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Asociado al gabinete del Doctor Caligari
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11 feb 07 Las 24 últimas horas de la vida de Jonás Hernández

Capítulo II

III

Sí, se le había acabado la suerte. Apenas la sombra cubrió su vehículo, Jonás volvió su vista al frente. Entonces lo vió. Un camión de gran tonelaje, en veloz descenso hacia él, era lo que había eclipsado el sol. Apenas tuvo tiempo de reaccionar, pues ya lo tenía encima. Jonás intentó contravolantear, pero el fiel Lancia patinó sobre el húmedo asfalto y a derrapar hacia el camión. Su conductor, a su vez, clavó frenos, pero esto no hizo sino empeorar la situación, ya que el camión empezó a hacer la tijera, arrastrando a su vez a los vehículos que se encontraban en el resto de carriles.

¿Sería así, finalmente, como acabaría su vida? Irónico, ya que precisamente había desechado coger su bicicleta por no acabar aplastado bajo una camioneta, e iba a acabar precisamente así, pero debajo de un camión. Y sin embargo, algo le decía que no iba a morir así. Que no podía morir así. Jonás se encorvó sobre sí mismo, intentando adoptar una postura fetal para protegerse en la medida de lo posible de lo inevitable

El impacto se produjo por la parte trasera izquierda del Lancia. Ésta impactó contra la parte izquierda del eje trasero de la cabina del camión, destrozando cristales y hundiendo chapa. El coche salió despedido, girando sobre sí mismo, hacia el remolque. El segundo impacto se produjo al pasar el Lancia bajo el remolque. El brutal choque arrancó de cuajo el techo del vehículo, y de milagro no decapitó a Jonás. Increíblemente, había pasado por debajo del camión, pero sólo para empotrarse, metros después, contra un Ford Focus que venía de frente. El camión, por su parte, continuó su descontrolado avance, arrastrando vehículos y segando el puente como una siniestra guadaña de veinte toneladas, hasta que impactó contra el pretil metálico del puente, para precipitarse, a continuación, a las aguas del Río Grande.

Jonás salió como pudo del destrozado vehículo. Tenía un feo corte en la frente que le bañaba el rostro con su propia sangre, así como un espantoso dolor en el hombro derecho. Aparte de eso, parecía encontrarse razonablemente bien. Apenas contempló su alrededor, supo con inequívoca certeza que estaba en graves problemas. Había provocado, con total certeza, el más grave accidente de circulación jamás acontecido en la ciudad de Isbilia. Había provocado, al menos, una decena larga de accidentes en un puente crucial para el tráfico urbano, y como colofón había hecho derrapar un camión, que en su imparable avance había arrastrado quién sabía cuantos vehículos a una brutal caída al río. Necesitaba escapar de allí sin demora alguna.

Volvió a mirar su Lancia. Imposible. No sólo la trasera se encontraba completamente destrozada, por no contar que ya no tenía techo, sino que el impacto contra el Focus había destrozado el eje delantero y reventado el motor. El viejo Delta Integrale había pasado a mejor vida como los buenos. Tendría que pensar en algo distinto. A no mucho tardar la policía haría acto de presencia, y todo aquello no iba a gustarles demasiado.

Cuando ya se debatía entre empezar a correr entre el fenomenal atasco que se estaba produciendo, un motorista que bajaba hacia Jonás, al intentar evitar los restos desperdigados de chatarra de los múltiples accidentes, perdió el control de su montura, que derrapó sobre el asfalto. El piloto, a su vez, rodó sobre éste hasta impactar brutamente contra un Seat Ibiza. Ésa era su oportunidad. Jonás corrió hacia la moto, que se había detenido no muy lejos. Comprobó que los daños no eran graves, apenas rozones y daños en espejos y derivabrisas, y montó sobre ella. Aceleró a fondo, y salió disparado de allí. Dirigió una última mirada a su Lancia, tan sólo para ver cómo el motor había comenzado a arder.

La moto, una BMW R 1200 R, respondía a la perfección. A toda velocidad remontó lo que quedaba de puente, y empezó el descenso. En pocos instantes se encontró de nuevo bañado por la niebla. Pero aquello no podía durar. Sabía a la perfección de la existencia de cámaras de tráfico en el puente, y era tan sólo cuestión de tiempo que lo localizaran. Necesitaba esconderse hasta que pasara la tormenta. Y conocía el sitio perfecto.

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Comentarios de los lectores

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