Aquel 8 de febrero de 2026 no era un día para los que buscan la comodidad del asfalto seco y el sol radiante. La borrasca Marta acababa de entrar con fuerza en Galicia, y las previsiones eran poco halagüeñas. Inicialmente, mi plan era realizar una ruta mucho más ambiciosa por las cercanías de Carballedo, en Cotobade, recorriendo el observatorio astronómico y subiendo por la calzada romana. Sin embargo, al ver la intensidad de las precipitaciones durante la madrugada y las ráfagas de viento, tuve que ser realista y posponer ese gran recorrido. Pero el gusanillo del pedal es persistente, y al detectar una pequeña ventana de tregua en la lluvia el domingo por la mañana, decidí que no me quedaría en casa. Recorté la etapa para salir desde O Cadavo, concretamente desde la Capilla del Ángel de la Guarda, a los pies del imponente Monte Coirego.
El trayecto en coche hasta el punto de inicio fue desalentador. Los limpiaparabrisas trabajaban a destajo y la temperatura en el exterior, según los datos de la estación de A Lama, se movía en unos gélidos 3.7°C de mínima. Estuve a punto de darme la vuelta y regresar al calor del hogar, pero justo cuando llegaba a la capilla, la lluvia intensa se transformó en una llovizna débil y, finalmente, paró. Era la señal que esperaba. Me equipé rápidamente, no solo con las protecciones habituales, sino con algo muy especial: un maillot retro del legendario equipo Reynolds de los años 80.

Llevar los colores del Reynolds en una jornada tan épica tenía su simbolismo. Este equipo, fundado en 1980 por José Miguel Echávarri, es la piedra angular del ciclismo español moderno. Fue la cuna de leyendas como Pedro Delgado, quien ganó el Tour de Francia en 1988 con estos colores, y vio los primeros años de un joven Miguel Induráin. Aquel maillot azul y blanco, predecesor de lo que hoy es el Movistar Team, me dio el ánimo necesario para enfrentarme a la ascensión al Monte Coirego mientras el viento empezaba a soplar con rachas de hasta 40 km/h, según los registros meteorológicos de la zona.

La subida fue constante y dura. A lomos de mi Giant Trance X4 de doble suspensión, fui ganando altura mientras el paisaje se volvía cada vez más irreal. La niebla se cerró sobre mí conforme me acercaba a la cima, donde se encuentra el puesto de vigilancia forestal. En ese ascenso solitario, el único sonido era el de mi propia respiración y el crujir de los neumáticos sobre el terreno mojado. De repente, entre la bruma, apareció la primera silueta de un caballo salvaje, un recordatorio de que en el Monte Coirego nosotros solo somos visitantes. Al llegar a la cima, el frío se intensificó (la temperatura máxima del día apenas llegó a los 10.5°C) y la visibilidad era muy reducida, pero la sensación de conquista era absoluta.

Ese día estrenaba tecnología: la nueva DJI Osmo Action 5 Pro en el pecho, que venía a complementar las tomas del pequeño DJI Neo. A pesar del viento que azotaba la cumbre del Coirego, me arriesgué a realizar un vuelo con el Neo. Quería registrar la belleza cruda de la borrasca desde el aire. El dron se portó de maravilla, captando planos únicos de la cumbre, azotada por el viento y la bruma, que hacía que a ratos apenas se viera una densa capa de nubes grises, pero que por momentos dejaba entrever el paisaje de la zona entre jirones de niebla. Tras los vuelos, me preparé para lo mejor de la jornada: el descenso hacia la laguna.

La bajada fue vibrante. La Giant Trance X4 absorbió perfectamente las irregularidades de un terreno castigado por los 14.2 mm de precipitación acumulados ese día. La DJI Osmo Action 5 Pro captó cada detalle con una nitidez asombrosa, estabilizando los saltos y las zonas de piedra suelta. En la bajada, de nuevo, vi más caballos salvajes, pero lo mejor estaba aún por presentarse. Al llegar a la laguna, el espectáculo fue total: una manada completa de caballos salvajes pastaba tranquilamente junto al agua, envuelta en jirones de niebla. Fue uno de esos momentos mágicos donde el ciclismo te permite conectar directamente con la naturaleza más pura de Galicia.

Desde el observatorio volví a hacer otro vuelo con el Neo. Aproveché para grabar en más detalle la manada de caballos salvajes, el propio observatorio, y la belleza salvaje de la laguna, colmada de agua de color turquesa. Una delicia para los sentidos. Finalmente, emprendí el regreso hacia la Capilla del Ángel de la Guarda, disfrutando de la velocidad en los últimos senderos de bajada.

Al llegar al punto de inicio, aún tuve tiempo de realizar un último vuelo con el dron para cerrar la grabación. Irónicamente, el final de la etapa coincidió con el mejor momento en lo que se refiere a la climatología. Incluso el sol, esquivo durante toda la mañana, hizo acto de presencia, para permitirme unas estupendas tomas finales. Fue una etapa corta en distancia (poco más de 10 km) pero intensa en sensaciones y dura por las condiciones climáticas. Regresé a casa con el maillot del Reynolds embarrado y la satisfacción de haber aprovechado un día en el que la mayoría se habría quedado en el sofá.
Datos clave de la etapa:
- Distancia: 10.24 km
- Tiempo en movimiento: 0h 54m
- Ganancia de elevación: 264 m
- Velocidad media: 11.3 km/h
- Velocidad máxima: 51.1 km/h
- Fecha: 8 de febrero de 2026
- Tipo de actividad: Ride