Hoy he efectuado mi última etapa de entrenamiento previo al Camino de Santiago. Esta tarde hemos salido a rodar Manolo, Rafa y yo desde Santiponce. El recorrido escogido ha sido similar al de otras ocasiones: vía verde de Itálica, con la variación de que esta vez hemos continuado más allá del arroyo del Judío, hasta alcanzar la carretera de Salteras. Desde allí hemos retomado la cañada real de las Islas, hasta la venta de Ana Velázquez. Por último, hemos vuelto a Santiponce por la N-630.
Aún no tengo los datos de distancia, ya que he tenido algunos problemas con mi velocímetro, y Rafa aún no me ha pasado los datos tomados con su movil. Cuando los tenga los subiré.
Por otro lado, según mi pulsómetro, hemos empleado 1h 22m 35s en realizar la etapa, con una media de 133 pulsaciones/min, 175 pulsaciones máximas, un consumo medio de 960 kcal/h, y un tope de 1380 kcal/h, con un consumo total de 1378 kcal. He estado un total de 57m 25s en mi zona de pulsaciones.
Editado: Ya tengo el mapa del recorrido, cortesía de Rafa:
Ver 2010/07/29: Vía Verde de Itálica – Cañada Real de las Islas – N-630 en un mapa más grande
La etapa, según Andando y Google, tuvo una longitud de 20’42 km, que recorrimos en 1h 23m 8s.
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El pasado domingo realicé mi último entrenamiento en Córdoba antes de empezar la Vía de la Plata en Zamora. Y por primera vez en mucho tiempo, éramos tres los que salíamos a rodar: yo mismo, Pablo, y mi buen amigo Taran, que ha decidido pasarse de nuevo a la vida sana.
Dado que aún seguía convaleciente de mi lesión, y que el bueno de Taran tenía aún que coger algo de fondo, opté por preparar una etapa tranquila: Vial Norte, Vereda de Alcolea, para girar a la izquierda sobre el Canal del Guadalmellato y, atravesando las canteras de Asland (Cimpor, mejor dicho), aparecer en Torreblanca, por debajo de la Virgen de Linares, y volver a Córdoba por la Carrera del Caballo o bordeando el arroyo Pedroches.
Empezamos la etapa poco después de las ocho de la mañana, ya que el día se preveía caluroso. La marcha no tuvo mayor novedad hasta alcanzar el arroyo Pedroches aguas abajo del puente romano que lo cruza, donde tuvimos que sortear la primera valla del día (que no sería, ni mucho menos, la última), dado que la zona se encuentra en obras. Alcanzamos la parte asfaltada de la vereda, que recorrimos a un ritmo razonable, hasta alcanzar la zona de pista, donde tomamos una de las dos fotos del día:
Recorrimos la vereda hasta el punto en el que se acerca enormemente al canal de aguas, donde nos desviamos para pasar por encima de este último, no sin antes sortear dos nuevas vallas, una de ellas con advertencia de explosivos incluida. A partir de ahí el rodar se hizo más desagradable, ya que los caminos que antaño existían en esta zona han sido prácticamente arrasados con maquinaria pesada, y el terreno está bastante suelto. Aun así, conseguimos llegar hasta el camino de las canteras -no sin antes tener que saltar de nuevo otra valla-, y continuar por el camino forestal que comunica esta zona con la parte baja de Torreblanca. Desde este punto tomamos una foto de la laguna artificial que se ha formado en una cantera abandonada:
El agua de la laguna, dicho sea de paso, muestra un color sospechosamente azulado. Demasiado azulado…
Una vez más, nos vimos obligados a cruzar una verja para poder continuar nuestro camino. Aunque en este caso era más sangrante aún, ya que es un camino que los propietarios del terreno -Asland, en su día- se vieron obligados a abrir, ya que esta zona es de libre tránsito. Pues bien: el paso no puede ser más angosto, de tal manera que es complicado que pase una persona, y no digamos una bici. Tanto fue así que tuvimos que pasarnos las bicis por encima de la cerca. Y de nuevo, dentro del terreno la situación no era precisamente mejor: de nuevo la tierra se encontraba removida con maquinaria pesada, e incluso la salida, ya en Torreblanca, se encontraba dificultada merced a una profunda zanja que se había excavado junto delante del paso en la cerca.
Superadas estas dificultades, llegamos hasta la urbanización perpetrada por Sandokán en la zona de la Virgen de Linares. La atravesamos hasta llegar al viejo tramo de la N-432, donde decidimos volver realizando el descenso del arroyo Pedroches. Pero cuando nos dirigíamos hacia allí, Taran sufrió una caída en un tramo de asfalto, merced al cansancio acumulado. Visto lo visto, consideramos razonable dar por finalizada la etapa, y volver a Córdoba. Ya habría tiempo de realizar descensos. Dimos por concluida la etapa de nuevo en el Vial Norte, en el paso sobre las vías donde antaño se encontraba el Cuartel de Automovilismo.
Por mi parte, las sensaciones de la etapa fueron buenas. No tuve molestias en los gemelos, y me permitió rodar un poco por la Sierra antes de emprender mi marcha al Norte.
En esta ocasión la geolocalización de la etapa corrió a cargo de Taran y su Google Nexus One, equipado con el software de Endomondo:
Editado: Por cierto, me he olvidado de incluir los datos de la etapa. La etapa tuvo una longitud de 15’8 km, que recorrimos en 1h 34m 55s (según el velocímetro). Los datos del pulsómetro fueron los siguientes: 1h 47m 25s de medición, con unas pulsaciones medias de 107/min, 159 pulsaciones/min de máxima, un consumo medio de 700 kcal/h, máximo de 1220, y 25m 0s en el rango de pulsaciones.
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Esta vez -aunque por poco- no se nos fue de las manos. Fran, Manolo y yo realizamos ayer un fragmento de la Vía de la Plata entre Guillena y Castilblanco de los Arroyos. Teníamos previsto, en realidad, realizar el recorrido completo hasta Castilblanco, pero dado que empezamos la etapa a las 20:20h, con 50 minutos de retraso sobre el horario previsto, nos vimos obligados a hacer recortes en la distancia.
En efecto, la distancia entre Guillena y Castilblanco es de unos 19 km, de reocrrido en continuo ascenso, a través de las últimas estribaciones de la campiña sevillana y, sobre todo, por las primeras rampas de la Sierra Norte de Sevilla. Salimos de Guillena por la carretera que se dirige a Burguillos, siguiendo todo el rato las flechas amarillas de la Vía de la Plata. Llegamos hasta la rotonda de entrada de un polígono industrial, donde abandonamos la carretera, y tomamos la pista que nos tendría que haber llevado hasta Castilblanco.
En esta etapa iba estrenando un nuevo juego de cubiertas, unas Maxxis Larsen TT de 1.9”, que me habían recomendado para el firme que espero encontrar en el Camino: asfalto y camino de tierra en buenas condiciones. Y la verdad, las cubiertas, muy estrechas en su banda de rodadura, dejaban rodar de una manera sumamente cómoda.
El camino describía un ascenso continuo a través de sembrados y olivares, con ocasionales respiros y pequeña bajadas. El camino continuaba con esta tónica hasta llegar a un campo de naranjos, donde empezamos un descenso que nos habría de llevar hasta una zona boscosa eminentemente mediterránea: alcornoques, encinas y fincas de ganado, con sus correspondientes pasos canadienses. A esas alturas de la etapa empezaron las complicaciones para mí desde el punto de vista físico. Pese a que iba en un estado de forma sumamente bueno, empecé a tener sensaciones desagradables en los gemelos, cual si fuera a darme un tirón. Parecía que la etapa de la semana pasada me estaba pasando factura en forma de algún tipo de lesión muscular. Esto me obligó a utilizar unos desarrollos más cortos, que me descargaran de esfuerzo, pero que me obligaban a mantener una cadencia mayor.
El terreno, poco a poco, se fue haciendo más abrupto: abundante grava, zona en las que afloraban piedras pizarrosas, y camino estrecho y revirado: algo que me resultaba sumamente familiar, a lo que estoy acostumbrado después de tanto tiempo saliendo en Córdoba. Y que, a decir verdad, echaba en falta en Sevilla. Por fin lo había encontrado. Y si bien este terreno hacía mis delicias, no puedo decir lo mismo de Fran y de Manolo. Al menos, al inicio. Después me consta que lo disfrutaron como enanos.
Tras un rato de ascenso trialero, llegamos a un primer punto significativo: el paso por una zona de dos portelas consecutivas, donde aproveché para tirar una bonita foto:
Tras el paso de las portelas, continuamos por un camino con condiciones algo mejores en lo referente al afloramiento de piedras, pero igualmente abrupto y estrecho. Un bonito y excitante tramo en el que, por vez primera tras el primer amago de tirón del gemelo derecho, tuve que echar pie a tierra para salvar un desnivel. Las cubiertas, pese a ser estrechas, me estaban proporcionando un magnífico agarre.
Y así, continuamos avanzando hasta cruzar una segunda portela, junto a la que había un manso de enorme cornamente, y poco después desembocamos en un camino de mejor firme (que después averiguaría que desembocaba al poco en la carretera comarcal que nos tendría que haber conducido a Castilblanco). Continuamos avanzando hasta que dieron las 21:15h, hora que nos habíamos marcado como límite antes de emprender el regreso, cosa que hicimos tras un breve refrigerio.
La vuelta fue sumamente emocionante, por el mismo trazado revirado, traicionero y trialero que habíamos tenido a la ida, y que disfruté enormemente y que realicé abriendo camino, hasta llegar de nuevo al campo de naranjos. Eché enormemente en falta mi cámara deportiva, que no había podido llevar a la etapa por haberme olvidado el soporte en Córdoba. Una vez abandonado la zona de dehesa, tomaron el relevo en el encabezado del descenso Fran y Manolo.
Y fue en esta parte final del descenso, camino del polígono, donde sufrí la incidencia de mayor importancia de la jornada. Cuando descendíamos a bastante velocidad, me metí por entero en una rodera bastante profunda y estrecha, que estuvo a punto de hacerme salir despedido de la bici. Conseguí controlarla forzando una fuerte pedalada para salir de la trampa, pero a costa de dañarme el gemelo izquierdo -que ya notaba tocado-, en el que volví a sufrir un tirón, bastante más fuerte que el anterior en el gemelo derecho. A diferencia de éste, con cada pedalada notaba cómo volvía a montárseme el músculo. Así que me vi obligado a sacar el pie izquierdo de la cala, y pedalear con apenas el talón apoyado en el pedal. De esta manera, no me acometían nuevos tirones.
Una vez llegados al polígono, la noche casi nos había caído encima, así que aproveché para estrenar el otro pedido que realicé hace semanas a DealExtreme: una linterna de LED para la bici:
Recorrimos a un ritmo tranquilo el escaso trayecto que nos separaba de Guillena, donde tomamos un magnífico refrigerio en una venta de la entrada del pueblo. El recorrido total de la etapa fue de 24’917 km, que recorrimos en 1:34:35. La velocidad máxima alcanzada fue de 35’9 km/h.
En cuanto mi rendimiento, mi media de pulsaciones fue de 152 pulsaciones/min de media, con un máximo de 186. El consumo energético medio fue de 1150 kcal/h, con una máxima de 1490 kcal, y un consumo total de 1974 kcal.
El recorrido de la etapa, trazado en Google Maps, es el siguiente:
Ver 2010/07/21 – Guillena – Castilblanco de los Arroyos en un mapa más grande
El balance de la etapa es el siguiente: es un recorrido magnífico, el que más he disfrutado desde que llevo cogiendo la bici en Sevilla. Se le puede sacar un partido enorme, especialmente combinado con otras rutas que llevan hacia los Lagos del Serrano y la Ruta del Agua. Sin embargo, estoy preocupado por lo que puede ser una molesta lesión a una semana vista de empezar el Camino. Por lo pronto, estoy con vendajes compresivos en los gemelos, y con unos días de reposo por delante. Espero que el problema no vaya a mayores.
Etiquetas: castilblanco de los arroyos, ciclismo, guillena, sevilla
Córdoba, 27 de Octubre de 2.002.
Anoche, mientras leía un buen libro, me apeteció salir con la bici. Como ya era algo tarde, pensé en organizar una etapa ciclista para la mañana de hoy, domingo 27 de Octubre. Dicho y hecho, le mandé sendos mensajes a Pablo y a Manolo, proponiéndoles dicha etapa: Córdoba-Santo Domingo, por el camino que sale desde el pie de Puente de Hierro, saliendo desde mi casa a las 9:00h de la mañana. Pablo aceptó, y Manolo, quien yo suponía que no asistiría, más que nada porque se encontraba de boda en Montilla, me dio un toque al móvil.
Unas cuantas horas después, una más de lo habitual, por aquello del cambio de hora, estaba presto y dispuesto. 9:00h, ya desayunado, lo típico, vaso de leche y tostadas con miel, y mi máquina preparada, junto con todos sus accesorios. Aun así, no partiríamos hasta algo más tarde, ya que Pablo tenía que cambiarle la cámara delantera a su bicicleta, al estar ésta pinchada. Entre pitos y flautas, y tras un tiempo de espera prudencial a Manolo (si bien teníamos la completa seguridad de que no iba a estar con cuerpo para venir), partimos
sobre las 9:35h.
Nos encaminamos hacia el barrio Naranjo atravesando el monte que hay detrás de mi casa. Tras una bajada por el descampado, atravesamos la carretera y nos introdujimos en el barrio. Tuvimos que afrontar un explosivo ascenso para, posteriormente, callejear hasta llegar al camino que lleva al trazado del antiguo ferrocarril de Almorchón. Tomamos dicho camino hasta desviarnos por un sendero que, pasando junto al castillo del Maimón, desemboca en otro camino que baja hasta los pilares del Puente de Hierro. He de hacer notar que, para ello, tuvimos que atravesar una cerca que nos impedía el paso. Sin embargo, alguien había practicado un enorme boquete a dicha cerca, habiéndosele olvidado tan sólo un alambre en la parte superior, por lo cual pudimos atravesarla sin desmontar, tan sólo agachando un poco la cabeza.
Una vez que bajamos hasta los pilares del puente, tomamos el sendero. Es aquel mismo sendero que tomamos con Isaac, cuando entrenábamos para la etapa de Montilla, y el mismo que tomé yo cuando me fui de exploración por la “Córdoba profunda”. Pero esta vez íbamos a tomar el tercer ramal, el que suponíamos que llevaba hasta Santo Domingo. Así lo hicimos, cuando llegamos al cruce de caminos.
Nuestro camino era una pista forestal bastante amplia, pero con bastante piedra suelta. Atravesamos el arroyo de Santo Domingo por una plataforma de hormigón, y continuamos por la pista, ignorando todos los ramales que surgían de ésta. La pista picaba un poco hacia arriba, pero había tramos donde el terreno se hallaba muy quebrado y con muchísima grava y piedra suelta, lo que hacía la marcha muy dificultosa. En este tramo, nos pasaron dos motoristas.
Al cabo de un rato el valle por el que circulábamos se hizo más amplio, abriéndose el terreno y permitiéndonos una mayor perspectiva de los alrededores. Justo en ese momento, divisamos una vieja torre, prácticamente derruida, alzarse a la izquierda del camino, justo en el límite de la vegetación. Desmontamos, y nos encaramamos a ella. Desde ahí pudimos divisar un camino que descendía por un monte que teníamos frente a nosotros, y que se incorporaba a la derecha del camino por el que íbamos. Pensé que ese camino podría ser uno que se incorporaba al sendero por el que íbamos, que venía desde la N-432 a la altura de la Carrera del Caballo. Vimos descender un grupo de 5 ciclistas por ese camino, y nos decidimos a reemprender el nuestro.
En realidad, casi se podría decir que era nuestro camino el que se incorporaba al otro. Al unirse ambos, la pista forestal por la que circulábamos se tranformó en un camino muy alplio y compactado. Entonces recordé que teníamos que pasar junto a una cantera abandonada. Ésa era la explicación de la amplitud del camino. Pasamos junto a las ruinas de un caserío abandonado, y el camino, que había sido ascendente hasta ese momento, se tornó descendente. A nuestra izquierda podíamos ver el profundo valle excavado por el arroyo de Santo Domingo.
El camino descendía hasta el cauce seco del arroyo de Santo Domingo, que cruzamos. Al poco llegamos a las primeras estribaciones de la cantera abandonada. El valle había vuelto a encajonarnos más, y la labor del hombre y de la naturaleza era absolutamente impresionante. Hubo un detalle que nos llamó mucho la atención. El cauce del arroyo de Santo Domingo era excesivamente amplio y profundo. Sumamente llamativo. En esas, nos volvimos a cruzar con uno de los motoristas de antes.
Al poco de entrar en la cantera, el camino se dividió en dos ramales. Uno de ellos, el de la derecha, más amplio y llano, entraba en la cantera, y el otro, apenas un sendero sumamente estrecho y empinado, subía por la ladera izquierda del valle en que nos encontrábamos. La opción más lógica parecería ir por el de la derecha. Ello sería así de no haber sido por un pequeño detalle: las avenidas del arroyo de Santo Domingo habían cuarteado el camino de la cantera, dividiéndolo en bloques que parecía que se alzaban sobre el cauce del arroyo, tal era la profundidad y la anchura de los socavones que cruzaban dicho camino. Por lo tanto, sólo nos quedaba la opción de subir por el sendero. Sin embargo, a la hora de la verdad, resultó bastante más fácil de lo esperado subir por él, ya que, pese a su acusada pendiente, el terreno estaba limpio de grava, y además era especialmente consistente, por lo que las ruedas no patinaban en él. Así que seguimos por él, entre una vegetación compuesta por monte bajo y pino mediterráneo. Ignoramos un camino que descendía a la derecha hacia la cantera, y seguimos subiendo por la ladera. Pero a partir de ahí, apareció la temida grava, junto con piedras clavadas en el sendero, que hacía tremendamente dificultoso el ascenso. En su última parte, tuvimos que subirlo andando, para llegar a un corte del terreno que nos permitía ver una magnífica perspectiva de la cantera.
La cantera, como bien dijo Pablo, parecía un nivel el Duke Nukem 3D. Edificios de hormigón medio derruidos, restos de maquinaria abandonados, enormes montañas de grava, bidones oxidados por doquier… Incluso un coche incendiado en el fondo de un socavón del arroyo. Todo eso, encajonado en un valle profundo y estrecho. Sumamente impactante.
El sendero seguía subiendo a nuestra izquierda, pero era ya absolutamente impracticable. Además, en ese momento, vimos a una mujer que pasaba, junto con cuatro enormes perrazos, por el camino del interior de la cantera, que en esa parte no se hallaba cuarteado, así que dedujimos que esa parte tenía que ser practicable. Cuando íbamos a emprender el descenso para tomar el sendero que descendía a la cantera, y que anteriormente habíamos ignorado, llegó hasta nosotros, de nuevo, el motorista. Intentó subir por donde nosotros habíamos desistido, sin conseguirlo. Aun así, intentó ascender, pero el único resultado de su intentona fueron el de proyectar grava, impulsada por el patinar de su rueda trasera a modo de proyectiles, hacia nosotros.
Así que descendimos hasta la cantera, y seguimos por ella, hasta que el camino surgió de nuevo a nuestra izquierda, y la zona por la que rodábamos se volvió a perfilar como el cauce del arroyo de Santo Domingo.
Tras un rato, llegamos hasta un edificio q surgía al pie del monte. Era, por mal que suene, un picadero, y así se anunciaba. Ello indicaba que nos acercábamos al monasterio de Santo Domingo (de nuevo, por mal que suene). En los bordes del camino había pequeños grupos de gente de perol, disfrutando del domingo. Al cabo del rato, llegamos al pie del monte donde se halla el monasterio de Santo Domingo. En ese lugar, rodeado de montes, se encuentra una hondonada donde el arroyo de Santo Domingo forma una pequeña laguna, que se hallaba bastante
seca, hecho que no impidió que varios caballos abrevaran en ella. Avanzamos un poco mas, momento en el que nos volvió a pasar el de la moto, y llegamos a una nueva encrucijada. Al frente, el camino por el que veníamos, que no sabía a dónde conducía. A la izquierda, en un giro de casi 360º, un camino que ascendía hasta el monasterio, y a la derecha, también en un giro casi completo, un camino que llevaba a una ermitica que se alza sobre un monte que hay junto a la hondonada. Fuimos hacia allá, porque recordaba que había buenas vistas. Subimos, y, efectivamente, las vistas eran espectaculares. Sin embargo, aún no habíamos ascendido hasta la ermita. El camino avanzaba unos 100 metros para, en un giro casi completo, seguir ascendiendo hasta la ermita. Llegamos hasta el giro, y allí, de nuevo, nos encontramos con la disyuntiva de escoger entre 3 caminos. A la derecha, en un giro casi completo, la ermita. También a la derecha, en un ángulo recto, un camino que subía hasta la cima del monte donde estaba la ermita y, a la izquierda, un sendero de mala muerte que descendía hasta un valle que se hallaba a nuestra izquierda. Un valle en el que había los restos de una casa, un valle al que, desde pequeño, había querido bajar cada vez que había ido a Santo Domingo, y al que nunca había bajado. Pablo se dejó convencer fácilmente.
Empezamos el descenso, pero pronto nos detuvimos. Efectivamente, en el fondo del valle estaba la casa. Pero no percibíamos ningún camino para salir de allí, excepto por senderos que ascendían de una manera escalofriante por los montes que rodeaban el valle. Aún estábamos a tiempo de arrepentirnos. Y estábamos en ello cuando, al fondo y a nuestra derecha, vimos un grupo de moteros que descendían al valle. Astutamente, decidimos esperar hasta que descendieran para ver, posteriormente, si había alguna salida por el fondo del valle, como parecíamos ver. Pero los moteros, una vez en el valle, junto a la casa, volvieron a trepar por un monte. Eso no nos sacaba de dudas, y la posibilidad de tener que salir de ese valle por alguno de esos senderos era aterradora. Pero… bueno, ya que habíamos emprendido el descenso, tampoco era cuestión volverse atrás. Y a las malas… bueno, siempre tendríamos una buena historieta para contar. Así que continuamos.
El descenso fue atroz. El sendero se quebraba, cortado por las lluvias torrenciales, en profundas grietas. El terreno estaba muy suelto y hacía derrapar las ruedas fácilmente, y la inclinación era remendamente pronunciada. No humo más remedio que descender algunos tramos a pie, procurando que las bicicletas no nos arrastraran monte abajo.
Finalmente conseguimos bajar, y, tras cruzar un arroyo, nos dirigimos a las ruinas de la casa. Pero, sorpresa, sorpresa, ésta no se encontraba exactamente en el fondo del valle, sino que se hallaba sobre un promontorio en el fondo del valle, que, debido a la altura desde la que lo divisábamos, no se apreciaba. Un promontorio bastante elevado, de hecho. Vamos, que nos costó bastante subir hasta él, ya que el sendero, para más inri, tenía “escalones”, del largo de una bicicleta, que hacían tremendamente fastidioso subir por él.
Tras subir a la casa, vimos como, por la salida del valle, junto al arroyo se veía un sendero. Aliviados, fuimos hacia él. Descendimos a una pequeña explanada que había junto a la casa, y tomamos el sendero. Éste subía y bajaba por las estribaciones de los montes del valle. El terreno era bastante curioso, una especie de pizarra muy quebrada que, sin embargo, agarraba sumamente bien.
Un poco después, llegamos a un promontorio desde el que se divisaba la unión del arroyo que estábamos siguiendo (arroyo de Barrio Nuevo), con otro que se le unía por la izquierda (arroyo de las Mangas). Era algo precioso, ya que ambos llevaban un agua cristalina, y había erosionado los montes hasta alcanzar la roca viva. Uno de ello, el que se incorporaba, incluso formaba una poza en la que entraban ganas de darse un baño, y todo. Baño que, a buen decir de Pablo, difícilmente nadie se dará, porque en verano debe de estar seco, y en invierno hace demasiado frío. Descendimos por un sendero hasta ese arroyo, y rodamos hasta la unión de ambos. Vimos como un sendero surgía al otro lado del cauce, esta vez sí, con agua, por lo que tuvimos que cruzarlo, si bien a pie, porque la morfología del terreno no permitía hacerlo montado en bici.
Una vez que cruzamos, seguimos por el susodicho sendero. Sin embargo, era bastante difícil rodar por él, debido a que su estrechez, y a que subía y bajaba por la ladera, además de que estaba cuajado de enormes piedras que obstruían el paso. Al cabo de un rato, tuvimos que vadear de nuevo el arroyo, justo en la interesección, por segunda vez, de dos arroyos, el de Barrio Nuevo, y el arroyo Pedroches, quedando el camino a la izquierda de éste. Justo en ésas nos cruzamos con un rebaño de ovejas. Era bastante divertido ver cómo la masa compacta que formaban se abría como por arte de magia ante ti. El sendero era más fácil de recorrer, y la vegetación era bastante agradable, bosque mediterráneo, junto con algunas zonas de olivar, y, de cuando en cuando, algún eucalipto.
Por tercera vez llegamos a una intersección entre dos arroyos, el Pedroche, y una pequeña lengua de agua, y aún habríamos de verlo en una cuarta ocasión. Esta vez hicimos un alto, ya que vimos algo curioso: un pozo excavado justo en el borde del cauce del arroyo. Nos hicimos unas fotos y, una vez que descansamos un poco, continuamos el camino.
Al cabo del rato, el camino por el que íbamos circulando, desapareció. Se fusionó con el cauce, seco en este tramo, del arroyo Pedroche, por lo que no hubo más remedio que introducirse en éste. Era bastante complicado circular por ese pedregal. Finalmente, conseguimos salir, Pablo por la izquierda, y yo por la derecha, pero al final continuamos por la derecha, ya que el camino que seguía por ese lado del cauce se veía más amplio y en mejores condiciones. Avanzamos un rato, tras el que el camino se volvió sendero pero, justo después de esto, desembocamos en un camino muy amplio, que quedaba cortado por una puerta metálica.
Nos fijamos con más cuidado y, al otro lado del cauce, pudimos ver cómo el sendero ascendía por la ladera del monte, y cómo un coche que, hasta hacía poco, se hallaba allí aparcado subía por él. Me fijé mejor, y pude ver, en la parte superior del monte, la plataforma del ferrocarril de Almorchón. Hice un rápido cálculo de la distancia, y me imaginé que debíamos de andar a la altura de la Carrera del Caballo. Nos paramos a deliberar el rumbo a tomar. A la izquierda, el camino salía a la N-432. No podíamos seguir el sendero junto al arroyo por la razón de que ambos habían desaparecido. El cauce apenas se distinguía entre unos matorrales que nos cerraban el paso. Y a la derecha, el camino ascendía por el monte, con fuerte pendiente. Y tomamos ese camino.
El camino era amplio, pero con bastante grava y mucha pendiente, por lo que se hacía complicado subir. Describía una suave, pero amplia, curva a la derecha, a la vez que seguía incrementándose la pendiente. Al finalizar la subida, torcía abruptamente a la izquierda, para descender suavemente y girar de nuevo a la derecha. Ahí nos cruzamos con dos ciclistas. Avanzamos un poco, y cuál sería nuestra sorpresa al vez alzarse, justo al frente nuestro, la torre medio derruida del principio. Y entonces volví a acordarme del camino que llegaba desde la N-432 hasta el camino de subida a Santo Domingo, antes de la cantera. No sabía como no había caído en ello antes.
Así que tomamos de vuelta el camino y, posteriormente, el sendero, hasta llegar casi al pie de Puente de Hierro. Y digo casi porque, justo antes de llegar, cogí por error en desvío a la derecha, que subía por un monte, alejándonos del camino que llegaba justo hasta el pie del Castillo del Maimón.
Pese a todo, ese camino no nos era desconocido. Fácilmente lo identificamos como la parte final de aquel recorrido que hicimos con Isaac el 2 de agosto. Descendimos hasta llegar a un camino que subía hasta el castillo del Maimón, y emprendimos la vuelta al barrio Naranjo. Sin embargo, nos encontramos con un obstáculo inesperado. El boquete en la cerca por el que habíamos pasado a la ida estaba tapado. Alguien lo había taponado con una enorme rama de olivo seca, enrollándola con el alambre. Desmonté de la bici, y me dispuse a quitarlo. Una a una, fui arrancando las pequeñas ramas para dejar desenganchada la rama grande, y cuando estaba lo suficientemente suelta, la arranqué de un tirón. De nuevo, el camino estaba expedito. Pero, cuando nos disponíamos a cruzar la cerca, vi la trampa: justo por donde teníamos que pasar, alguien había colocado un trozo de alambre de espino enrollado, de tal manera que al pasar por encima, habríamos pinchado las ruedas inevitablemente. Menos mal que ya me las conozco
todas, que si no…
Ya sin novedad, llegamos al barrio Naranjo, lo atravesamos y llegamos a la carretera. Cruzamos ésta y, de nuevo por el monte, atrochamos
hasta mi casa, donde terminó la etapa.
Datos de la etapa
Mapa topográfico con el recorrido marcado
Etiquetas: cantera, ciclismo, cortijo de los velascos, puente de hierro, santo domingo
Hace unos días recibía en casa un pedido realizado a DealExtreme, una página de Hong Kong afamada por enviar chorradas tecnológicas varias a domicilio sin cargar gastos de envío. El pedido consistía en una cámara deportiva de 2 megapixels pensada para grabar desde una bici o algo similar:
Y claro, no podía dejar pasar mucho tiempo antes de probarla. Así que esta mañana salí a rodar tempranito, con la idea de probar el artilugio. La mini-etapa consistió en ir a Puente de Hierro, de ahí ascender hasta el Cortijo de Los Velascos, para bajar por el camino de la Cantera hasta el arroyo Pedroches, y descender por él hasta el Puente Romano del arroyo. 12’9 kilómetros de etapa que realicé en 55:29.
¿Qué cuál fue el desempeño de la cámara? Pues hay que decirlo, no es ninguna maravilla. Era algo de esperar, dado el precio, y la calidad de los plasticos de la propia cámara. Al ser en sensor de tipo CMOS (y sospecho que no de muy buena calidad), si mueves demasiado rápido la cámara tiende a deformar la imagen. Y esto, en una cámara que ha de grabar imagen en movimiento acoplada a un manillar de bici, es un claro problema. El audio es bastante malo, y en cuanto al vídeo grabado, apenas tiene compresión, por lo que se come a una velocidad disparatada la memoria (de tipo MicroSD). Para muestra, una grabación de 22 minutos ocupa algo más de un giga.
Aun así, creo que ha valido la pena, pues permite realizar tomas como la que sigue. Espero que os guste:
En cuanto a mi rendimiento en la etapa, fue el siguiente: 12’9 km en 55:29, 157 pulsaciones/minuto de media, 182 de máxima, un consumo energético medio de 1200 kcal/h, y máximo de 1450. No está mal para una pequeña etapa de prueba.
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