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06 mar 16 Vía de la Plata Mérida – Zamora: Cáceres – Riolobos (29/III/2015)

Esta entrada es la parte 3 de 7 de la serie Camino de Santiago 2015

El Domingo de Ramos, 29 de marzo de 2015, empezamos la segunda etapa de nuestro peregrinar. Nuestro compañero de habitación, el peregrino a caballo, aún dormía cuando nos levantamos, en torno a las 8 de la mañana. Desayunamos en el albergue Las Veletas y empezamos a rodar a las 9:15h. La mañana no estaba especialmente fría, pero sí ventosa, algo que a lo largo del día nos iba a dar bastante guerra. El cielo, eso sí, estaba completamente despejado. En esta ocasión, y para evitar desastres como los de la etapa anterior, nos embadurnamos bien en protector solar, y optamos por llevar manga larga, algo que en mi caso sería ya una tónica a lo largo de todo el viaje. La piel enrojecida del sol me picaba con la manga larga, pero mejor eso que seguir churruscándome por media Extremadura y Castilla.

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Salimos de Cáceres pasando junto a su plaza de toros, para dirigirnos por carretera hacia el cercano pueblo (11 kms) de Casar de Cáceres, archiconocido por su queso. La vía coincide con el trazado de la carretera, CC-38, hasta prácticamente el pueblo. Circulamos también durante un rato en paralelo a una vieja vía de tren desmantelada. El perfil era descendente, si bien con pequeños cambios de rasante, y el entorno estaba completamente deforestado. Una llanura abierta a todos los vientos del mundo, que ese día -como suele ser de rigor- soplaban en contra. Atravesamos Casar de Cáceres, aún sumidos sus habitantes en el sueño, y tras hacer una pequeña parada en su iglesia parroquial, continuamos nuestro camino, para salir del pueblo junto a la ermita de Santiago.

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Nada más salir del pueblo acabamos con el asfalto. La salida era una subida por pista de tierra, bastante bien mantenida, que nos habría de dirigir, en un trazado prácticamente rectilíneo, por una serie de fincas, siempre en dirección norte, hasta el cercano embalse de Alcántara.

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Un trazado que no sería nada del otro mundo, si no fuera por la increíble sucesión de miliarios romanos que a ambas márgenes del mismo se encontraban. Pero no dispuestos, como uno pudiera pensar, con una distancia de mil pasos entre ellos. Lo habitual era encontrarlos juntos y en pie…

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…en la mayoría de los casos…

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…y en sorprendentes aglomeraciones, en ocasiones.

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Semejante colección de miliarios haría las delicias de cualquier museo de historia que se preciara. Y allí se encontraban, en una suerte de almacén al aire libre (y utilizo este término por ser piadoso), para el disfrute de los ojos del viajero avisado.

Seguimos cruzando fincas, cotos de caza y cercados ganaderos, para aproximanos poco a poco al inmenso embalse de Alcántara. En sus cercanías nos encontramos con las malhadadas obras del AVE a Extremadura y Lisboa, aún en marcha en España, pero interrumpidas en Portugal por la crisis.

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Dichas obras, que interrumpen el camino, obligan a realizar un rodeo por una pista de obra hasta salir, en fuerte descenso, a la N-630. Algo que para los ciclistas no es mayor problema, pero que sí es una importante molestia para el peregrino a pie. En paralelo a la Nacional el camino sigue por unos abruptos senderos con la marca de GR, que preferimos evitar, afrontando un descenso rapidísimo por la carretera hasta el río Almonte, donde nos encontramos con el primero de los puentes del AVE que en 2015 aún estaban en construcción.

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Lo malo de bajar es que -por lo general- suele tocar subir. Y en este caso no iba a ser distinto. Con el fastidio añadido de que había que subir para, acto seguido, volver a bajar, esta vez para cruzar el río Tajo. Ascendimos y pasamos junto a la solitaria estación de tren de Río Tajo, prácticamente abandonada.

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A esas alturas yo iba buscando de manera obsesiva la torre Floripes, que emerge de las aguas del pantano cuando éste se encuentra bajo, y prácticamente nunca se oculta bajo sus aguas. Y pese a que el pantano se encontraba bastante lleno, no lo estaba lo suficiente como para poder ocultarla en esa ocasión. Sin embargo, no fuimos capaces de encontrarla. Tan sólo vimos un abandonado caserío que emerge en la cúspide de una loma casi oculta por las aguas.

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De nuevo al nivel de las aguas del pantano, cruzamos el Tajo, para contemplar el segundo puente del AVE, gemelo del anterior, alzarse a nuestra derecha. Cuesta trabajo imaginar si alguna vez estas obras llegarán a rentabilizarse. Al poco de pasar el puente y -de nuevo en subida- hicimos la primera parada larga del día en el bar del club de pesca del embalse de Alcántara. Eran las 12:15h, y llevábamos ya 33 kilómetros de etapa. No estaba mal, pero eran los 33 kilómetros fáciles. Desde allí todo lo que nos esperaba era en subida. Nuestra siguiente parada era el pueblo de Cañaveral, a unos 11 kilómetros de distancia. Y de nuevo, teníamos dos alternativas: tomar la pista que, junto al club, surgía a la derecha de la carretera, y que sube por cerro Garrote, o bien seguir por la carretera y entrar en el pueblo por la misma. Y pese a que suelo ser un defensor de hacer uso de la pista, en este caso tenía dos poderosas razones para optar por la carretera. La primera es que, en realidad, el trazado más fiel es el de la carretera (sobre todo si tenemos en cuenta que el trazado de la vía de la Plata yace bajo las aguas del embalse). La segunda no era otra que el puente de Alconétar.

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El puente de Alconétar es un puente romano del siglo II d.C., atribuido al emperador Trajano y a su genial arquitecto Apolodoro de Damasco, y que uno de los más antiguos puentes en arco segmentales del mundo. Tal es su importancia que sus restos fueron desmontados y trasladados a su actual ubicación cuando se construyó la presa de Alcántara, cuyo embalse acabaría inundando su ubicación original. Valía la pena recorrer algo más de tiempo por asfalto si con ello podíamos contemplarlo. Sobre todo si, para mi frustración, nos habíamos perdido la Torre Floripes.

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Pasado el puente de Alconétar seguimos por la Nacional camino de Cañaveral. Al principio, sobre todo cuando seguíamos cerca de las colas del embalse, de manera suave, pero poco a poco en un ascenso más acusado, para acabar llegando al pueblo en franca subida. Poco antes de llegar al mismo nos encontramos, a nuestra derecha, el trazado de la vía de romana, que nos ofrecía una bonita vista de un puente, posiblemente medieval.

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Hicimos una pequeña parada en el pueblo para abasternos de agua, y continuamos nuestro rodar. Salimos del pueblo con el siguiente objetivo en mente: el puerto de Los Castaños. Como el lector podrá imaginar, no iba a ser precisamente en bajada. Hicimos un pequeño alto en la ermita de San Cristóbal, justo al pie del puerto. Allí teníamos de nuevo dos alternativas de subida: lo indicado por el Camino, en pista por detrás de la ermita, o por carretera, a su derecha. Y de nuevo, en esta ocasión, lo hicimos por carretera, si bien a regañadientes por mi parte. Aunque esta decisión tuvo un buen final: en la cima del puerto encontramos un trozo rehabilitado de la calzada romana, junto con una reproducción de un miliario. Una bonita foto para culminar el puerto. Llevábamos ya 50 kilómetros de etapa.

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Recorrimos los 3 kilómetros de asfalto que nos separaban de Grimaldo, para llegar al que habíamos planificado que fuera nuestro final de etapa a las 14:30h. Tras tanto asfalto, habíamos finalizado la etapa antes de lo previsto. Y dado que Grimalno no ofrecía nada de especial interés, y que la etapa siguiente iba a ser larga y dura, decidimos continuar hasta el siguiente pueblo, Riolobos. No sin antes, disfrutar de una más que razonable comida en el restaurante del pueblo.

Volvimos a ponernos en marcha AL filo de las 16:00h. Y esta vez, de nuevo, por senda. Al principio pista, pero que poco a poce se iba estrechando, a medida que nos internábamos, una vez más, en la dehesa extremeña.

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A la salida de Grimaldo llegamos a las cercanías de la finca Larios. Este tramo presenta su polémica, ya que el propietario de la finca impide el paso de los peregrinos, de manera ilegal. Pero mientras la Junta resuelve sus contenciosos con el mismo, es necesario tomar un desvío que, a mano izquierda, lleva hacia Riolobos, mientras que la Vía, en realidad, esquiva esta población para digirse directamente a Galisteo. Para nosotros, sin embargo, tuvo la ventaja de poder hacer unos cuantos kilómetros más sin demasiado esfuerzo. El camino desde Grimaldo, es en descenso, a veces vertiginoso, a tramos técnico, y en todo momento muy divertido, aunque con alforjas es necesario tomárselo con calma.

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El tramo final hasta Riolobos es por una buena pista, en fuerte descenso, hasta llegar al pueblo. Dimos por finalizada poco antes de las 17:30h, después de 65 kilómetros de etapa, cuando llegamos a la casa rural La Troje, donde hicimos noche, y que no puedo menos que recomendar encarecidamente, tanto por sus excelentes instalaciones como por el trato amable de sus propietarios.

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Una vez llegados a Riolobos, y después de ducharnos y descansar un poco, invertimos la tarde en visitar el pueblo, pequeño pero agradable, y cenar a base de hamburguesas en un bar cercano a la casa rural. El día había sido largo, pero lo habíamos disfrutado con ganas. Y en nuestra siguiente etapa nos esperaba algo que, por sí solo, hacía que valiera la pena el viaje: el Arco de Cáparra.

Los datos de la etapa son los siguientes:

  • Distancia: 67’478 km
  • Distancia (según el GPS): 65’2 km.
  • Tiempo de etapa: 5h 8m 16s
  • Tiempo desde el inicio de la etapa: 6h 37m 13s
  • Velocidad media: 12’7 km/h
  • Velocidad máxima: 44’6 km/h
  • Pulsaciones medias: 124 pulsaciones/min
  • Pulsaciones máximas: 156 pulsaciones/min
  • Consumo medio de calorías: 2315 kcal/h
  • Consumo máximo de calorías: S/D kcal/h
  • Tiempo en zonas de pulsaciones: S/D
  • Consumo total de calorías: S/D kcal
  • Índice IBP de dificultad: S/D BYC

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28 feb 16 Vía de la Plata Mérida – Zamora: Mérida – Cáceres (28/III/2015)

Esta entrada es la parte 2 de 7 de la serie Camino de Santiago 2015

El Sábado de Pasión empezamos nuestro rodar. Seis jornadas que comenzaban, como no podía ser menos, con un buen desayuno. Para ser el primer día, y pese a que teníamos por delante la segunda etapa en longitud de todo nuestro viaje, no empezamos especialmente temprano. Desayunamos prácticamente solos en el restaurante del hotel, y empezamos nuestra marcha al filo de las 9:00h.

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Pese a que no era demasiado temprano, incluso para un sábado, no había prácticamente nadie en la calle. Mérida aún dormía. Ascendimos por la calle Suárez Somonte hasta las cercanías del Teatro y el Anfiteatro Romanos. No fue posible obtener ninguna buena foto, pero sí pudimos, al menos, tomar una frente al Museo Nacional de Arte Romano, cuya visita recomiendo encarecidamente. A continuación nos dispusimos a cruzar el río Albarregas, para lo cual bajmos hasta la estación de tren, pasamos junto a la basílica de Santa Eulalia, y pasamos junto al espectacular Acueducto de los Milagros, donde pudimos inmortalizar nuestro viaje en la que, a la postre, sería una de las mejores imágenes del viaje:

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Cruzamos el río Albarregas sobre el puente romano -el segundo de nuestro viaje, y de muchos que habríamos de cruzar-, y nos encaminamos hacia el embalse -romano, cómo no- de Proserpina. Tomamos en ligero ascenso, bien acompañados de flechas amarillas, la carretera del Lago, en la que se ha construido un carril bici que lleva al ciclista hasta el mismísimo embalse. Algo de agradecer, desde luego.

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El ascenso se fue haciendo un suave ascenso, que nos llevaría desde los 208 m. al cruzar el Albarregas hasta casi 300 m. de altitud, para luego volver a bajar al llegar al embalse. La mañana estaba algo fresca, y pelín ventosa, pero despejada y agradable para rodar.

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Llegamos al embalse al filo de las diez menos cuarto. Tras las obligadas fotos de rigor, y tomarnos un rato para contemplar la maravillosa obra de ingeniería, seguimos avanzando, siempre hacia el norte. Nos encontramos con numerosos ciclistas, paseantes, y también un continuo goteo de peregrinos, nunca demasiados, pero nunca ausentes.

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Bordeamos durante un rato el embalse, antes de tomar una vieja carretera llena de baches durante unos cuantos kilómetros. Una de esas carreteras por las que parece que, más que pasar los años, pasan las centurias. Tres kilómetros después de dejar atrás el embalse, tomamos una pista que nos introdujo directamente en la dehesa extremeña, camino del pequeño pueblo de EL Carrascalejo.

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El camino era ancho, agradable y cómodo, si bien en un pequeño y suave ascenso, que marcaría su máximo (307 m.) poco antes de llegar a El Carrascalejo. Un camino cómodo y sin demasiados sobresaltos.

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Dejamos atrás El Carrascalejo y su sólida iglesia de estilo tardomedieval -apenas hay mucho más para ver en el pueblo-, camino de la que sería la primera pausa de nuestra jornada: Aljucén. Esta población se encuentra en una vaguada cercana al río del mismo nombre, y llegamos a ella en una suave bajada tras un pequeño alto en el que pudimos encontrar una de las cruces de Santiago hechas en forja que decoran esta parte del Camino:

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En el mismo Aljucén encontraríamos otra de estas cruces, colocada en un miliario romano que se alza en un parque junto a la iglesia local. Eran las once menos veinte, y llevábamos ya 16 kilómetros de etapa. Apenas una pequeña porción de lo que teníamos por delante. Hicimos una pausa para tomar un café, y pegamos algo la hebra al camarero del bar. Nos comentó la posibilidad de visitar un cercano dolmen ibérico, pero ello hubiera añadido unos 28 kilómetros más a nuestra etapa, ya larga de por sí, así que optamos por descartarlo.

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Por delante teníamos dos alternativas: seguir rodando por la N-630, o continuar por el Camino. Creo que no es necesario decir quién optaba por cada una de las alternativas. Tras un pequeño debate, optamos por seguir el plan previsto: el Camino. Sin embargo, algo más adelante, y de acuerdo a nuestra guía, había dos variantes en el Camino. A este respecto, la Junta de Extremadura hizo hace algunos años un trabajo interesante: delimitó la Vía de la Plata con una serie de cubos de granito, a los que hay adheridos unos azulejos. En color verde indican el trazado original de la Vía de la Plata. En amarillo indican alguna alternativa transitable en caso de que el trazado original esté perdido o sea de difícil acceso, y bicolor en caso de que ambos trazados coincidan. En este caso concreto, la Vía presentaba algún problema de tránsito por la finca de un particular.

Salimos de Aljucén y tomamos por un corto período de tiempo la N-630, hasta cruzar sobre el río Aljucén, justo tras lo cual abandonamos la carretera y tomamos, a nuestra derecha, una pista que iba paralela al río. Algo menos de 2 kilómetros después, llegamos hasta los restos del puente romano sobre el río, atribuido al emperador Trajano, y del que tan sólo se conservan los cimientos:

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…y, en efecto, encontramos el punto de la polémica. Se podía apreciar cómo los cubos marcaban diferentes trazados, así como las flechas amarillas del Camino. Optamos por descartar el camino presuntamente problemático (pero fiel al original), y continuamos por el trazado alternativo.

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Continuamos, por tanto, por el camino señalizado en amarillo, camino del Cruce de las Herrerías, cercano a Alcuéscar. Unos 13 kilómetros hasta el Cruce, en lo que iba a convertirse en la segunda de las dos mayores subidas del día, en la que pasaríamos de los 261 m. hasta los 492. El paisaje continuaba siendo una dehesa extremeña, plagada de encinas ocasionalmente de monte bajo, en lo que constituía parte del Parque Natural de Cornalvo y Sierra Bermeja. El camino, pese a todo, no era malo, pese a que en algún momento fuera necesario vadear algún arroyo, que se cobró su peaje en forma de pies mojados. Cosas de calcular mal la profundidad y la consistencia del fondo.

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Afrontamos la subida, que en ocasiones se hacía ciertamente pesada, sobre todo con alforjas, con la obligada paciencia. No se trataba de reventar, sabiendo que aún teníamos por delante más de la mitad de la jornada, y especialmente, las dos principales cotas del día. El clima, por lo demás, ayudaba: un viejto fresco, que no molestaba demasiado, y una temperatura agradable, que invitaba a quitarse capas de ropa. Algo que, a la larga, se revelaría como un error.

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La subida al Cruce de las Herrerías acabaría atragantándosenos un poco. Por el camino encontramos a unos cuantos peregrinos más, especialmente centroeuropeos. Nos llamaba la atención verlos ya coloraditos por el sol, pese a que -pensábamos- no estaba picando tanto. Qué poco aguante tienen estos extranjeros, bromeamos.

Coronamos el puerto a las 12:46h. Allí teníamos dos alternativas: dirigirnos hacia Alcuéscar, y desde allí ir a Casas de Don Antonio por el trazado de la Vía, o bien desviarnos hasta el Cruce y tomar la N-630. En este caso, y tras la exigente subida, optamos por esta segunda opción. Rodamos rápidamente por la Nacional, para llegar, en suave bajada, tras 7 kilómetros hasta Casas. Hicimos una pequeña pausa en un decrépito bar de carretera para tomar unos Acuarius. La idea era parar allí a comer, pero el sitio no invitaba especialmente a ello.

Seguimos otros 6 kilómetros por carretera hasta Aldea del Cano. Poco antes de llegar encontramos el Puente de Santiago, medieval…

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…y una reproducción de un miliario romano, en concreto del miliario XXV. Entre miliarios originales y reconstrucciones llevábamos ya unos cuantos en el cuerpo.

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Seguimos nuestra ruta, para llegar poco después a Aldea del Cano, donde sí encontramos un sitio más acogedor para parar a comer. Nada del otro mundo, en cualquier caso. Un par de bocadillos y a seguir. Pero disfrutamos la pausa. No en balde llevábamos ya 50 kilómetros de etapa y 5 horas largas de recorrido. Viendo que la jornada iba a ser larga, y la llegada a Cáceres tardía, optamos por buscar algún albergue por Internet en Cáceres. Encontamos y reservamos en el Albergue Las Veletas, cercano a la Plaza Mayor. Un problema menos en mente.

Reanudamos la marcha a las 15:00h. Dado que en el tramo de Nacional habíamos recuperado un buen tiempo, optamos por abandonar -pese a las protestas de mi padre- la carretera para seguir un rato más por el trazado de la vía, pese a que con ello nos íbamos a perder una pequeña atracción de la carretera: el paso junto al castillo del Garabato.

Cruzamos sobre la autovía A-66 para internarnos, de nuevo, en la más pura dehesa extreñema. Tras un tramo de pequeñas subidas y bajadas llegamos hasta el aeródromo de La Cervera, que se encontraba poco menos que abandonado. Parecía más un escenario de una película que un verdadero aeródromo. Cruzamos -no quedaba más remedio- por mitad de la pista. De todas maneras, parecía poco probable que un avión fuera a aterrizar en ese preciso momento. Obvio es decir que no fue así.

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Poco después llegamos hasta un curioso pozo con el mal nombre de La Reventada, y seguimos, siempre al norte, en constantes subidas y bajadas, hacia el río Salor y el puente romano de La Mocha, que permite cruzarlo.

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Una vez pasado el puente, llegamos a la cercana población de Valdesalor. Hicimos una nueva parada, la última ya, antes de Cáceres. No era para menos. Teníamos por delante el mayor desafío del día. El puerto de Las Camellas. Aunque en altitud era inferior al Cruce de las Herrerías (477 m. frente a 492), tenía la desventaja de ser más corto, y de llevar nosotros más kilómetros en las piernas. En esta ocasión tocaría subirlo por asfalto.

Dejamos atrás Valdesalor y tomamos de nuevo la N-630, que ya no abandonaríamos hasta coronar el puerto, junto a la base militar de Santa Ana. El viento, que nos había acompañado durante todo el día se dejaba notar con gran fuerza en el puerto. Pero después de lo que llevábamos encima, no quedaba sino apretar lo dientes, y seguir avanzando. Tras coronar el puerto abandonamos la carretera y, por un descampado bastante desolado, junto a la cerca de la base, emprendimos la bajada hacia la cercana Cáceres. Entramos por un polígono industrial sin nada que destacar para, poco después, llegar a una versión más amable de la ciudad Patrimonio de la Humanidad, al llegar a la plaza del puente de San Francisco. Desde allí bordeamos la muralla por la calle de San Roque, y entramos en el casco antiguo por la Puerta del Concejo.

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Deambulamos un poco por el casco de Cáceres, para llegar a la Concatedral, donde sellamos las credenciales, y posteriormente a la Plaza Mayor, pasando por el Arco de la Estrella, y pasando junto a la Torre Bujaco. La primera jornada había terminado.

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Pero no así el primer día. Nos dirigimos al albergue de Las Veletas, una bonita casa antigua convertida en casa de huéspedes. Allí compartimos habitación con un peregrino a caballo. Nos duchamos, preparamos bicis y arreos para el día siguiente y… ¡vimos que estábamos quemados como cangrejos! Tanta brisa y tan poca sombra, y nos habíamos quemado como vulgares guiris sin darnos cuenta.

Empleamos el resto de la tarde en buscar una farmacia donde comprar crema para después del sol y protector solar, mi padre escuchó misa en las cercanías de la Plaza Mayor, mientras yo leía, en una terraza en la Plaza, tomando un vermú. Luego cenamos en otra terraza, con una excelente vista de la torre de los Galarza, y nos recogimos temprano.

Los datos de la etapa son los siguientes:

  • Distancia: 76,9 km
  • Distancia (según el GPS): 74,4 km.
  • Tiempo de etapa: 6h 0m 9s
  • Tiempo desde el inicio de la etapa: 8h 34m 19s
  • Velocidad media: 12’4 km/h
  • Velocidad máxima: 36’4 km/h
  • Pulsaciones medias: 129 pulsaciones/min
  • Pulsaciones máximas: 163 pulsaciones/min
  • Consumo medio de calorías: 2607 kcal/h
  • Consumo máximo de calorías: S/D kcal/h
  • Tiempo en zonas de pulsaciones: S/D
  • Consumo total de calorías: S/D kcal
  • Índice IBP de dificultad: 59 BYC

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20 feb 16 Vía de la Plata Mérida-Zamora: Prólogo (27/III/2015)

Esta entrada es la parte 1 de 7 de la serie Camino de Santiago 2015

En la Semana Santa de 2015, fieles a una tradición que en 2015 cumplía 10 años, mi padre y yo nos volvimos a poner en marcha para completar una aventura jacobea. En este caso, se trataba de culminar el Camino Mozárabe entre Córdoba y Santiago de Compostela, del que ya habíamos hecho dos tramos:

  • Vía de la Plaza entre Zamora y Santiago de Compostela. Realizado en 2010, acompañados por Pablo, y Ana con el coche escoba.
  • Camino Mozárabe entre Córdoba y Mérida. Realizado en 2013.

Se trataba, en este caso, de culminar el tramo intermedio, entre Mérida y Zamora. 358 kilómetros a realizar en 6 jornadas, alternando asfalto, pista, senderos y -gracias, gracias, gracias- antiguas vías romanas que cruzan la Península de Sur a Norte, con 2000 años de historia a sus espaldas.

La fecha escogida, como en otras ocasiones, fue la Semana Santa, al disponer de una serie de días de vacaciones que facilitaban enormenente estas tareas logísticas. A fin de poder aprovechar la Semana Santa de manera íntegra, decidimos realizar entre el Sábado de Pasión y el Jueves Santo, y poder tener algunos días para otros menesteres: mi padre -el auténtico héroe- salir el Viernes en procesión con la Hermandad de Los Dolores, y yo pasar unos días de vacaciones en Galicia con Ana.

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En esta ocasión, y para evitar dolores de cabeza, decidimos salir juntos desde Sevilla el mismo Viernes de Dolores. Tras finalizar mi jornada laboral, me dirigí a Santiponce, cerré la casa, y con la bicicleta ya preparada, me dirigí a la estación de autobuses de Plaza de Armas.

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Mi padre, por su parte, tomó el regional entre Córdoba y Sevilla, para llegar a la estación de tren de Santa Justa. Desde allí cruzó Sevilla hasta llegar a Plaza de Armas, donde nos encontramos. El día era caluroso y seco. Qué diferencia con la Semana Santa de 2013. No había color.

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En Plaza de Armas empaquetamos las bicis y nos dispusimos a esperar el autobús. Era un día de mucho trasiego de viajeros, y se notaba. Comienzo de vacaciones para muchos, y de aventuras para unos cuantos, entre los que nos encontrábamos. Las aventuras, en realidad, empezaron pronto. El autobús venía con retraso, a resultas de lo cual no llegamos hasta Mérida hasta el filo de las once de la noche. Al menos no tuvimos que preocuparnos de buscar restaurante para cenar, ya que lo hicimos en una de las paradas del autobús. Y, al llegar tan tarde, pudimos captar alguna bonita fotografía del Puente Lusitania, desde el Puente Romano de Mérida. Que hubiera sido el interesante de fotografiar, pero no se puede tener todo…

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La noche en Mérida la pasamos en el Hotel Nova Roma, que ya conocía de haber visitado Mérida con Ana unos años antes. Céntrico y con un precio razonable, nos permitía hacer una salida temprana desde una ubicación inigualable en nuestra primera jornada.

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18 ene 16 Camino Mozárabe: Etapa 4: Castuera – Mérida (26/III/2013)

Esta entrada es la parte 5 de 5 de la serie Camino de Santiago 2013

La que a la postre acabaría siendo la última etapa de nuestro viaje empezó temprano, muy temprano. Apenas eran las 7:15h de la mañana y ya nos encontrábamos rodando camino de la estación de tren de Castuera. Se trataba de una mañana fría y nubosa, que no presagiaba nada bueno en lo meteorológico. Apenas llegamos a la estación, en donde no había nadie a tan menguada hora, pegamos la hebra con el jefe de estación, con la idea de intentar averiguar dónde podríamos encontrar una tienda de bicicletas en Don Benito.

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Éste, muy amablemente, nos buscó la información por Internet, dando con la tienda de bicis más afamada de la comarca, Ciclos Cuadrado, e incluso nos hizo un croquis de cómo llegar allí desde la estación. E incluso, ya que teníamos previsto rodar desde Don Benito a Mérida, nos sacó unas capturas de Google Maps, a fin de que tuviéramos algún tipo de mapa de carretera. A eso de las 8 tomamos el tren dirección Mérida, y nuestro caso con parada en Don Benito. Con apenas dos paradas (Campanario y Villanueva de la Serena), llegamos a Don Benito a las 8:35h.

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Aún no llovía, pero pintaban bastos. Así que corrimos a buscar -dado que a esa hora la tienda de bicicletas no iba a estar abierta- un sitio donde tomar un desayuno. Acabamos parando en un bar cercano a la plaza de toros, y que no distaba demasiado de la tienda de bicis. Allí nos tomamos nuestro tiempo, pues prisa no había, y sí malas perspectivas meteorológicas.

En efecto, cuando tocó abandonar el bar e ir a la tienda de bicis, la lluvia hizo por fin acto de presencia. Y qué presencia. Empezó a descargar con saña, haciendo que en un trayecto de unos pocos centenares de metros acabáramos como sopas. Eso acabó por desmoralizarnos. Eso y que la predicción para el resto del día era igual o peor. Pero ya que estábamos, arreglaríamos la bici. En efecto, tocó cambio de cadena y, ya de paso, de cable del cambio, amén de un ajuste del desviador que el dueño de la tienda no quiso cobrarme. Un trato excelente.

Así pues, visto lo que teníamos por delante, descartamos seguir camino de Medellín y de Mérida. Ya habíamos tenido suficiente agua, averías e infortunios en lo que llevábamos de viaje. Y dado que teníamos una estación de tren a tiro de piedra, decidimos tirar la toalla. Por ese año ya estaba bien. No en balde, habíamos hecho ya 150 km. plagados de todo tipo de problemas, de los casi 250 que teníamos previsto hacer.

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El camino de la tienda de bicis a la estación fue otro aguacero. Que irónicamente terminó al poco de llegar a la estación. Si bien es verdad que no por mucho tiempo, ya que los aguaceros iban y venían. Teníamos una larga espera -hasta las 14:25h- por delante, ya que apenas eran las 11 de la mañana. Matamos el tiempo como bien pudimos, y aprovechamos para poner la ropa a secar.

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Como no podía ser menos, el tren acabó llegando, y en apenas 40 minutos de viaje estábamos en Mérida. Habíamos llegado, sí, aunque no de la manera esperada. Y encima, el día volvía a amenazar con descargar agua. El viento, como a primeras horas de la mañana, no prometía nada bueno. Así que nos apresuramos. Había que cruzar la ciudad de Mérida para ir de la estación de tren a la de autobuses. No tardamos en llegar a las cercanías del Puente Romano, donde encontramos, junto a la estatua de la Loba Capitolina, un monolito del Camino Mozárabe:

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Echamos algunas fotos más junto al Puente…

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…que no dudamos en atravesar…

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…a todo correr, porque aún no habíamos cruzado el Guadiana cuando empezaron a caer gotas gordas como cocos de La Habana. Y de esta manera, dimos por finalizado nuestro recorrido por el Camino Mozárabe. Almorzamos en la estación de autobuses, y esperamos con calma nuestros autobuses. Mi padre tomó el suyo a Córdoba a media tarde, y yo el mío a Sevilla algo más entrada la noche.

Pero como toda buenas historia, el final de ésta fue el germen de la siguiente. Habíamos recorrido la Vía de la Plata entre Zamora y Santiago, y el Camino Mozárabe entre Córdoba y (ejem) Mérida. ¿Por qué no realizar el trozo que faltaba entre Mérida y Zamora? Y así, con este germen de idea, empezamos a pensar en nuestro nuevo reto.

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17 ene 16 Camino Mozárabe: Etapa 3: Hinojosa del Duque – Castuera (25/III/2013)

Esta entrada es la parte 4 de 5 de la serie Camino de Santiago 2013

Comenzamos el tercer día de nuestro recorrido con un primer y acuciante objetivo en mente: encontrar una cadena de repuesto para mi bicicleta. Algo que el día anterior, por ser Domingo de Ramos, había resultado imposible. Y bien, estábamos en Hinojosa del Duque, uno de los pueblos más grandes de la zona. Se suponía que no tendría que resultar tan difícil.

Lo fue. De hecho, fue imposible. Tras preguntar a los lugareños, pronto supimos que en el pueblo sólo había dos tiendas de bicis. Una de ellas, estaba prácticamente cerrada por inminente jubilación de los dueños, y estaba a cerrada a esa hora de la mañana, pero uno de los vecinos nos hizo el favor de localizar a la dueña, que nos abrió amablemente la tienda… para ver que sólo disponía de cadenas de hasta 8 velocidades. Nunca resultó tan irritante tener una corona de nueve. Nos recomendó otra tienda a la salida del pueblo, camino de Belalcázar. Allí nos dirigimos. No era específicamente una tienda de bicis, sino de motocicletas, pero vendían también repuestos. Con el mismo resultado. Cadena de hasta 8 velocidades. Allí nos recomendaron probar en Belalcázar, donde había otra tienda de repuestos. No de bicis, sino de motos, pero que seguramente tendrían material.

Tocaba tomar una decisión. Nuestro supuesto recorrido tomaba una serie de caminos, para llevarnos hasta la ermita de la Virgend de las Alcantarillas, último bastión cordobés antes de entrar en tierras extremeñas, que evitaba pasar por Belalcázar. Caminos que, por otro lado, hacían necesario vadear una serie de arroyos, para terminar vadeando el río Zújar, algo que en época de lluvias se antojaba un tanto complicado. Además, era más que previsible tener barro, lo que haría más dificultoso el rodar, ejerciendo más tensión en la cadena, y exponiéndola a seguir saltando. Y ya disponía de muy poca cadena, a esas alturas. La otra opción era ir por carretera a Belalcázar, conseguir el repuesto (si lo había) y luego ir por carretera la Virgen de las Alcantarillas.

Y en eso estábamos, debatiendo, cuando alguien me llamó por mi nombre. En Hinojosa. Al darme la vuelta, sorprendido, me encontré con Chicote, compañero de fatigas del Club Bartocalvos. Se encontraba trabajando como operario de mantenimiento de carreteras del Ministerio de Fomento, y allí estaba, con su furgoneta de trabajo. Le comentamos rápidamente la situación, y se ofreció a llevarnos hasta Castuera, ya que, al fin y al cabo, tenía que realizar algunas labores por aquella zona. Sopesamos la oferta, y tras pensarlo un poco, decidimos no aceptarla. Seguramente en Belalcázar tendríamos más suerte. O al menos, eso esperábamos. Nos despedimos de Chicote, y tomamos las bicis. A Belalcázar.

Salimos de Hinojosa recién pasadas las 10 de la mañana. El día estaba cubierto y corría viento, pero al menos no llovía. Eso sí, íbamos ya con casi dos horas de retraso sobre el horario previsto y encima íbamos a dar un buen rodeo. Y aún teníamos que comprar la cadena y montarla. El viaje a Belalcázar no tuvo misterio alguno. Casi 8 kilómetros de recta pura y dura en suave descenso. Tan sólo se trataba de rodar con calma para no forzar la cadena. Seguimos las indicaciones que nos habían dado, y no tardamos en localizar la tienda de repuestos, cerca del antiguo colegio del estado. Y se encontraba cerrada. ¿Qué hacer? ¿Abrirían un Lunes Santo?

Tras un rato de espera, llegó el dueño de la tienda. Y tras pedirle la cadena, mismo resultado que en Hinojosa: cadena para 8 velocidades máximo. Ahora sí que teníamos un problema, ya que el próximo pueblo en el recorrido estaba a casi 30 kilómetros de distancia. Y entonces me acordé de mi llavero. Un llavero casero, que le había copiado a Pablo, un buen amigo, porque en su sencillez y elegancia era una pequeña obra de arte. Un llavero hecho con eslabones de cadena de bici:

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De una vieja cadena. Que llevaban desaceitados y sin uso casi un año. Pero mejor eso que nada. Con el tronchacadenas deshice el llavero y monté los eslabones en la cadena:

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¡Hurra! Se notaba a las claras cuáles eran los eslabones de la cadena antigua, pero era mejor eso que nada. La pregunta era: ¿aguantarían? Sólo había una manera de saberlo. Pero por el momento, mi llavero hecho con una cadena vieja nos había salvado el día.

Reemprendimos la marcha pasadas las 11 de la mañana. Teníamos por delante una bonita cantidad de kilómetros de asfalto para llegar a la Ermita de la Virgen de las Alcantarillas. Al menos iban a ser por asfalto, por lo que podríamos recuperar en cierta manera las horas perdidas en la búsqueda de la cadena. La parte mala del asunto es que desconocíamos por completo. Teniendo en cuenta que teníamos que cruzar el río Zújar era de prever que en general fuéramos en descenso, pero en esas cosas realmente nunca se sabe.

La primera en la frente. A la salida de Belalcázar nos tocó subir una tachuela. Bien para probar la cadena, pero desde luego eran ganas de fastidiar. Y no fue la única. A la postre el camino hasta la Virgen de las Alcantarillas acabaría siendo eso, una sucesión de subidas y bajadas, en general en descenso hasta el río, pero que no podían ser más fastidiosas. Al menos el asfalto era bueno, y el paisaje, arrebatador en su sencillez.

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Mucho cultivo de gramínea, y de cuando en cuando, algo de dehesa. Llegábamos a Extremadura. Y así, en un paisaje de horizontes infinitos, nos cruzamos con el viejo ferrocarril de Almorchón. Otra recta más hacia el horizonte.

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Y así, poco a poco, nos fuimos aproximando a nuestra siguiente parada. La Ermita de la Virgen de las Alcantarillas se encuentra en un risco pegado al río Zújar. Es de época tardomedieval, y punto de encuentro para los romeros de la comarca.

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Cuando llegamos al Zújar vimos que, en realidad, habíamos hecho bien al no tomar el camino. No tenía pinta de que el río se pudiera vadear, ni mucho menos, en aquella época del año :mrgreen: :

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Pasamos el río, y afrontamos la subida a la Ermita. Hasta ese momento la cadena se había portado de fábula. Bien es verdad que extremando el cuidado por mi parte. Pero en la subida a la Ermita me emocioné, y en uno de los repechos finales forcé más de la cuenta. Resultado: cadena rota. Esta vez por el arreglo hecho con el llavero.

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No había gran cosa que se pudiera hacer. Arreglé la cadena como pude -de nuevo quedándose un pelín más corta- y tomamos unas barritas de cereales para reponer fuerzas. Frisábamos las 12:30h, y aún nos quedaban 9 kilómetros hasta Monterrubio de la Serena. Y esta vez -eso era seguro- cuesta arriba. Continuamos nuestro rodar, para llegar poco después al límite autonómico entre Andalucía y Extremadura. Más allá de por el cartel de carreteras, se podía notar bien a las claras dónde acababa una y empezaba otra:

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El día seguía cubierto y amenazando con empezar a descargar agua en cualquier momento. Pero aguantaba. El viento que soplaba -eso sí- era un fastidio continuo. Seguimos rodando, camino de Monterrubio. Como habíamos previsto, en subida casi continua. Al principio no muy acusada, pero poco a poco, a medida que nos aproximábamos a Monterrubio, en mayor pendiente. Y en estas, de nuevo rompí la cadena. Tenía la irritante sensación de estar sembrando de eslabones las comarcas de Los Pedroches y La Serena. Si alguna vez sale allí algún árbol que dé eslabones, ya saben a quién se lo han de agradecer. Como estábamos muy cerca de Monterrubio, y se aproximaba la hora de comer, tomamos una decisión. Cogí la bici de mi padre y fui a toda velocidad -que permitían las alforjas- al pueblo para buscar una tienda de bicis. Mi padre, por su parte, intentaría arreglar la cadena mientras tanto o bien ir andanado hasta el pueblo.

Así lo hicimos. Llegué a Monterrubio a las 13:45h. Pregunté en la gasolinera del pueblo, y allí me dijeron que en Monterrubio no había tienda alguna de bicis. Que habría que ir Don Benito o a Zafra. No había mucho más que hacer que buscar algún sitio para almorzar. Me reencontré con mi padre, hicimos un apaño a la cadena, y nos fuimos al Ayuntamiento a sellar las credenciales. Pegamos la hebra con el funcionario municipal, que también era aficionado a la bici. Nos confirmó lo que nos había dicho el gasolinero, y nos recomendó un pequeño restaurante para comer, con un menú del día bastante aceptable.

Y de nuevo, otra decisión a tomar. Teóricamente tendríamos que tomar el camino de Monterrubio a Castuera, junto a la discoteca Oli-Bar en la carretera de Puerto Hurraco, o bien tomar dichar carretera, y desde Puerto Hurraco tomar la carretera de Castuera. Y de nuevo no hubo prácticamente debate. Era tarde, había que buscar alojamiento en Castuera y encontrar -si fuera posible- una tienda de bicis. O algún sitio con posibilidades de vender una cadena.

10 kilómetros hasta Puerto Hurraco, pueblo de infausto recuerdo por el crimen allí cometido a finales de los noventa. Pero apenas cuatro casas al borde la carretera. Eso sí, hubo que sudar para llegar hasta allí. Una subida que a la postre se convertiría en la cota máxima de la jornada, en una carretera perfectamente recta, pero llena de cambios de rasante. Y con viento. Y con coches que pasaban a toda velocidad. Lo que todo ciclista desea. Superada dicha cota máxima llegamos a Puerto Hurraco en descenso, para tomar a continuación la carretera de Castuera, capital de la comarca de La Serena, y más que posible antigua villa romana de Artigi, que se alzaba junto a la vía Corduba-Emérita, junto a dos cerros gemelos que constituyen una avanzadilla de Sierra Morena en la planicie extremeña.

Emprendimos una acusada bajada hacia el arroyo de Ballesteros. Cosa que siempre es mala cuando tu destino se encuentra en una montaña, ya que toca volver a subir. Pero que en este caso fue aún más fastidiosa por una nueva rotura -otra más- de la cadena. Acabamos llegando a Castuera a las 16:30h de la tarde. Nos alojamos en un pequeño hotel del pueblo, ironías de la vida en su parte más alta.

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Por la tarde, completadas las labores habituales de limpieza de ropa y preparación de aparejos para el día siguiente, realizamos una visita al pueblo. Se trata de una agradable población que fue propiedad de la Orden de Alcántara en los siglos XV y XVI. Eso, y el ser capital de la comarca es algo que se deja ver a las claras en el pueblo, donde abundan casas solariegas y una arquitectura recia. Sin lugar a dudas, un sitio agradable donde parar.

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Sin embargo, en materia de repuestos ciclistas no van tan bien servidos. No hubo suerte. Ni una tienda de bicicletas en el pueblo, y tan sólo en una tienda de menaje variado conseguimos encontrar una cadena… de nuevo de 6-7-8 velocidades. Y el consejo de acudir, como mal menor, a Don Benito para conseguir repuesto. En nuestro recorrido habríamos de pasar cerca de Don Benito, en nuestro camino a Medellín, donde tendríamos que terminar la etapa siguiente. Durante la cena en el hotel, reflexionamos sobre ello. Finalmente, tomamos una decisión. No era viable recorrer la etapa, tal y como la teníamos prevista, hasta Medellín, ni yendo por camino ni -como se había demostrado en esta jornada- por carretera. La cadena no daba para más. Por suerte teníamos una para de tren regional en la misma Castuera, que unía la población con Mérida, y con parada en Don Benito. Decidimos para la jornada siguiente ir en tren a Don Benito, y allí conseguir repuestos. Y como Don Benito se encontraba prácticamente al lado de Medellín, nos saltaríamos la cuarta etapa casi al completo, para ir en bici desde Don Benito a Mérida. Eso si el tiempo no lo impedía.

Los datos de la etapa son los siguientes:

  • Distancia: 56´3
  • Distancia (según el GPS): 56’7 km.
  • Tiempo de etapa: 3h 43m 48s
  • Tiempo desde el inicio de la etapa: 6h 26m 16s
  • Velocidad media: 15’2 km/h
  • Velocidad máxima: 41’1 km/h
  • Pulsaciones medias: 106 pulsaciones/min
  • Pulsaciones máximas: 167 pulsaciones/min
  • Consumo medio de calorías: 670 kcal/h
  • Consumo máximo de calorías: 1270 kcal/h
  • Tiempo en zonas de pulsaciones: 2h 12m 43s
  • Consumo total de calorías: 4465 kcal
  • Índice IBP de dificultad: 31 BYC

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