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El síndrome del francotirador majara
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05 feb 12 Camino de Santiago 2011: Introducción

Esta entrada es la parte 1 de 7 de la serie Camino de Santiago 2011

Camino de Santiago

En 2011, un año más, siguiendo la tradición empezada en 2005, volví a realizar el Camino de Santiago. En esta ocasión tenía algo de especial. Más que algo, una buena cantidad de cosas:

  • Íbamos a realizar un Camino que, estrictamente hablando, no se podía hacer: la Ruta del Mar de Arosa y Río Ulla, que sólo se puede hacer en barco.
  • Por vez primera íbamos a llegar a Santiago sin el mínimo de kilómetros para la Compostela. Pero eso, a estas alturas de nuestra experiencia jacobea, era casi lo de menos.
  • Para compensar lo anterior, íbamos a realizar, en realidad, dos Caminos en uno, ya que a partir de Santiago continuaríamos hasta Finisterre. Por vez primera, nuestro punto de destino estaba más allá de Santiago.
  • Y para terminar, ese iba a ser mi último Camino de Santiago, ya que, con esos dos, ya habría recorrido todos los Caminos de Santiago existentes en Galicia.

A lo largo de una serie de artículos, como viene siendo costumbre, iré relatando las vicisitudes de cada una de las etapas que realizamos, a saber:

  1. Pontevedra – Portonovo – Padrón: Comienzo del Camino, y etapa de enlace a pie hasta nuestro verdadero comienzo del Camino: el puerto de Portonovo, donde nos recogería una lancha -no en balde es el Camino Marítimo- que nos llevaría hasta Pontecesures, punto desde el que nos dirigiríamos a pie hasta Padrón.
  2. Padrón – Santiago de Compostela: Segunda y última etapa del Camino Marítimo. Llegada a Santiago, donde haríamos noche antes de emprender nuestro segundo Camino.
  3. Santiago de Compostela – Negreira: Primera etapa del Camino a Finisterre. Etapa pura de interior por la provincia de La Coruña
  4. Negreira – Olveiroa: Segunda etapa del Camino a Finisterre. Última de las etapas puras de interior.
  5. Olveiroa – Cee: Etapa con final en la costa, y antesala del Fin del Mundo.
  6. Cee – Finisterre: Final del Camino, en el Finis Terrae de los romanos. ¿Y final de nuestros Caminos

Espero que os gusten estas pequeñas crónicas de nuestro viaje.

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17 jun 12 Camino Marítimo: Etapa 1: Pontevedra – Portonovo – Padrón

Esta entrada es la parte 2 de 7 de la serie Camino de Santiago 2011

El día 16 de julio realizamos la primera etapa del Camino Marítimo, que nos habría de llevar desde Pontevedra hasta Santiago de Compostela. Se trataba de un Camino bastante particular, ya que ha de realizarse -al menos hasta Padrón- en barca. Por ello, decidimos realizar este Camino en barca desde uno de los mejores puertos de la Ría de Pontevedra: Portonovo. Pero para darle algo de vidilla al asunto, por un lado, y para facilitar la logística del desplazamiento, por otra, decidimos aderezar la etapa en barco con una etapa a pie, con inicio en la bella ciudad de Pontevedra.

Para ello, la tarde del viernes 15 salimos de Sevilla, al finalizar mi jornada laboral y empezar mis vacaciones, mi padre, Ana y yo camino de Galicia. Pablo, por su parte, partió de Madrid en tren camino de la capital pontevedresa. Nos encontraríamos a las 7:30h del sábado en la estación de tren. Nosotros llegamos a Pontevedra de madrugada, y nos quedamos a dormir en casa de Mari -hermana de Ana- y Fernando -su marido-, familia política y grandes amigos. A la mañana siguiente, rayando el alba, muy amablemente nos acercaron a los tres a la estación, donde recogimos a Pablo. Nos encaminamos al centro de Pontevedra, donde degustamos un buen desayuno como requisito imprescindible para empezar la marcha.

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Empezamos el Camino al filo de las 9:30h. Y como no podía ser menos, nada más empezar a andar un fino orballo hizo acto de presencia. Estaba claro que íbamos a tener un viaje bastante movido. Al menos la suave llovizna nos protegía del sol y refrescaba el ambiente, lo que, dada la altura del año en la que nos encontrábamos, era muy de agradecer. Salimos de Pontevedra por la calle Michelena, cruzamos la Alameda, y tomamos la calle Echegaray para salir de la ciudad por el Puente de la Barca. En todo este trayecto por el centro de la ciudad la gente no cesaba de indicarnos que nos habíamos equivocado, y que el Camino iba por otro lado, por lo que no nos quedó otro remedio que responder que, en realidad, era otro Camino el que estábamos siguiendo. :mrgreen:

Cruzado el Puente de la Barca, entramos en Poio, el pueblo de Ana. Y como no podía ser menos, nos detuvimos en casa de su madre para hacer una visita de cortesía. Reanudamos la marcha a las 10:30h. A lo tonto, a lo tonto, llevábamos ya una hora de marcha y apenas habíamos andado dos kilómetros. Nos iba a tocar apretar, ya que a las 16:00h teníamos que tomar la lancha motora, y nos quedaban 19 kilómetros de etapa hasta Portonovo.

Por ello, tomamos la carretera general y nos dirigimos sin más dilación hacia la siguiente escala de nuestro viaje: el Monasterio de Poio. Abandonamos la carretera para entrar en el monasterio por el viejo camino romano, que nos llevó justo hasta la entrada de la iglesia. Por desgracia, dado lo apurado de la hora, apenas nos pudimos detener más que para sellar las credenciales de peregrino, y tuvimos que dejar la planeada visita para mejor ocasión.

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Bajamos de nuevo a la carretera general, que no tardamos en abandonar para tomar el camino de la Seara, más cercano al mar, aunque a la altura de Casalvito no nos quedó más remedio que volver a tomar la carretera, que ya no abandonaríamos hasta la siguiente escala: el bello pueblo marinero de Combarro.

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Salimos de Combarro, tras un pequeño descanso que aprovechamos para comer un tentempié, al poco de pasar el mediodía, no sin preguntarnos por qué no habríamos establecido como punto de partida de la motora del puerto de Combarro. Sería una pregunta que se volvería a repetir a lo largo de la jornada, aunque con otros puertos de la zona. ^_^ Ya sin abandonar la carretera fuimos pasando por las diferentes parroquias de Poio, así como playas bien conocidas por Ana: Chancelas, Raxó… Fue en Raxó, poco antes de las 13:00h, en cuya entrada hicimos una nueva escala para descansar y aprovisionarnos de agua. La fina lluvia nos había abandonado hacía rato, y aunque no hacía excesivo calor, la humedad se dejaba notar, lo que hacía más trabajosa la marcha.

Reanudamos la marcha, dispuestos a atravesar la parroquia de Raxó y salir del término municipal de Poio, habiendo recorrido ya trece kilómetros de los veinte que conformaban este primer estadio de la jornada. No íbamos mal de tiempo, pero tampoco excesivamente sobrados. Nos iba a tocar apretar la marcha, para no tener problemas con la llegada a Portonovo.

Atravesamos el casco urbano pegados a la playa de Sagunto, cuyas aguas nos llamaban insistentemente, y cuyo influjo no nos quedó más remedio que resistir. Tras pasar la playa no nos quedó más remedio que escalar unas calles hasta reincorporarnos de nuevo a la carretera general. Y digo escalar porque las calles llegaban a tener un 20% de desnivel. No el balde ascendimos 60 metros en apenas 475 de marcha. Un auténtico espanto… para apenas un par de kilómetros después volver a descender al nivel del mar. Pero en fin, esto también es Galicia.

Sentíamos cómo nos estábamos acercando al final de esta marcha. Entramos en el término municipal de Sanxenxo, siempre siguiendo la carretera, lo que nos estaba haciendo trizas los pies, ya que apenas habíamos pisado otra cosa que asfalto y acera en toda la jornada.

Eran las dos de la tarde cuando entramos en el centro urbano de Sanxenxo… y como no podía ser menos -ya se sabe cómo son estas cosas- tuvimos otro encuentro familiar, si bien esta vez completamente inesperado: ¡Nos encontramos con el padrino de Ana! Paramos un rato de palique, que nos sirvió de descanso improvisado para afrontar los últimos compases de la etapa.

Una vez reanudada la marcha, quedó meridianamente claro que Sanxenxo es un importante polo turístico de la zona, ya que estaba colmado de veraneantes, que a esa hora empezaban a desalojar la playa, camino de restaurantes en los que almorzar. Y para colmo, el calor empezaba a apretar. ¿Por qué no habríamos establecido el puerto de Sanxenxo como punto de partida? Ah, preguntas, preguntas…

Al menos, estábamos ya a tiro de piedra de Portonovo. Pasamos junto a la playa de Silgar, y finalmente, llegamos a Portonovo, a las 14:45h. El tiempo había vuelto a complicarse, y apenas teníamos visibilidad a 300 metros. ¿Podríamos, finalmente, realizar la jornada en barco, o tendríamos que pedir a la familia que nos acercaran en coche al final de esta primera jornada en Padrón? Decidimos almorzar, y dejar que el tiempo ofreciera respuesta a estas cuestiones.

Almorzamos unos excelentes bocatas en la cervecería El Puerto, de Portonovo, que hicieron nuestras delicias. Entre tanto, contactamos con el patrón de la motora que nos tenía que llevar hasta Pontecesures, para ver si el viaje finalmente podría llevarse a cabo. Y por suerte para nosotros, nos aseguró que aunque el día estaba algo feo, era perfectamente posible hacer el viaje, si bien iba a ser algo movido, y las vistas algo reducidas.

La fueraborda en la que íbamos a realizar el tramo marítimo hasta Pontecesures nos recogió a las 16:00h en el puerto de Portonovo. Pronto quedó claro que el patrón había acertado de lleno en su predicción, pues la mar se encontraba algo rizada, lo que hacía que la fueraborda no dejara de dar pantocazos desde que salió del puerto. Más diversión: viaje en barco y montaña rusa dos en uno. :D

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Pero por desgracia, la otra parte de la predicción también fue completamente acertada. Salimos con poca visibilidad, que se mantuvo prácticamente durante todo el trayecto por la ría de Arosa. Por ello, apenas pudimos ver nada en nuestro trayecto en torno a la península de El Grove, y el tránsito entre las bateas mejilloneras, pero hay que admitir que todo ello tenía un aspecto fantasmagórico que le daba un aire bastante siniestro al viaje. Y eso también era algo digno de admiración.

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Continuamos nuestro trayecto, pasando entre la isla de Arosa y el continente, pasando junto a Cambados, Villanueva y Villagarcía. Cruzamos bajo el puente que une la isla con la Península, y pasamos entre otra zona de bateas.

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Por suerte para nosotros, la climatología mejoró al entrar en el río Ulla. Al menos esa parte del viaje íbamos a poderla ver bien. No tardamos mucho en llegar a la zona de Catoira, donde pudimos contemplar las famosas torres de Oeste, barrera de protección contra las invasiones vikingas.

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Fue en esta zona donde me atreví a rodar un par de vídeos, ya que habíamos dejado de pegar pantocazos como en mar abierto, y la mejora del tiempo hacía que no nos encontráramos bañados en agua de mar. Este fue el resultado:

Nuestro viaje tocaba a su fin. Entramos en el puerto de Pontecesures a las 17:15, tras apenas hora y cuarto de viaje, en el que habíamos salvado una distancia de casi 33 millas náuticas. Es decir, unos 60 kilómetros.

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Pero el viaje no había concluido para nosotros. El final de nuestra jornada estaba en Padrón, no en Pontecesures. Desde aquí el Camino Marítimo concluía en su discurrir con el Camino Portugués, nuestro viejo conocido de 2006. Por lo tanto, nos tocaba andar un par de kilómetros más.

Llegamos al albergue de peregrinos de Padrón, final de nuestra etapa, a las 17:55h. Pero para nuestra desgracia, a esas alturas ya se encontraba completo. Por ello no nos quedó más remedio que hospedarnos en la cercana Pensión Jardín, un excelente establecimiento que se encuentra junto al jardín botánico de Padrón.

Empleamos el resto de la tarde en realizar las visitas turísticas de rigor, entre las que no pudo faltar la Iglesia Parroquial de Santiago de Padrón, donde se encuentra la piedra que da nombre al pueblo.

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Pero como el día no había terminado, nos tocó sufrir un nuevo cambio en la climatología, en forma esta vez de intensa lluvia, que nos llevó a guarecernos en una cervecería cercana, que para gran sorpresa de Pablo servía cerveza Löwenbräu, a la que se había aficionado en sus recientes estancias en Munich. Y para colmo, no de botella, sino de barril. Creo que pocas cosas podían emocionar más a Pablo en ese día, salvo el que hubieran servido a la temperatura adecuada la cerveza. Pero tampoco era plan pedirle peras al olmo.

De nuevo en la pensión, lavamos la ropa del día. Este hecho tan intrascendente en apariencia iba a deparar grandes trastornos en jornadas posteriores. Lavamos la ropa a mano, y como me molesté en recordar, era conveniente enjuagar extremadamente bien la ropa y eliminar cualquier resto de jabón, ya que éste, en conjunción con el sudor, podía causar serias quemaduras químicas por la formación de un compuesto sumamente irritante. Éramos veteranos en estas lides -ya habíamos pagado la novatada en 2005-, por lo que en principio estábamos ya más que advertidos de ello. O al menos, eso se suponía. Pues bien: no fue así, y alguien sufriría en días posteriores las consecuencias de no enjuagar bien la ropa. Pero dejemos esto para entradas posteriores.

Esa noche cenamos en una taberna cercana, a base de caldo, empanada, pulpo y vino de la tierra. El día había sido largo y merecía la pena reponer fuerzas para una segunda jornada no menos exigente. Llovía de nuevo cuando volvimos a la pensión, y nos abandonamos a un reparador sueño.

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24 jun 12 Camino Marítimo: Etapa 2: Padrón – Santiago de Compostela

Esta entrada es la parte 3 de 7 de la serie Camino de Santiago 2011

Iniciamos la segunda y última etapa del Camino Marítimo a las 7:00h. La mañana, a diferencia del día anterior, amaneció fresca y con apenas unas algonodosas nubes blancas, lo que hacía presagiar que el día iba a ser sumamente bueno para caminar. Y no nos venía mal, ya que Ana y yo teníamos una vieja deuda con esta etapa: coincide con el recorrido del Camino Portugués, y en 2006 nos saltamos este tramo de 23 kilómetros, ya que Ana se encontraba tremendamente fatigada, y no en balde llevábamos ya en el cuerpo casi 130 kilómetros de recorrido, por lo que hicimos la etapa en tren regional. Esta vez no íbamos a pasar por eso.

Como decía, dejamos el hostal a las 7:00h, y nos encaminamos al punto de comienzo de nuestra etapa, la Iglesia de Santiago. Junto a ella, en el bar Don Pepe 2, tomamos el desayuno, acompañado de un rato de palique por parte del dueño del bar, que nos deseó un buen viaje y no nos dejó partir sin tomarse ante unas fotografías con nosotros.

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Así pues, empezamos a seguir las consabidas flechas amarillas, y pronto dejamos atrás Padrón, camino de Santiago. Como no podía ser menos, no pudimos evitar detenernos en Iria Flavia y presentar nuestros respetos a D. Camilo José Cela, visitando su tumba, bajo la sombra de un insólito olivo.

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El recorrido de la etapa fue bastante convencional: recorrer caminos rurales que bordean la N-550, que coincide con el trazado del Camino, y con la que, como no podía ser menos, establecimos pronto una relación de amor-odio, ya que nos indicaba claramente el rumbo a establecer, pero por su peligrosidad nos obligaba a dar vuertas y revueltas en torno a ella por caminitos, en un recorrido muy poco natural. Pero en fin, es algo a lo que, desde hace años, estamos acostumbrados.

Ya desde primera hora de la mañana noté que iba a tener problemas al andar. A diferencia de años anteriores, este año había dejado atrás mis botas Chiruca de montaña, e iba con un calzado más ligero, unas zapatillas de senderismo. Acostumbrado a llevar mis gruesas botas, suelo ponerme en estas etapas doble calcetín, para evitar ampollas, y hacer más cómodas las botas. En la primera jornada, al llevar una suela más blanda, había optado por ponerme un solo calcetín, sin demasiado buen resultado, ya que me molestaron bastante las plantas de los pies. Así que en el segundo día preferí volver al esquema del doble calcetín. Sin embargo, tampoco de esta manera iba cómodo, ya que el pie izquierdo me apretaba, sobre todo en los dedos. Y en un grave error, decidí aguantar, a ver si la cosa mejoraba.

Como decía, fuimos avanzando, pasando por las poblaciones de Pazos, Romarís, Rueiro, Anteportas, Tarrio y Vilar, sin gran novedad, salvo que el flujo de peregrinos a Santiago se había incrementado bastante, a diferencia de nuestra tranquila etapa -como no podía ser menos- a ese respecto del día anterior. Realizamos una breve parada en A Escravitude, donde no pudimos dejar de admirar el magnífico santuario Barroco, de los siglos XVIII y XIX.

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A la salida de A Escravitude nos internamos en una zona boscosa, si bien no tardamos en volver a descender hasta nuestra querida N-550, a la altura de A Picaraña. Anduvimos un rato por el arcén de la carretera, hasta abandonarla por un tramo antiguo de la misma carretera, que nos llevó a pasar junto al albergue de peregrinos de Teo. Proseguimos nuestro avance, si bien no tardamos mucho en deternos, en un pequeño parquecito en la aldea de Francos, en donde destacaba el sorprendente Cruceiro de Francos, considerado como uno de los más antiguos de Galicia.

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Aproveché esa parada -eran ya las 10:30h- para atender a mi dolorido pie izquierdo. Llevábamos ya dos horas y media de camino, y había ido sufriendo mayores molestias a cada paso. Fue quitarme el doble calcetín, y notar una gran mejoría, pero para esas alturas el daño ya estaba hecho. El dedo anular de dicho pie tenía la uña completamente enrojecida. En los meses sucesivos se me iría poniendo negra y acabaría cayéndoseme. Pero en ese momento constituyó un gran alivio. Así que el resto de la etapa lo hice con dos calcetines en el pie derecho, y uno en el izquierdo.

Reanudamos la marcha afianzando la tendencia que habíamos observado hacía poco: que se acababa el llanear, y empezábamos a subir monte, camino de Santiago. Y es que debe de ser alguna especie de maldición persa para los peregrinos, pero es que no hay prácticamente manera alguna de acercarse a la ciudad del Apóstol que no implique escalar cerros con la mochila -o las alforjas en el caso de la bici- a la espalda.

A medida que nos acercábamos a Santiago el paisaje se iba transformado, dejando paso cada vez más a un entorno rural cada vez más concentrado, a diferencia de los ratos de respiro de vegetación que teníamos antes, caracterizados por la dispersión de los núcleos rurales. Sin embargo, pese a todo, de cuando en cuando teníamos pequeños regalos en forma de robledal o breves tramos de corredoira, que hacían nuestras delicias. Pero por desgracia, eran las menos de las veces.

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Era mediodía cuando alcanzamos Milladoiro, a apenas 8 kilómetros de nuestro destino. A esas alturas del día el calor empezaba a apretar, por lo que agradecimos llegar a esta población, que marcaba el comienzo de un tramo de descenso hasta Santiago. Realizamos un descenso por pista asfaltada -primero- y por sendas que harían las delicias de cualquier ciclista de montaña, pero que constituían un gran fastidio si, como era nuestro caso, realizabas el Camino a pie. Así pues, llegamos a la parroquia de Conxo, perteneciente ya al Concello de Santiago. Apenas 3 kilómetros ya nos separaban de nuestro destino, pero iban a ser todos ellos en subida, y con un calor que seguía apretando.

Entramos, pues, en Santiago bordeando un centro hospitalario. Avanzamos prácticamente en línea recta, hasta llegar al casco histórico de la ciudad, donde el gentío era, como de costumbre, abrumador. Así pues, llegamos a la plaza del Obradoiro al filo de las dos de la tarde, tras seis horas y media largas de etapa, y casi seis horas de caminar ininterrumpido. Pero teníamos sensaciones encontradas. Estábamos en Santiago, sí, pero por vez primera en nuestros Caminos no era el final de nuestro viaje, sino apenas una etapa intermedia.

Encontramos albergue en el Seminario Mayor de Santiago, justo al lado de la Catedral, aunque por un momento temimos encontrarlo cerrado, ya que habían cambiado la puerta de entrada con respecto a ocasiones anteriores. Deshicimos las mochilas, y tras un rápido duchado, nos dirigimos a comer a Casa Manolo, en la plaza de Cervantes, donde almorzamos -como de costumbre- magníficamente bien.

De vuelta al Seminario, descansamos un rato y lavamos la ropa del día. Por la tarde salimos a dar una vuelta por Santiago, obviando esta vez el trámite de obtener la Compostela, ya que no teníamos derecho a ella, ya que habíamos realizado un Camino inferior a los 100 kilómetros andando. Esa noche cenamos en un restaurante turco cercano a la Alameda, y nos preparamos para emprender al día siguiente la segunda fase de nuestro viaje: el Camino a Finisterre.

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29 sep 12 Camino a Finisterre. Etapa 1: Santiago de Compostela – Negreira

Esta entrada es la parte 4 de 7 de la serie Camino de Santiago 2011

El 18 de julio de 2011 nos despertamos en Santiago con una sensación extraña. Estábamos en Santiago, sí, pero por vez primera no estábamos allí tras haber terminado un Camino, sino en el comienzo de él. Bueno, estrictamente hablando estábamos en Santiago de ambas maneras: la jornada anterior habíamos finalizado el Camino Marítimo, que en un alarde de originalidad habíamos empezado el día del Carmen en Pontevedra, realizado a pie hasta Sanxenxo, desde allí en fueraborda hasta Pontedeume, y posteriormente, de nuevo a pie hasta Santiago. Y ese día empezábamos un nuevo Camino, el camino que llevábamos años hablando de hacer y que nunca habíamos hecho: el Camino a Finisterre.

Como dije en el anterior artículo, esa noche descansamos en el Seminario Mayor de Santiago de Compostela, uno de los mejores sitios posibles para que el peregrino haga su estancia en Santiago. Además de encontrarse emplazado en la Plaza de la Inmaculada, junto a la Catedral, parte del Seminario se encuentra habilitado como un hotel, con todas las comodidades habituales, y otra parte como albergue de peregrinos, en el que pernoctas en una humilde celda de seminarista, en las que todas las comodidades consisten en sendas camas gemelas, una mesilla, y un aseo. Pero que sientan a gloria. Además, albergarse como peregrino en el Seminario Mayor cuenta con una curiosa ventaja: en el precio del alojamiento se encuentra incluido el desayuno en el refectorio del Seminario, habilitado como buffet libre. Y como teníamos por delante una mañana intensa hasta Negreira, nuestra siguiente parada, decidimos hacer buen uso del refectorio.

Una de las grandes incógnitas que nunca he sido capaz de resolver de Galicia es cómo, teniendo tan excelente pan como tienen en cualquier pueblo, nunca jamás a nadie se le ha ocurrido cortarlo en rebanadas, tostarlo, y ponerlo a la venta con mantequilla o aceite acompañado de un café. Lo más parecido que han servido son las horrendas rebanadas de pan Bimbo que, si bien son aceptables en un lugar donde el pan no sea nada del otro mundo, en lugares como Galicia el hacer eso debería tener reservado un círculo en el infierno especialmente dedicado a los perpetradores de semejante despropósito. Pues bien, resulta que la Santa Madre Iglesia… ¡había descubierto que se pueden hacer rebanadas de pan y tostarlas con el pan de Galicia! Esa manaña no pude menos que alabar la sabiduría transmitida a lo largo de generaciones de sacerdotes gallegos. Y preguntarme, de nuevo, la razón por la que esa sabiduría no se ha transmitido al pueblo llano. Grandes misterios de la vida.

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Tener esas tostadas era como tener el paraíso terrenal al alcance de la mano. No se me ocurría mejor manera de empezar la jornada. Tras un opíparo desayuno, empezamos nuestro Camino a a las 8:35h de la mañana, en una mañana fresca, con el cielo algo cubierto, y que era ideal para caminar. Dejamos atrás la Plaza del Obradoiro y salimos hacia la Carballeda de San Lorenzo por la Rúa Das Hortas. Pronto nos encontramos con el primer monolito. Monolito que, cómo no, señalaba en sentido contrario. Y que era el único en el que las placas de indicación de distancia no eran inferiores a la decena. Como hecho llamativo, el monolito tenía -o debería haber tenido- dos placas, ya que hay dos variantes para llegar a Finisterre. Nosotros habíamos escogido la variante de Cee, en vez de la de Muxía, algo más larga. El tiempo -sobre todo en el caso de Pablo- no era un lujo del que pudiéramos disponer.

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Salimos, pues, de Santiago por un robledal, que pronto nos llevó a una sorprendente corredoira; sorprendente por lo cercana a Santiago que se encontraba. Por desgracia, en los demás Caminos que he recorrido, los últimos kilómetros a Santiago son un compendio de carreteras nacionales, zonas urbanas, circunvalaciones y cosas aún peores. Encontrar ese remanso de paz tan cerca de la ciudad no podía menos que impresionarme.Y encima, estábamos empezando la etapa en descenso. Otra novedad interesante, ya que no hay manera humana de hacer el Camino y llegar a Santiago sin tener que afrontar alguna que otra subida espantosa, salvo el caso del Camino Inglés, que llegas por una Nacional aún peor. Tan agradable era el sitio, que incluso nos encontramos con una tienda de campaña a la vera del camino, señal de que algún peregrino había sido sorprendido por la noche en plena marcha, y no había dudado en plantar allí sus reales. Yo tampoco lo hubiera dudado.

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Contemplamos, pues, la última vista que habríamos de tener de las torres de la Catedral. De nuevo, una experiencia opuesta a lo que siempre habíamos vivido.

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Terminamos la bajada en la zona de urbanización de Moas de Abaixo. Desde allí avanzamos por asfalto hasta Carballal, y desde allí, como no podía ser menos, iniciamos una subida hasta Vilariño, por una pista pedregosa y sin asfaltar. La verdad, un interesante cambio, porque el asfalto empezaba a resultar fastidioso. Seguimos con un rato de subidas y bajadas, en el que pasamos por las aldeas de Pedriño, Quintáns y Portela. A esas alturas de la mañana empezamos a encontrarnos con más peregrinos, y empezamos la que iba a ser la bajada más larga del día, de 3 kms., y que nos llevaría al punto más bajo de la etapa, la aldea de Augapesada. Pero antes, tuvimos que hacer una parada técnica: Pablo había empezado a notar molestias en una de sus rodillas, con lo que estaba aplicando más peso del conveniente en la pierna contraria. Ello podía provocarle una tendinitis, con lo que su Camino podía quedar inconcluso. Por suerte, a mitad de la bajada encontramos una farmacia abierta, y allí pudimos hacernos con una rodillera.

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Hicimos una breve parada en Augapesada, y la cosa no era para menos. Aparte de tratarse de una pequeña aldeíta muy agradable, consta de un puente medieval rehabilitado de un solo ojo. Pero la verdadera razón para hacer el alto es que por delante teníamos la subida hasta el Alto del Mar de Ovellas. Una dura subida de 3 kms., con rampas del 17%, y en la que tendríamos que ascender una altitud de 235 m. hasta la cota más alta de la jornada, con 282 m. sobre el nivel del mar.

Una vez descansados, iniciamos nuestra subida. Una subida por un magnífico ejemplar de bosque gallego, por corredoira, pero en unas condiciones durísimas. Nuestra media de velocidad, que durante toda la jornada se había mantenido en torno a los 5 km/h, cayó en algunos momentos hasta los 3 km/h. Pero la subida, aunque dura, merecía la pena.

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A mitad de la subida la corredoira dio paso al asfalto, que seguiríamos hasta alcanzar el pueblo de Carballo, que tengo que decir que tenía el nombre excelentemente puesto. Hicimos un breve descanso, antes de seguir avanzando por carretera. Pasamos por los núcleos de Trasmonte, Reino y Burgueiros. Esta vez nos quedaba descender hasta Puente Maceira, donde habríamos de cruzar el río Tambre. Una bajada casi tan intensa como la subida del Alto del Mar de Ovellas, pero que destrozaba igualmente las piernas. Ese era uno de los momentos en los que estaba empezando a echar de menos mi bicicleta de montaña.

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Pese a ir por asfalto, la belleza de la zona era espectacular. Pero lo mejor estaba aún por llegar. El espectacular puente sobre el río Tambre.

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Puente Maceira. Estábamos al filo de la una de la tarde y habíamos recorrido algo menos de 18 kilómetros de etapa, por lo que aún nos quedaban por delante cuatro más para llegar a Negreira. Estuvimos tentados de quedarnos a comer en el que parecía ser un buen restaurante junto al puente, pero como aún era algo temprano para comer, optamos por seguir avanzando. En el ínterin llegaron a Puente Maceira un grupo de peregrinos jubilados con los que nos habíamos ido entrecruzando a lo largo de la jornada. Ellos iban sin equipaje y con una furgoneta de apoyo. La etapa, para ellos, había terminado allí, pese a que se tendrían que albergar en Negreira igualmente. Con algo de envidia, vimos cómo se montaban en la furgoneta y seguían alegremente su camino. Pero cuatro kilómetros no era nada con lo que no pudiéramos lidiar. Así pues, cruzamos el puente, donde no pude resistirme a tomar una panorámica en 360º:

Una vez dejamos atrás Puente Maceira, el día pareció abrir un poco. La amenaza de lluvia parecía disolverse, y el sol hacía acto de presencia… lo que no era precisamente lo más adecuado para andar por caminos rurales gallegos al filo de la una de la tarde. Al menos, el fin de etapa se encontraba cercano. Pronto dejamos atrás los caminos rurales y nos encontramos andando por una carretera de mayor entidad. Por suerte fue por poco tiempo, ya que poco después la carretera había sido rectificada y nos encontramos entrando en Negreira por el antiguo trazado de la carretera… como no, en fuerte subida. A esas alturas ya nos encontrábamos llamando al albergue público de Negreira, para saber si había plazas disponibles. Para nuestra sorpresa, no las había, por lo que no nos quedó más remedio que acudir a un albergue privado, el Albergue San José. Y fue una buena elección.

Llegamos al albergue al filo de las dos de la tarde cuando, en un nuevo cambio del tiempo, empezaba a llover sobre Negreira. El albergue hay que admitir que se encontraba en excelentes condiciones, era amplio y moderno, y con todos los servicios imaginables. Tras unas duchas rápidas y deshacer lo justo las maletas, nos dirigimos a un restaurante cercano para degustar un buen menú de la casa, a base de caldo gallego, que con el frío que empezaba a hacer vino de perlas. Por la tarde echamos unas reparadoras siestas, y luego salimos a pasear por el pueblo, con el fin de buscar un supermercado donde hacer la compra para la cena. Fue en esas cuando vimos una imagen sorprendente, para la que, la verdad, no encuentro mucha explicación:

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El resto de la tarde lo empleamos lavando la ropa en las lavadoras y secadoras industriales del albergue, y a la lectura. La etapa había sido exigente, y la del día siguiente no lo iba a ser menos.Habíamos recorrido 21’6 kms. en 5h 18m 18s.

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30 sep 12 Camino a Finisterre. Etapa 2: Negreira – Olveiroa

Esta entrada es la parte 5 de 7 de la serie Camino de Santiago 2011

El 19 de julio de 2011 empezamos la segunda etapa del Camino a Finisterre, y la cuarta desde que salimos de Pontevedra, con puntualidad británica: empezamos a caminar a las 8:00h. Y no era para menos. Teníamos por delante la etapa más larga de todo nuestro viaje: 33’4 km. Iba a ser un largo día, así que no podíamos remolonear. Atravesamos el bello pueblo de Negreira, que con las lluvias del día anterior apenas habíamos podido disfrutar. Y la verdad, nos habíamos perdido la parte más hermosa de la villa: el pazo de Cotón y la zona adyacente. No era plan dejarlo atrás sin tan siquiera echar una pequeña fotografía.

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Salimos, pues, de Negreira, y pronto nos encontramos subiendo -otra cosa hubiera sido rara- hacia la pequeña aldea de Negreiroa, con una bonita iglesia de estilo típicamente gallego.

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A continuación giramos en dirección noroeste camino del Alto de la Cruz, por un bonito tramo de bosque de hoja caduca. Si en algún sitio íbamos a encontrar la esencia del Camino, iba a ser aquí donde lo halláramos. Y no nos equivocamos. La mañana era fría, así que transitar por estas corredoiras no era en ese preciso momento lo más agradable del mundo, pero igaulmente merecía la pena. Poco podíamos pensar que no mucho tiempo después íbamos a añorar ese frío.

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Pasado el Alto salimos de nuevo a carretera, camino de San Mamede de Zas. Pronto adoptamos un curioso orden de marcha, que dio lugar a que Pablo sacara, probablemente, una de las mejores imágenes del viaje:

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Dejar atrás San Mamede fue como pasar a otro mundo. El cielo abrió, y empezó a dejar pasar el sol que habíamos añorado desde el día anterior. Se hizo incluso necesario prescindir de las chaquetillas térmicas de ciclismo que estábamos utilizando. Nuestro próximo punto de paso, de nuevo por agradable bosque, fue la aldea de Camiño Real, topónimo que no hacía sino recordarnos la antigüedad y la importancia de la senda por la que andábamos transitando.

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Nuestro caminar siguio discurriendo, por bosque y en constante ascenso. Algunos de los tramos más duros del día los habríamos de encontrar aquí. Y también fue este sitio donde encontramos, camino de la aldea de O Rapote, un curioso monumento efímero:

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Siempre me preguntaré a quién le sobraba una bota haciendo el Camino a Finisterre. Continuamos nuestro camino, siempre en ascenso, pasando por las aldeas de O Rapote y A Pena. Seguimos ascendiendo hasta el Alto de Cotón para salir, poco después y aún en ascenso, a una carretera comarcal. Fue en esta zona, en el lugar de Rodeiro, donde alcanzamos la cota máxima de la jornada (430 m.). Continuamos andando por carreteras rurales hasta llegar a Vilaserío, donde hicimos un breve descanso. Posteriormente continuamos , siempre por carreteras rurales rodeadas de prados y algo de bosque de eucaliptos, hasta Cornado. A la salida del pueblo tuvimos que afrontar una nueva tachuela, esta vez por camino, que en una bajada que hubiera sido enormemente divertida con bici, nos llevó de nuevo a una carreterar rural, preludio de una nueva pista forestal, que se prolongaría, prácticamente en línea recta, hasta Maroñas, en una distancia de 3’4 kms.

Llegamos a Maroñas pasadas las 12:30h, y a esas alturas del día el calor se hacía notar de manera insistente. Ya habíamos efectuado 20 km. de etapa, apenas dos tercios de nuestro recorrido total del día, y empezábamos a notar los efectos del cansancio.

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Pero no encontramos en Maroñas sitio alguno donde parar a almorzar, por lo que seguimos hasta la cercana aldea de Santa Mariña, a cuya salida encontramos un excelente área de descanso, donde pudimos parar a almorzar. Algo temprano, no eran aún las 13:00h, pero sabiendo lo que se avecinaba por delante, no esperábamos encontrar nada mejor. Así pues, sacamos los bocadillos que hicimos con la compra en el supermercado de Negreira de la tarde anterior, y reposamos un buen rato, para pillar fuerzas y afrontar en condiciones el arreón final de la etapa. Reanudamos la marcha a las 13:30h.

Sin embargo, no tardamos mucho en detenernos de nuevo. Apenas salimos a una comarcal, encontramos un pequeño bar de cazadores (Casa Victoriano), más que perfecto para detenernos y tomar unos cafés. Qué menos después del almuerzo que acabábamos de degustar.

Así que, en realidad, remotamos la etapa a las 14:00h, con un gran reto por delante: la subida del Monte Aro, famoso por albergar en su cumbre, situada a 550 m. sobre el nivel del mar, un imponente castro celta que domina toda la zona, siendo el más grande de la Costa de la Muerte. Pero una vez llegamos al pie de la subida, nos encontramos con algo que ya había advertido la guía del Camino: era posible que la subida al Monte se encontrara impracticable. Si este era el caso, nos veríamos obligados a rodearlo por su parte norte, transitando por carreteras rurales. Y ese fue el caso. Pese a ello, no dejamos de ascender un buen trecho (hasta los 427 m.), lo que nos permitió contemplar unas buenas vistas del embalse de Fervenza.

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El día se estaba haciendo largo, y el calor iba en aumento. Pero al menos lo que nos quedaba el resto del día era descenso y llaneo. Seguimos bajando, ya siempre por carretera, hasta llegar a Corzón, donde encontramos una bonita iglesia, con su correspondiente cruceiro y su cementerio.

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Habíamos acabado el descenso. Nos encontrábamos en el valle del río Xallas, y sólo nos quedaba llegar hasta nuestro destino: Olveiroa. Pero no iba a ser todo color de rosa. Seguimos caminando por asfalto, lo que era nefasto para los pies, pero al menos de cuando en cuand encontrábamos tramos de sombra gracias a los imponentes robles y castaños de la zona. Llegamos a Ponte Olveiroa, con el puente que le da nombre sobre el Xallas, a las 16:05h. La etapa llegaba a su fin. Pero aún nos quedaba el último trecho hasta Olveiroa, distante aún un par de kilómetros. Esta distancia, sorprendentemente, la hicimos sobre un insólito carril bici existente en la zona. Poco después, a apenas 1 km. de Olveiroa mi GPS se quedaba sin carga, pese a haber hecho uso del cargador solar de emergencia. Entramos en Olveiroa al filo de las 17:00h. Nos dirigimos al albergue de la Xunta, tan sólo para enterarnos de que se encontraba completo. Por suerte, encontramos plaza en el Albergue O Hórreo, de estilo moderno y bastante funcional.

El albergue se encontraba, igualmente, lleno a rebosar. Lo que más nos llamó la atención es que éramos prácticamente los únicos españoles que estaban haciendo este Camino. Encontramos de todo: estadounidenses, franceses, ingleses, alemanes, italianos, belgas, escoceses, e incluso un insólito japonés (bastante entrado en años, con sus típicas gafitas redondas, y unos calcetines a cuadros escoceses no tan típicos, además de un agobiante abrigo de plumas) que no hablaba otra lengua que el nipón. Era bastante divertido ver una conversación cruzada entre el escocés, el belga y el japonés, ninguno de los cuales hablaba una lengua común. Pero pese a todo, algo eran capaces de entender. Supongo que esto forma parte de la magia del Camino.

Sin embargo, esa tarde tuvimos una sorpresa no tan agradable: Ana se había quemado las piernas. Pero se las había quemado de dos maneras: la parte superior por efecto del sol, a resultas de la larga etapa, y la parte inferior a causa de quemaduras químicas. En efecto, unos calcetines mal enjuagados, a los que me había referido en la primera etapa de esta crónica, eran los culpables de esta situación. Los restos de jabón habían reaccionado con el sudor, creando una especie de lejía que le había quemado la piel. Y fue aquí donde el compañerismo del Camino hizo acto de presencia. El belga al que me refería antes, con el que Pablo había estado de palique por la tarde, gracias a su dominio del francés y a una divertidísima imitación de una gaita cuando el escocés, el belga y el japonés intentaban comunicarse, le ofreció a Ana una pomada especial para quemaduras. Algo que a la larga le vendría de perlas.

Esa noche cenamos en un restaurante cercano al albergue. Un lugar excelente, muy enxebre, y con detalles de muy buen gusto, como la manera en la que indicar el menú. Lástima que el precio no fuera tan excelente, aunque sin duda la cena estuvo deliciosa.

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Ese día habíamos recorrido 33’4 kms. en más de ocho horas y media de etapa. Había sido tan duro como esperábamos. Llevábamos ya cuatro etapas en el cuerpo, dos de Camino Marítimo y dos de Camino a Finisterre. Quedaban otras dos, pero considerablemente más cortas. Habíamos pasado ya lo peor del viaje. O al menos, eso pensábamos nosotros.

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