha que no había que seguir, por lo cual seguí de frente. Tras cruzar otros dos arroyos, y por un trazado igualmente sinuoso y de continuas subidas y bajadas, desemboqué en una carretera que se encontraba en mejor estado. Algo más ancha, y con un mejor asfalto. Giré a la derecha, y seguí mi camino.

Sin embargo, no era una nueva carretera. En realidad, era la misma, según pude comprobar por los mojones kilométricos y la carta del ejército. Sólo que giraba a la derecha justo cuando otra carretera se le incorporaba desde la izquierda. Justo en ese punto, había un pequeño grupo de casas, además de una tienda de comestibles. Los vecinos, que se encontraban de tertulia junto a la carretera, se me quedaron mirando, cual si mi paso por allí fuera un espectáculo. Qué bucólico y pastoril. Aunque lo que de verdad me llamó la atención fue el encontrar una parada de autobús por aquellos andurriales. Sorprendente.

A unos tres kilómetros de allí debía encontrarme con el puente sobre el río Arenoso. Tras un breve tramo recto y con suave pendiente descendiente, empezó un descenso más acusado y mucho más sinuoso. Tremendamente hermoso. Y, efectivamente, a los tres kilómetros llegué hasta el cauce del río. Aunque no sé por que lo llaman río. Yo más bien lo llamaría “Cauce Arenoso”. O “Pedregal Arenoso”. Porque allí no había agua ni nada que se le pareciese. Eso sí, había un puente enorme, de (si no recuerdo mal) tres ojos. Así que me supongo que en invierno debe de ser algo digno de verse. Y, de nuevo, a subir. Aunque no tanto como me temía por el perfil trazado por ordenador. De todas maneras, estaba a punto de llegar al final de esta tramo del trayecto. A unos dos kilómetros y medio del puente sobre el río la carta señalaba el comienzo del camino que servía como atajo entre esta carretera, y la que nos debía conducir hasta Cardeña. La carta seguía siendo fiable. Apareció justo donde la carta indicaba, a la izquierda de la carretera. Pasé doscientos metros el camino, y me detuve en un tramo recto y llano, junto a un campo labrado. Y de nuevo la pregunta: “Si he llegado hasta aquí, ¿por qué no seguir un poco más?” Dos opciones, bajar hasta Montoro, o recorrer el camino, y volver hasta Montoro por la otra carretera. Eran ya las once pasadas de la mañana, ya había escuchado la cinta al completo y ésta había vuelto a empezar.

Y volví a caer. Di la vuelta, y tomé el camino. Un camino de tierra, que no permitía una velocidad superior a los 20 Km/h, y eso en sus mejores tramos. A ratos era un verdadero pedregal. Hubo momentos en que creí que se me iba a caer el tubo de escape, de los golpes que pegaba contra el chasis (bien es cierto que, desde la última vez que se lo cambiamos, no esta muy católico, pero en fin). En torno al kilómetro y medio, me crucé con un coche, un Peugeot 205 cuyo conductor se me quedó mirando con cara suspicaz. Y, al poco, me crucé con un convoy de 6 coches. Todos Volvos, Seat Toledo y Volkswagen. Nuevos, relucientes, con conductores y pasajeros jóvenes. Me llamó mucho la atención. Y aun más me llamo la atención un detalle: el copiloto del último coche era clavado a Antonio Jesús Pérez Polo, compañero de informática.

Un poco después, a los dos kilómetros desde el comienzo, llegué a un cruce, que ignoré. Seguí recto, y, a los dos kilómetros del cruce, y tras un breve descenso, llegué a la carretera que subía a Cardeña, junto a la que había una nave de una empresa de abonos y maquinaria agrícola. A la derecha, Montoro. A la izquierda y, en descenso, el camino hacia Cardeña. Y de nuevo la pregunta. Me sonreí, y pensé “Bueno, de perdidos al río.” Y giré a la izquierda.

En este caso, más que de perdidos al río, de perdidos al arroyo. Al arroyo Arenosillo, que me esperaba unos dos kilómetros y medio mas adelante. La carretera estaba en un estado similar a la de Villafranca. No muy bueno, pero tampoco demasiado malo, aunque el asfalto era de mejor calidad. El descenso era acusado, aunque sin llegar a ser excesivo. Y otra vez, en lugar de encontrarme con una corriente de agua, me encontré con otro pedregal. El pedregal Arenosillo. Y un puente de entidad que lo cruzaba. Curioso. Una suave pendiente de ascenso, y una bifurcación. La mía era la de la derecha, la más empinada. Aunque mucho menos de lo que cría y me temía. De hecho, era mucho más suave de lo que me esperaba. Asequible, diría. Y un muy buen paisaje. Pero un asfalto infame. Más que asfalto, parecía gravilla compactada. Y 35 kilómetros hasta Cardeña.

Al poco de tomar el desvío, me tope con un mojón kilométrico. Kilómetro 7. Hasta el kilómetro 20, la carretera, muy sinuosa, subía y bajaba de una manera sumamente suave o, como mucho, de manera moderada, dentro de una constante general de ascenso, obviamente. Sin embargo, no era demasiado duro. Mucho menos de lo esperado. Pero a partir de este kilómetro 20, y hasta el 24, el trazado se hizo algo más duro. Justo a la altura de este kilómetro 20, aparecieron los primeros carteles que avisaban de la llegada al Parque Natural de Montoro-Cardeña.

Entre el kilómetro 23 y el 24 no pude evitar el detener el coche dos veces. El paisaje que se ofrecía a mis pies, a la izquierda de la carretera, era espectacular. Una preciosa vista de la sierra se extendía ante mí. Saqué mi cámara y lancé tres fotos. Hasta la 35 del carrete. Y continué. De nuevo pasado el kilómetro 24 la carretera, que seguía igual de sinuosa, volvía a ser de pendientes más suaves. En torno a esa altura, sobrepasé a un ciclista que, con el rostro descompuesto, subía trabajosamente por un tramo casi llano de la carretera. Una pájara de campeonato. Lo que más me llamo la atención es que el chaval llevaba culotte hasta los tobillos. No es que hiciera mucho calor, pero tampoco hacía, desde luego, frío como para llevar esa prenda. A partir del kilómetro 27, la carretera transcurría prácticamente llana hasta incorporarse a la N-420. En esta parte de la carretera, la vegetación circundante era mas bien una dehesa. Pero aun así, preciosa.

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(Vista del Arroyo Arenosillo)

La N-420 pasa sobre la comarcal por la que yo circulaba. La crucé por debajo, y un poco mas adelante, llegué hasta una rotonda que te permite tomar varias direcciones. Para tomar la dirección hacia Córdoba, o hacia Cardeña, de nuevo hay que pasar por debajo de la nacional y, en una nueva rotonda, se puede optar por ir hacia Cardeña, a la derecha, o hacia Córdoba, a la izquierda. Me desvié a la derecha, y tomé la carretera hacia Cardeña, mientras que la nacional se iba separando progresivamente hacia la derecha. En torno a un kilómetro y medio después y, tras una curva a la izquierda y una a la derecha, apareció Cardeña. A la entrada del pueblo, varios carteles anuncian que estas llegando a un pueblo galardonado con varios premios del Ministerio de Información y Turismo. La calzada, justo al entrar a Cardeña, se convierte en un adoquinado similar al de la Plaza de las Tendillas. Y no puedes menos que estar de acuerdo con el susodicho ministerio en admitir que Cardeña merece dichos premios. Al poco de entrar al pueblo, en suave descenso, divisé a la izquierda una panadería, a la derecha una gasolinera CAMPSA, un poco más adelante una nueva panadería, a mano derecha, y justo en la parte opuesta de la calle, una forja (ojo, no una herrería, sino una tienda que se anunciaba como “Forja”). Aparqué ahí, ya que un poco más adelante se encontraba la plaza del pueblo que recordaba que Beatriz Gascón me había mencionado alguna vez. Lo mismo que el asunto de la panadería, por eso recuerdo que me fijé en ello. Hora: las 12:35, la cinta había pasado por completo dos veces, y ya iba más que mediada la primera cara.

Guardé las cartas en la guantera, introduje la agenda bajo el asiento del acompañante, y cogí la cámara y el móvil. Entonces caí en la cuenta de que se había apagado. Sin batería.

Una de las cosas que más me llamó la atención fue el ayuntamiento. Se encuentra justo a la entrada de la plaza, a mano izquierda. Es pequeño y blanco, pero la pequeña torre del reloj es muy llamativa: cuadrada, pero completamente recubierta de unos pequeños azulejos de color azul oscuro, casi púrpura. Y con unos curiosos pináculos de color cobrizo, si bien uno estaba roto. Otro detalle curioso es que tiene tres (no dos, Bea) relojes. Bueno, no puedo asegurar que no tenga cuatro porque el cuarto lado no es visible desde la plaza. Le eché una foto, la ultima del carrete. Encendí el móvil y, como aguantaba, le envié un mensaje a mi amiga Bea Gascón, cuya familia es de Cardeña. Algo así como “Bonito pueblo, Cardeña. Y curioso el ayuntamiento”. Al poco me envió un mensaje preguntándome si estaba allí o lo estaba viendo en algún lugar, pero no pude contestar debido a que la batería de mi móvil dijo “basta”. Fui al coche, cogí la agenda, y hubo suerte, el móvil de Bea Gascón estaba en ella. Volví a la plaza, y la llamé desde la cabina. Estuvimos hablando un poco y me recomendó un sitio donde comer algo porque, recordad, no había desayunado.

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(Ayuntamiento de Cardeña)

Sin embargo, y en vista de que empezaba a ser algo tarde (12:45h, y aún tenía que volver a Córdoba), decidí obviar el desayuno, y regresar a Córdoba. Por cierto, me llamó la atención el hecho de que la aguja del indicador de gasolina apenas había descendido un poco desde el medio deposito.

Esta vez decidí volver por la vía rápida. Tomé la N-420 y bajé hasta Montoro. La N-420 es una muy buena carretera, ancha y con arcenes. El paisaje circundante no está mal, pero nada que ver con el de subida por la otra carretera. Y, de nuevo, tuve que darle la razón a Bea Gascón. La bajada desde Cardeña, en especial un largo tramo, es bastante escalofriante, con pendientes muy acusadas. Muy buena carretera para el tráfico en general, pero nefasta para los ciclistas. Muy peligrosa, por las velocidades que se pueden alcanzar.

Por Montoro no se llega a pasar, hay una circunvalación que comunica directamente con la autovía. La tomé, y al cabo de un rato estaba de nuevo en Córdoba. Para ser exactos, estaba entrando en el barrio de Santa Rosa a las 13:35h.

Ya conozco el trazado. Es largo. Es complicado. El tramo desde Villafranca hasta Adamuz sobrepasa la categoría “Barbarie” para entrar de lleno en la categoría “Sabía que estabas loco, pero eso es excesivo incluso para ti”. Pero el recorrido general es precioso, y merece muy mucho la pena hacerlo. Y eso que no he visto los senderos por dentro del Parque Natural.

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