Este primero de enero de 2026 lo empecé de una manera bastante divertida, que para más de uno puede suponer una herejía, pero que hizo que me lo pasara bomba: instalando una Debian 12 en un Mac. Para ser exactos, en un iMac 12,1 de 2011, equipado con procesador Intel.

Pero empecemos por el principio. Este veterano iMac era de mi tía Ángeles, pero este verano se lo regaló a mis padres. El caso es que el equipo, equipado con sistema operativo Mac en su versión High Sierra, se arrastraba miserablemente. No me sorprende, dado que lleva instalado la friolera de 14 años. El caso es que mi tía optó por comprarse un nuevo equipo y, en vez de malvender el antiguo, se lo regaló a mis padres, que lo han tenido desde entonces. Y, ciertamente, el equipo se arrastraba, pese a que no era -para nada- un mal equipo. Estas son sus características técnicas:
- Pantalla TFT panorámica brillante retroiluminada por LED de 21,5 pulgadas (visibles) capaz de reproducir millones de colores, con una resolución de 1920×1080 píxeles
- Procesador Intel Core i5 de cuatro núcleos a 2,7 GHz con 6 MB de caché en chip de nivel 3 compartida
- 4 GB (dos módulos de 2 GB) de memoria DDR3 a 1.333 MHz
- Disco duro de 1 TB a 7.200 rpm, que estaba libre en un 75%
Mi padre me preguntó, a final de año, que si se podría instalar un Linux en este equipo y, tras investigar un poco, vimos que -en efecto- sí que se podía. Y como no podía ser menos, la opción elegida fue una Debian. Opté por desplegar una Debian 12, dado que un equipo de esta antigüedad podría sufrir bastante para mover la 13, más moderna.
El siguiente punto fue establecer un plan de acción, que se resumía en lo siguiente:
- Redimensionar la partición nativa HFS+ de Mac para dejar espacio libre para instalar Debian
- Instalar Debian, teniendo en cuenta que era bastante probable que en un primer momento perdiera la tarjeta WiFi
- Configurar GRUB como gestor de arranque
Gestión de particiones
El redimensionado de la partición no tuvo mucha complejidad. Fue tan simple como, en Mac, dirigirse a Aplicaciones → Utilidades → Utilidad de Discos, y desde allí reducir la partición principal. Pese a que sólo estaban utilizados unos 170 gigas de disco, fue necesario dejar libres unos 400 gigas para Mac. En un primer momento intenté dejar la partición para Mac en 250 gigas, pero este primer intento falló. Se ve que el Mac necesita disponer de un considerable espacio libre para permitir el redimensionamiento de manera efectiva.
Este primer proceso de reducción de tamaño llevó sus buenas 4 horas, ya que el nivel de fragmentado de la partición era muy elevado, y el proceso para realizar la desfragmentación en un disco rotacional de 1 TB por fuerza lleva su tiempo. Pero una vez realizado el primer intento, aunque no funcionara de manera correcta, hizo que el segundo se realizara de una manera ciertamente rápida.
Esos 600 gigas los configuré como una partición VFAT de manera provisional. La idea era eliminarla desde la interfaz de instalación de Debian, y hacer el despliegue en este espacio. Sin embargo, a medida que me iba preparando, se me ocurrió una idea mejor: reservar 100 gigas para la instalación de la Debian, y dejar los 500 restantes como unidad VFAT de intercambio. Y es que, de manera nativa, desde Debian sólo se puede montar la unidad HFS+ en modo sólo lectura, y desde Mac sólo es posible montar las particiones Ext4 con software adicional (y con tiempos de escritura bastante lamentables). Por ello, el tener una partición común para almacenar ficheros se perfilaba como una buena idea.
Instalación del sistema operativo
Esta fue, de manera sorprendente, la parte menos complicada del asunto. Bastaba con grabar una netinst de Debian en una memoria USB, conectarla al Mac, y reiniciar. Una vez reiniciado, había que arrancar el equipo manteniendo pulsada la tecla Opción (⌥), o Alt en otros teclados. Una vez hecho, el Mac muestra una interfaz que permite arrancar desde el disco duro, desde una unidad de recuperación, o desde medios externos. Basta con escoger el medio de instalación externo para empezar la instalación.
Había estado leyendo documentación sobre el procedimiento de instalación, y esperaba que no funcionara la WiFi ni el Bluetooth durante la fase de instalación, así como problemas con el entorno gráfico. Sin embargo, todo fue como la seda. La interfaz WiFi fue detectada durante la fase de instalación, así que pude hacer la instalación tanto por cable como por WiFi.
En lo relativo a la configuración de las particiones, configuré una SWAP de 8 gigas, una Ext4 de 92 gigas, y una VFAT de 400 gigas. Todo fue como la seda.
La parte complicada fue la de la configuración de Grub. Mi idea era disponer en el menú de arranque la opción de escoger entre Debian y MacOS. Teóricamente tendría que haber bastado con permitir la detección de otros sistemas operativos y configurar automáticamente la partición. Pero empezamos mal: el instalador no reconocía la instalación de MacOS. Algo bastante común con High Sierra, al parecer. Estuve dándole bastante vueltas al instalador de Grub, configurando de manera manual la partición, (sda2, hfs+), pero no hubo manera, daba igual si lo configuraba como unidad, etiqueta, o de cualquier otra manera.
Finalmente opté por dejar Grub sólo para acceder a Debian, y hacer que el arranque normal fuera a MacOS. En caso de querer acceder a la instalación de Debian, basta con arrancar el equipo pulsando la tecla ⌥, y desde el menú de arranque, escoger Apple → EFI Boot.
Pero para esto, sin embargo, fue primero necesario arreglar el arranque, ya que al haber machacado el arranque EFI, por defecto el Mac se iba a Grub. La manera de solucionarlo fue arrancar con la tecla ⌥ pulsada, y acceder a la unidad de recuperación. Desde allí, basta con seleccionar la «Utilidad de Discos», verificar que «Macintosh HD» aparece como montado y sano, y desde allí salir y «Reiniciar Mac».
Una vez hecho esto, el sistema arranca MacOS. Una vez arrancado, es preciso reescribir el arranque EFI adecuado para Mac, lo que es bastante sencillo. Basta con acceder a la Utilidad de Discos → verificar → reiniciar. Con esto, el sector de arranque queda restaurado. En efecto, es preciso arrancar con ⌥ para que salte el menú de arranque, y desde allí seleccionar la partición EFI de Debian, pero es un mal menor.
Ese maldito teclado Bluetooth
El principal dolor de cabeza vino de la mano del teclado Bluetooth de Mac. Muy bonito, pero muy, muy fastidioso.

El caso es que durante el proceso de instalación de Debian había funcionado perfectamente, pero dejó de hacerlo en cuanto reinicié el sistema tras la instalación. Ni siquiera funcionaba durante el arranque del sistema operativo. Y, por supuesto, tampoco funcionaba en Grub. Y es que el teclado Mac funcionaba en el instalador porque usaba drivers básicos de la unidad de instalación, pero fallaba en el sistema instalado porque faltan los módulos del kernel para hardware Apple específico (iMac12,1 usa controladores HID/USB de Apple).
En teoría, debería haber bastante don configurar hid_apple y parámetros de Grub para que lo reconociera durante el arranque, pero no fui capaz de hacerlo funcionar. Y teniendo en cuenta también el problema de Grub para reconocer la partición HFS+, suponía un verdadero dolor de cabeza.
Por suerte, disponía de un viejo teclado infrarrojo de mi padre, que solucionó la papeleta para poder acceder al sistema, y con eso fui tirando hasta dejar Grub como sistema de arranque sólo para Debian, y el cambio en la EFI para arrancar MacOS normalmente. Una vez solucionado esto, procedí a verificar la correcta configuración del teclado Bluetooth en ambos sistemas operativos.
…y nuevo chasco. El caso es que era necesario asociar el teclado a ambos sistemas operativos. Y una vez asociado funcionaba perfectamente, tanto en Debian como en MacOS. Pero, ah, amigo: una vez que reiniciabas y pretendías entrar al otro sistema operativo, el teclado no era capaz de conectar automáticamente: era necesario asociarlo de nuevo. Lo cual, claro, sin un teclado, es pelín complicado.
Así que optamos por tirar por la calle de en medio: como el teclado infrarrojo funcionaba siempre, lo dejamos configurado como teclado principal. Y listos. Esto -de nuevo- será una herejía más para algunos (un iMac, con Debian, y con un teclado Windows), pero el caso es que funciona. Y extraordinariamente bien. Y con teclado numérico, dicho sea de paso, que el teclado Mac no lo tiene.
El rendimiento
Todo esto está muy bien, pero la pregunta es qué tal se comporta el equipo. Sinceramente: no hay color. El High Sierra era poco menos que inusable, mientras que la Debian 12 con KDE tiene un rendimiento más que correcto. A ver, seamos conscientes de que el disco duro que monta es un disco rotacional de 1 TB a 7200 RPM. No es un disco de estado sólido, y eso impacta en el rendimiento. Pero el comportamiento, incluso con una KDE, que no es un entorno precisamente liviano, es razonablemente bueno. Y siempre puedo ponerle más adelante un disco interno SSD.
En cuanto a las aplicaciones, funcionan de manera bastante decente. Firefox funciona bien para cargar páginas modernas, Libreoffice no se arrastra, y Gimp tiene un desempeño razonable. Y, encima, mi padre ha podido recuperar el uso de viejos periféricos (como un escáner HP) que había tenido que desechar.
Así que, en conjunto, el resultado ha sido estupendo: no hemos perdido funcionalidades (más allá del teclado Bluetooth), y hemos hecho que el equipo pueda volver a usarse de manera habitual.
Una buena manera de empezar el 2026.